No entendimos nada

A marzo, derechito y sin chistar. A estudiar en enero, febrero, bajo ese sol rajante pateando en chancletas hasta lo de la maestra particular. Eso nos merecemos si creemos que los feminicidios son un hecho policial que se soluciona endureciendo las penas.

Foto: AgendaAbierta.
por Pablo Urrutia

Porque si es así, no aprendimos nada. Nos comimos lo que se sirve en la mesa de Mirtha sin escuchar la voz de las víctimas que jamás podrán estar allí para expresarse, ni comer, ni nada. Porque nos tranquiliza a algunos y porque a otros les da impunidad.

Esa es justamente la reacción de una sociedad asustada o cómplice, en la que no debíamos caer. En la que nos decían, nos gritaban, nos pintaban en las paredes de nuestras impolutas ciudades y hasta en los patrulleros, no debíamos caer. Y caímos, porque no entendimos nada o porque decidimos ocultarnos bajo la frazada fría del punitivismo y los códigos penales, y no hacernos cargo, o seguir avalando.

Si creemos que el feminicidio de Micaela se trató de la conducta horrenda de un par de psicópatas bestiales, de la falta de cámaras, de la bohemia de patear las calles a las cinco de la mañana, de un juez inepto al que se le ocurrió soltar violadores antes de que cumplan su condena, tenemos que recursar la materia hasta el infinito. De nada valió el dolor de las víctimas, la lucha de tantas, incluida la de Micaela.

El femicida de Micaela no actuó sólo, tuvo cómplices y son muchos más que uno. Ningún femicida actúa solo.

Los que ahora se palmean entre ellos la espalda y se dicen les daremos una lección a esos malhechores, no entendieron nada de nada del planteo de la sociedad que gritó NiUnaMenos, que lo sigue haciendo, que no logra avanzar ni un ápice en su reclamo de no más violencia de género, abusos contra las mujeres y feminicidios. Deben repetir de año, poner más atención en clase, practicar en casa.

Banalizaron y diluyeron un flagelo que ofende la condición humana y sólo es comparable con la crueldad e injusticia de la esclavitud o el genocidio. Pusieron al femicida a la misma altura que un asesino común o un ladrón reincidente, pero lo que es peor, tiraron la pelota afuera. Otra vez irán detrás de los hechos, reproducirán las condiciones de posibilidad de esta problemática lacerante, mientras tratan de vendernos que se trata de un gran paso en la lucha del Estado contra los feminicidios. Si no fuese tan cruel la paradoja, tan lamentable el desatino, uno podría reírse de la ministra Bullrich.

El que repita de memoria que endurecer las penas a los condenados es una avance en la lucha contra la violencia de género, debe repetir de grado. Ya se hizo, nada cambió.

Al que confunda la intensión de plantearse y comprender la profundidad cultural del problema, las relaciones de poder en que se inserta, la raíz ancestral del machismo, la matriz silenciosa y subterránea que sustenta la violencia de género en todas sus formas, con un supuesto garantismo penal: orejas de burro le tienen que poner.

Porque no aprendimos nada tenemos que repetir de año, recursar la materia, volver a primero, es lo que de mínima nos merecemos; y nos merecemos lo peor tambièn, nos merecemos seguir viviendo en una sociedad con un feminicidio cada día, todos los días, cada 18 horas. Porque si este es el camino, si esto es todo lo que nuestro sistema político puede hacer frente a la violencia, el abuso y el asesinato sistemático de mujeres en nuestro país, otra vez habremos dejado solas a las víctimas.