Cooperativa “Nueva Vida”: Entre la dignidad y las dificultades de un proyecto colectivo

La planta de Clasificación y Transferencia de Residuos “Manuel Belgrano”, cumple dos años en este mes de diciembre y el balance no es el mejor. Desde Agenda Abierta realizamos un relevamiento de la situación.

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Foto: Diario UNO.

Por Pablo Urrutia.

La planta de Clasificación y Transferencia de Residuos “Manuel Belgrano”, fue un ambicioso proyecto de la gestión anterior, encabezada por Blanca Osuna. Desde el Estado municipal se planteó cambiar la realidad de cientos de personas que sobrevivían a partir de lo que conseguían escarbando entre la basura que diariamente la ciudad arroja en lo que se conoce como el “Volcadero”.

A partir de la sanción de la ordenanza que regula la Gestión Integral de Residuos Sólidos Urbanos, los residuos dispuestos en la vía pública, pasaron a considerarse propiedad del Estado. El Ejecutivo local se planteó avanzar con el objetivo de la valorización de los residuos y la inclusión social. Allí nació la Planta más grande del país, que se convirtió en referencia por sus características técnicas y por su tamaño. Para administrar la misma y llevar adelante las tareas que la clasificación y el enfardado de los residuos requiere, se conformó la Cooperativa “Nueva Vida”, tal como la bautizaron sus integrantes: vecinos de los barrios Antártida, Mosconi, San Martín, Balbi, Barranca Oeste y Humito. De esa manera se dignificó a quienes vivían de la basura del Volcadero y se avanzó en un plan integral que incluyó la contenerización de alrededor del 75% de la ciudad; la construcción de un Vivero Escuela; los operativos de limpieza y recuperación de espacios públicos; el desarrollo del Programa Recuperadores de Derechos, que incluye la sustitución de carros tirados por caballos por Motocarros y la capacitación a familias que viven de la recuperación de la basura. Además se urbanizó la zona del barrio San Martín donde se construyó un playón deportivo, un nuevo centro de salud y un importante jardín de infantes, el “Isleritos”. Una buena parte del lugar en que se realizaba la deposición final de los residuos fue saneada y el humo que solía afectar a buena parte de la ciudad dejó de ser una postal cotidiana.

Sin embargo, no alcanzó el tiempo para el desarrollo pleno de ese plan, y en la transición de gobierno, muchas acciones se detuvieron y otras quedaron truncas.

Tal vez uno de los casos emblemáticos es el del Vivero Escuela, inaugurado el viernes 22 de mayo del 2015. Durante el verano las instalaciones fueron saqueadas y destruidas. Se arrancaron los plantines, pero también las aberturas y los inodoros del baño, dejando sin respuestas a trabajadoras y trabajadores del lugar. “El Vivero fue un sueño pero terminó siendo un fracaso, porque desarmaron y saquearon una cosa que era el futuro de nuestros hijos. Hasta el 2 de diciembre que nosotros estábamos era un lugar donde se capacitaban adultos y jóvenes, se realizaban talleres, se hacían plantines. Y ahora no quedó nada”, detalló Roberto Gómez, vecinalista del barrio San Martín. De alguna manera, la actual gestión fue abandonando el lugar y dejando a la deriva a los vecinos que se habían beneficiado con las acciones desarrolladas en esa zona. Del Programa Recuperadores de Derechos, que logró erradicar en parte la tracción a sangre, tan denostada por las organizaciones protectoras de animales, no se supo más nada.

Pero la Planta de Clasificación y Transferencia de Residuos “Manuel Belgrano”, sigue en pie, sostenida en parte desde el Municipio, que nombró como nuevo director a Guillermo Aizcorbe, pero principalmente por los integrantes de la Cooperativa “Nueva Vida”, que cambiaron su realidad a partir del trabajo en la planta y la sienten como propia.

“La seguimos remando”, dice uno de los trabajadores del lugar, con una media sonrisa. Y pasa a explicar sus penurias: “Hay cosas que no nos llegan. Estamos trabajando con animales muertos, agujas de todos los hospitales. La basura llega muy mezclada, no se está separando”, dice, como una contracara al programa “Separemos”, que la municipalidad puso en marcha el 1º de abril de este año, por orden de la Justicia. Desde entonces, se trabaja para promover la separación de residuos en origen. Sin embargo, en el programa “hay muchas cosas por hacer” y “muchas falencias que se intentan resolver”, reconoció en su momento, la subsecretaria de Ambiente Sustentable de la Municipalidad, Rosa Hojman, de quien depende además la planta.

A partir del cambio de gestión, el trato hacia la cooperativa pasó a ser diferente. El municipio ya no brinda con regularidad los elementos de seguridad como guantes y faja. Como gran parte del trabajo se realiza a mano, hay muchos trabajadores que padecen problemas en la cintura o en los riñones. La cooperativa no puede costear por sí misma esos elementos, que antes brindaba el municipio. “Fuimos a ambiente sustentable a pedir barbijos y alambre que usamos para armar los fardos compactados, y nos dijeron que no tenían plata”, relata otro de los integrantes de la cooperativa.

Desde el Municipio se pretende que las necesidades de los trabajadores sean cubiertas por los ingresos que genera la venta del material seleccionado, pero desde la planta, sostienen que el producido alcanza a penas para repartir entre 400 y 500 pesos entre cada cooperativista. Un ingreso prácticamente simbólico por un trabajo pesado.

Sin embargo, la labor que realizan los integrantes de “Nueva Vida”, resulta útil. Es común verlos en las plazas los días sábado desarrollando tareas como promotores ambientales o como receptores del programa “Separemos”. Del cual la titular de Ambiente Sustentable y el secretario General y Derechos Humanos, Eduardo Solari han hablado maravillas en los medios. Además de trabajar en la erradicación de mini basurales en barrios aledaños y mantener con una notable pulcritud el propio barrio San Martín. Suele escucharse entre los vecinos, “El Volca está más limpio que toda la ciudad”.

Los cambios a partir de la nueva gestión, fueron varios. Entre ellos el que determinó que la planilla de asistencia de los trabajadores pase a manos del director Aizcorbe, que se realicen descuentos desmedidos por faltas justificadas con certificado médico, y que se realicen despidos. De hecho, en sus comienzos, la planta contaba con 125 personas repartidas en dos turnos, ese número hoy, apenas sobrepasa los 100. Dialogamos con uno de los trabajadores que quedó fuera de la planta. “Mi mujer estaba enferma, internada”, explicó y mostró un papel escrito a máquina, en que se le notificaba su despido.

La situación laboral es precaria, una de las fallas de la anterior gestión y que aún no se resuelve es que los cooperativistas no cuentan aún con el Monotributo Social, que les permitiría acceder a los derechos laborales que les corresponden. Pero el mayor temor, por estos días es perder el único sustento seguro con el que cuentan y el lugar de trabajo que les permitió comenzar a soñar siquiera con un futuro mejor.