La mujer del barrio Zavaleta de Capital Federal fue víctima de violencia institucional el viernes pasado, cuando Prefectura Naval intentaba detener a sus dos hijos. El relato de la represión en primera persona.
Yolanda Cáceres es una vecina de Zavaleta, un barrio ubicado en Capital Federal. El pasado 10 de noviembre la Prefectura Naval intentó detener a sus dos hijos entre represión y torturas. La mujer quiso detener la violencia pero terminó siendo otra víctima de las fuerzas de seguridad. Además, denunció que durante octubre vivieron otros hechos de violencia institucional. Exigió transformaciones estructurales en la formación de los uniformados.
«El viernes 10 de noviembre, a las 15:30 horas, en Zavaleta, estaba muy tranquila en mi casa tomando mate cuando llegó mi nuera para avisarme que la Prefectura quería detener a Eliseo y Carlos, mis hijos, y a un amigo de ellos», relata Cáceres sobre aquella tarde. «No sabíamos por qué estaban haciendo eso, así que fuimos al lugar, que era a la vuelta de casa y con mucha angustia vimos que cuatro prefectos los golpeaban con palos», continúa su relato y aclara que se acercó «impulsivamente para pedirles que dejaran de pegarles y les advertí que uno tiene problemas en los pulmones», cuenta a La Garganta Poderosa. «Por intentar pararlos me empujaron y me tiraron al suelo, y no contentos con eso empezaron a golpearme», afirma sobre la violencia institucional sufrida.
«Me detuvieron, a pesar de que les avisé de mi enfermedad cardíaca, me tiraron de los pelos y torcieron mi brazo para llevarme al móvil. Tampoco hicieron caso al reclamo de vecinos y vecinas que se habían acercado a ayudar. A mi marido lo tomaron del cuello y lo pusieron contra la pared, aunque él simplemente pidió que consideraran mi estado de salud», detalla sobre el accionar de la Prefectura Naval.
Cáceres prosigue con la situación vivida hace siete días y describe que «con el correr de los minutos llegaron cuatro móviles llenos de prefectos». Denuncia que en ese momento le dijeron “Dale vieja de mierda, entrá”, mientras la subían al móvil entre torturas. «Tuve miedo, no pude contenerme. Me hice pis encima».
«Mientras tanto, ellos buscaban testigos que firmaran y corroboraran su versión de los hechos. No tenían otra forma de justificar el estado en el que se los estaban llevando: tenían la boca, los testículos y la nariz llenas de sangre», cuenta entre lágrimas, sobre la represión sufrida por el abuso policial.
Las torturas continuaron
Cáceres cuenta que del pasillo donde pasó lo narrado los llevaron a una garita del barrio, en Avenida Iriarte al 1800, donde los tuvieron esposados durante cuatro horas. «La angustia por estar en esa situación me generó un ataque de nervios que me impedía respirar. Llamaron al SAME y me medicaron porque tenía la presión alta. El médico le dijo a los prefectos que me sacaran las esposas, pero cuando se fue yo todavía seguía esposada, entre amenazas, maltratos psicológicos e insultos: “¿para qué trajiste a estas ratas inmundas al mundo?” me dijeron», cuenta la vecina del barrio Zavaleta. «A mi hijo le robaron la plata, una tarjeta SUBE y las cosas que llevaba encima», denuncia sobre el accionar de las fuerzas de seguridad.
«Así nos tuvieron hasta 19:30 horas y nos llevaron a la Comisaría 30, donde estuvimos demorados seis horas más», precisa sobre la larga jornada entre violencias y represiones. Afirma que después de vivir este «calvario» siente «una bronca e impotencia absoluta».
Explica que no fue la primera vez que les tocó sufrir estas torturas. «El pasado 3 de octubre, la Prefectura casi mata a mi hijo con gas pimienta, durante un control poblacional. Le sacaron un vaso que estaba tomando y lo rociaron sin que él viera. Esto le causó un daño terrible y no pudo respirar ni tragar un largo rato», denuncia Cáceres. «Así se manejan ellos, acostumbrados a trabajar con este nivel de impunidad con los pibes y las pibas o en este caso también con los viejos y las viejas», reclama.
«Nadie se salva. ¿Quién nos protege de ellos? ¿Nos merecemos esto?», cuestiona entre preguntas que interpelan a la ciudadanía en general. «Necesitamos un control popular sobre las fuerzas de seguridad para que dejen de pasar estas cosas», exige durante el diálogo con La Garganta Poderosa. «Que todo el mundo sepa lo que pasa en las villas. Que conozcan el amedrentamiento, los golpes, los robos y el eterno hostigamiento de los que supuestamente están para cuidarnos», finaliza.