¿Pero cómo, no es una cuestión de voluntad, de querer progresar y salir adelante? ¿La cosa no era dejar de reproducir lo que fueron nuestros adultos? Si fuera tan fácil seríamos otro tipo de sociedad. ¿Entonces? ¿Cuál es el punto?
Por Vero Curvale
Hay un niño, Ramiro, que golpea mi puerta todos los días a las 17. Tiene trece años y me vende el pan casero más rico del mundo. También me lo cruzo cuando va a la escuela. Estudia y trabaja. Los niños de trece años no deberían trabajar, sino jugar y estudiar, tener infancia.
Hubo un niño, Aylan, que se hizo famoso en el mundo porque el océano lo trajo mojado, frío y muerto a la costa. Todos lloramos cuando lo vimos, su foto recorrió todos los continentes. Ese niño no debería haber estado escapando de su país, caerse al agua y morir ahogado. Los niños de tres años debieran estar jugando, tener infancia.
Hay un niño de trece años que arrebató un celular. Un puñado de adultos se disputó su rostro para desfigurarlo a trompadas. Lo lincharon como si fuese un grande, pero no. Por eso fue trasladado de urgencia a un hospital de niños. Porque los niños de trece años no tendrían que estar arrebatando. Deberían estar estudiando, jugando o trabajando, pero no robando.
Y hay adultos que están muy mal de la cabeza. Que llorarían por Aylan, ayudarían a Ramiro pero lincharían al niñito que arrebata. Hay adultos que los prefieren trabajando, mendigando o muertos, antes que robando. Hay adultos que no se hacen cargo de adónde va la basura que sacan todas las noches de sus casas.
Cada esquina de mi barrio tiene un contenedor. Alrededor de cada contenedor se hacen mini basurales y nunca nadie fue. Nunca un adulto dirá que fue su bolsa la que cayó primero fuera del tacho. Porque el funcionamiento de la basura es así, lo importante es sacarla rápido de casa para que deje de tener dueño, los minutos que tardamos en llegar a la esquina son los últimos en que tenemos la patria potestad sobre la bolsa. Luego la basura será de todos, o sea, de nadie.
Hay un adulto que vive en el polo norte, que anda en trineo con bueyes mágicos y una vez al año viaja por todo el mundo llevando regalos. Ese adulto no les deja a todos los niños lo que piden en sus cartitas. A algunos no les deja nada. Hay niños que ni siquiera escriben cartitas.
Los niños son el espejo de las sociedades desiguales. Los niños que no tuvieron infancia son los padres de los niños que hoy no la tienen. Y ustedes dirán que es culpa de esos padres que esos niños no estén en la escuela o jugando.
Es muy probable que los adultos a cargo de esos niños que crecen en desigualdad no sepan cómo cambiar su destino. Pero si nos miramos al espejo, miramos a nuestro entorno, veremos que ningún adulto de los que nos rodea ha podido cambiar su destino. O muy pocos los hicieron.
¿Pero cómo, no es una cuestión de voluntad, de querer progresar y salir adelante? ¿La cosa no era dejar de reproducir lo que fueron nuestros adultos? Si fuera tan fácil seríamos otro tipo de sociedad. ¿Entonces? ¿Cuál es el punto?
¿Qué vemos cuando vemos a un niño vendiendo pan casero? Vemos a sus padres cocinado aquello que mandan a vender a sus niños y los ayudamos. Vemos el intento de progreso, de salir adelante, de que sus hijos estudien y les perdonamos todo. Porque, en tanto adultos, nos creemos con derecho a interpretar las vidas de los demás.
¿Qué vemos cuando un niño aparece flotando en el agua? La herencia de una vida de desidia, de unos adultos que deben escapar para vivir y la inocencia de ese niño perdida en un mar de agua. Una muerte injusta, hubiese muerto un adulto en vez de Aylan, él no tiene la culpa de nada.
Hay pobres hijos de pobres, chorros hijos de chorros, trabajadores hijos de trabajadores, abogados hijos de abogados, cuentapropistas offshore hijos de cuentapropistas offshore. Miremos de nuevo, a nosotros frente a un espejo y a los adultos que nos rodean. Qué hemos podido cambiar de aquello que heredamos, cuánto esfuerzo nos costó si es que ese cambio existe y qué de eso que reproducimos consideramos algo malo. De cuánto de eso nos hacemos cargo o tratamos de llevarlo corriendo a la esquina en una bolsa negra y resistente para que no se note.
Ahora, preguntémonos ¿Qué no vemos cuando vemos un niño que arrebata?