La docente fue arrestada en el desalojo en Villa Mascardi y víctima de la represión del jueves en el Lof Lafken Winkul Mapu. Rafael fue velado por familiares y amigos en su casa del barrio Nahuel Hue.
“Rafael fue al lugar a llevarles comida a los chicos que habían quedado arriba del cerro y la terminó pagando y él no se lo merecía, esto se podría haber evitado”, con la voz que se le quiebra Ailén Tapia llora por su compañero muerto. Es una de las mujeres mapuche que fueron detenidas en la Lof Lafken Winkul Mapu el jueves a la madrugada en el marco de desalojo ordenado por el juez Gustavo Villanueva y relató los abusos que sufrió una menor de edad a manos de los efectivos del grupo Albatros de la Prefectura. “Le hicieron comer tierra para callarla”, dijo Tapia sobre esta joven mapuche de 16 años que luego también terminó detenida.
–¿Qué pasó el día del desalojo?
–Estoy acá desde la semana pasada, vine a ayudar en el proceso espiritual a una lamien (hermana). El miércoles se acercó el fiscal, el secretario, a una supuesta instancia de diálogo en la que nos dijeron ´se van o los sacamos por la fuerza´. Jamás presentaron una orden escrita de desalojo. Al otro día, tipo 4 de la mañana, nos despertamos. Suponíamos que iban a venir. Empezamos a desarmar las cosas y a esconderlas por el cerro porque sabíamos que iban a quemar y a romper todo, que fue lo que hicieron con las cosas que quedaron. Se empezaron a sentir los tiros y los gritos de los chicos que estaban más abajo, nosotras estábamos más arriba, en el cerro con los nenes. Empezamos a ver que los chicos venían corriendo hacia donde estábamos nosotras, se veía la sangre, y yo salí corriendo. Una nena se asustó y salió corriendo atrás mío, la agarre y nos escondimos. Se escuchaban tiros, era de noche todavía. Vieron a la nena primero, que lloraba y me levantaron del piso, me pegaron en las piernas, nos patearon, me pegaron en la cabeza, me sacaron a la nena.
–¿Ahí estaba una menor de edad que también fue detenida?
–Sí, la lamien gritaba en mapudungun… le hicieron comer tierra… para hacerla callar… la estaban asfixiando. Le pegaron. Después nos empezaron a bajar, cuando íbamos bajando vi a las otras chicas que estaban con sus hijos, y estaban todas reducidas, les tiraron gas pimienta cuando ya estaban reducidas y no las dejaban acercarse a sus nenes. Estaban todas con precintos, los nenes lloraban porque tenían gas pimienta, estuvieron toda la mañana llorando, no tuvieron asistencia… La lamien de la que hablo es menor de edad, tiene 16 años, y estuvo con precintos hasta que nos trajeron a la comisaría. Esto fue tipo 5 de la mañana y a las 11 del mediodía nos llevaron para la comisaria. Ahí nos tuvieron hasta las 8 y media de la noche en un lugar reducido, con los nenes también presos. Sin ningún tipo de asistencia. En todo momento se rieron de nosotras. Siempre fueron varones los que nos encarcelaron, que no estaban identificados. A la lamien, principalmente, la golpearon. Todos los gobiernos nos reprimen. Pero de esta manera… y vivirlo así… yo en ningún momento me hice la loca o quise pegarle a algún policía y me pegaron igual y se burlaron de nuestra cultura.
–¿Estaban incomunicadas?
–Por los medios salió información pero a nuestras familias no les dijeron nada. El sábado estábamos en la puerta del hospital y los medios sabían antes que la propia familia que había un pibe muerto. Y circulaban un montón de cosas y nuestras familias, yo soy de Viedma, no sabían qué pensar, nosotros no podíamos comunicarnos. Yo sigo sin mi celular, siguen todas nuestras pertenencias en la comisaria. Los celulares posiblemente no nos lo devuelvan, para saber si somos de la RAM… es como un chiste. Yo soy docente, vine por una cuestión espiritual. Cualquiera que me conoce sabe que jamás en mi vida maté una mosca. Y mataron a Rafa…
–¿Qué pasó cuando las liberaron?
–Rafa me abrazó y pidió perdón por no haber estado cuando a nosotras nos agarraron. Después él fue al lugar, a llevarles comida a los chicos que habían quedado arriba del cerro… y la terminó pagando, y él no se lo merecía. Nos aseguraron los abogados que a los chicos no les iba a pasar nada, hicieron habeas corpus. A nosotros no nos dejaron entrar al Poder Judicial a entregar un habeas corpus, nos decían que teníamos que estar con la abogada y eso no es así. Cualquier persona lo puede presentar. Yo sé mis derechos, y en todo momento yo se los gritaba, les decía que la lamien era menor de edad, que no podía estar precintada, que no la podían golpear… y aparte es una autoridad del pueblo mapuche que se está levantando.
–¿Qué significa esto?
