La activista cuenta su historia, parte de la vida cotidiana que vivenciaron millones de argentinos en la última dictadura cívico-militar-clerical. Los derechos de las personas trans y el terrorismo de Estado.
«Nací en Rosario, soy una trans adulta mayor. A a los 16 años me echaron de mi casa y empecé a ejercer la prostitución porque era la única salida que tenía», se presenta la activista de la disidencia sexual. «En ese momento sólo éramos travestis, no existía la palabra trans. Tuve que irme a Buenos Aires escapando, porque en una redada le rompí de un carterazo la nariz a un jefe de policía», recuerda sobre el camino de lucha transitado durante el genocidio.
«Era una niña. Llegué a la casa de una tía y empecé a ejercer la prostitución a escondidas. La luché mucho», detalla Viega. «En Rosario había estado internada en un psiquiátrico-geriático que aún existe. Mi familia pensaba que había que curar mi homosexualidad. Me hacían tratamientos de cura de sueño. Era vergonzoso tener a una mujer trans en la familia», describe el sufrimiento diario y la violencia sistemática hacia las personas trans.
«A los 18 años me fui a España. Me dieron la bienvenida y me dijeron ‘volvé a tu país’, me echaron a la mierda», rememora. «Ahora lo cuento con un poco de humor, pero en ese momento fue una desgracia: primera irte a una ciudad diferente y después irte a un país diferente y que te reboten, no sabía qué hacer», precisa.
«Volví a Buenos Aires, porque no podía pisar Rosario. Empecé a trabajar en Camino de Cintura donde tenía una parada», continúa la activista. «Un día se acerca un patrullero, los policías me ordenaron subir, me taparon los ojos y llegué a un lugar que no sabía dónde era», describe la violación de los derechos humanos.
Me habían llevado al Pozo de Banfield
«A lo único que tenía acceso era a una canilla sin rosca, sólo tomaba agua de un jarrito», relata sobre los días durante la dictadura. «Tiempo después supe que me habían llevado al Pozo de Banfield, un centro de detención y tortura», puntualiza. «En ese momento no entendía lo que pasaba. Estuve 17 días desaparecida», agrega.
«Gracias a mi amigo Carlos Ibarra, que con una abogada me buscaron por todas las comisarías, me subieron y pusieron en el libro de entradas. Yo le agradezco eternamente a ese amigo que se comprometió conmigo porque podría haber quedado chupado él», reflexiona sobre la situación habitual de violencia institucional que se atravesaba por esos días.
«Mido 1,78, soy grande, y cuando salí pesaba 45 kilos, tenía liendres en las cejas y las pestañas», detalla. «En esa época nos movíamos en remís porque nosotras no podíamos tomar colectivo. Me llevó alzada hasta Banfield, a la casa de unas travestis donde me cuidaron. No tenía fuerzas para pararme», cuenta sobre el día que recuperó su libertad. Añade que ahí se recupera y vuelve a ejercer la prostitución como medio para juntar plata para irse del país.
«Nos perseguían en todos lados. En Europa había un poco más de libertad, pero también nos perseguían. Las únicas trans que era respetadas eran las artistas, como la Coccinelle (fue una actriz, vedette y cantante trans francesa que hizo parte de su carrera en Argentina)», relata Viega. «Estuve un tiempo en Europa, en Italia, España, Francia y volví a Argentina. La policía nos cobraba por todo. Cada vez que te agarraban pasabas 60, 90 y hasta 120 días encerrada», especifica. Y destaca que «tenía menos condena un estafador que una mujer trans».
La activista aporta que las celdas «eran compartidas con hombres. Sentíamos una violación a nuestra identidad, aunque no entendíamos muchos de nuestros derechos porque no los teníamos. Éramos objeto de canje de la policía. Si a un cana le faltaba yerba, nos canjeaba a un preso por un paquete de yerba. Fueron épocas muy dolorosas», describe entre el dolor y la resistencia.
«Hoy por hoy muchas cosas se han ido revirtiendo y hemos alcanzado muchos derechos. Hoy tenemos un montón de herramientas. Pero falta mucho aún», afirma. Cita el cupo trans por dar uno de tantos ejemplos.
Vuelve hacia aquellos años y recuerda que cuando eran chicas «el único camino que teníamos era la prostitución. Ahora creo que se pueden buscar alternativas», aunque sabe que sigue siendo difícil llegar a viejas en un mundo que las excluye. «Las chicas jóvenes tienen que estar en contacto con las grandes para que les podamos transmitir experiencias y potenciar todo lo que está a nuestro alcance para tener una vida digna», expresa, como un deseo final, sobre su rol activista en estos tiempos.
Fuente: Agencia Presentes