–Algunas lamien son nuestra fuerza espiritual. Son quienes nos sanan, quienes ven lo que va a pasar, son las fortalezas de un pueblo. Y justamente el estado argentino hizo un trabajo de hormiga para que ni siquiera nos podamos reconocer. Y hoy en día se están levantando los ñeñe y los newen después de más de 100 años. Como no es algo que se elige, es de suma importancia para nuestro pueblo que suceda después de tanto tiempo. Estas personas sin sus cosas, sus instrumentos y su tierra, se enferman. No podemos ir cambiando de territorio. Los pu Lonko dijeron que ese es el lugar donde tiene que estar. Por eso ella está ahí… estaba ahí pero fue detenida como si fuera mayor. Ahora nosotros estamos con causas, no podemos acercarnos al lugar más de 500 metros. Para nosotros, para nuestra cultura, tenemos que estar en el territorio, no podemos seguir en la ciudad y especialmente la gente de la comunidad. Hoy tenemos una orden de restricción. Nosotros si nos acercamos nos meten presos. Y nos habían asegurado que a los chicos no les iba a pasar nada y el juez mandó a reprimir de nuevo. Hagamos todo por la vía legal o por la fuerza de todas formas nos van a reprimir igual. Esto se podría haber evitado. La muerte de Rafa se podría haber evitado, se podría haber entrado al diálogo. Pero de parte del Estado no fue así. De parte de Parques Nacionales no fue así. También tener en cuenta el historial de Parques Nacionales.
La despedida a Rafael
Remera de Boca, bandera mapuche, y unas hojas con dibujitos y mensajes de amor de sus sobrinos sobre el cuerpo. Rafael Nahuel fue velado en su humilde casa de machimbre, del barrio Nahuel Hue. En torno del cajón gestionado por la Junta Vecinal, familiares y amigos desfilan en una ronda doliente. “Rafita”, vestido con la camiseta del club de sus amores, y una bandera del pueblo mapuche colocada por una parte de la familia.
La noche fue larga. Recién a la una de la madrugada del lunes, la Justicia permitió a la familia llevarse el cuerpo. En la casa de Rafael, esperaban más de 50 personas. Hubo llantos y gritos. Y promesas entredientes de venganza, de los más amigos.
Una cruz plateada en la cabecera del cajón. No hubo ceremonia mapuche, ni enterramiento en la comunidad. Es que Rafael era mapuche pero hace pocas semanas había iniciado el proceso de reconocimiento de esa identidad. Entre los Nahuel hay militantes de la causa de la recuperación territorial, y otros que se mantienen al margen. Existen algunos tironeos sobre el tema. Tironeos que explican la imposibilidad de que Rafael haya pertenecido a la Resistencia Ancestral Mapuche (RAM), tal como aseguró la ministra de Seguridad de la Nación, Patricia Bullrich.
“¿De la RAM?, nada que ver”, dice Graciela Nahuel, joven tía de “Rafita”, y la única que quiere hablar durante el velorio. “Nunca anduvo con los mapuches”, agrega, la tía de apellido Nahuel y rasgos de pertenecer al pueblo originario. Sí, pero no. Complejidades que el discurso oficial del Gobierno desconoce cuando homogeneiza su interpretación de la situación en el sur.
Rafa era, según todos coinciden, “laburador; alegre; amiguero; muy hincha de Boca; querible”.
En el proyecto el Semillero aprendía carpintería, “no era líder del grupo”, participaba de las actividades “con mucha vitalidad, haciendo chistes, contento”. Lo dice Cristina Marín, de la Pastoral Penitenciaria, desde la cual trabaja en nexo permanente con el Colectivo Al Margen. “Era muy independiente”, agrega.
En el Semillero “los jóvenes se acercan, se sienten contenido, les prestan la oreja, los asisten con comida, charlas, orientación”.
Hacía algunas semanas había dejado de concurrir al proyecto, compenetrado en el proceso de autoidentificación mapuche.
Ahora, entre llantos, sus amigos lo despiden. Sentados en los bancos que acercó la escuela, en ronda, en el patio de tierra y escombros de la casilla del Nahuel Hue, hablan poco, mascullan enojo.
Rafael se había quedado en el barrio cuando dejó la casa de sus padres. A una cuadra y media levantó una vivienda de tablones. Vivía con un amigo que después de la larga noche junto al cajón, pasado el mediodía vuelve al velatorio y llora.
“En cualquier lugar que se metía hacía amigos”, la tía, orgullosa. “Esto no va a salir nunca a la luz”, la tía, escéptica. Y la sensación que ancestralmente tienen los vecinos del barrio: “La Policía se la pasan matando pobres”. Para los pobres del Alto de Bariloche, la Policía o Gendarmería o Prefectura son lo mismo. Son “la gorra”. Son la representación de lo que hay que temer cuando se juntan en la esquina. Decenas de muertos por violencia institucional en los barrios pobres de Bariloche acreditan esa construcción.
“Como tía lo único que pido es justicia, y que se dejen de decir todas las mentiras de las que hablan. Rafita era bueno; si fuera malo no habría tantas personas acá”, dice y gira para ver el patio de la casa de su sobrino, lleno de amigos y familiares.
Los referentes de las organizaciones en las que Rafael se formó en carpintería y herrería juntan plata para comprar unos chorizos, así familiares y amigos “pueden quedarse y comer algo”. Se quedan, comen, escuchan el responso del Obispo de Bariloche en la misma casa donde vivía Rafael, y en procesión pobre y doliente marchan al cementerio.
Rafita ya forma parte del martirologio de los pobres del Alto de Bariloche.
Fuente: P 12