Aniversario de la muerte de Evita

El trágico destino de Evita llenó la cuota de romanticismo y mística de los argentinos y argentinas como ningún otro hecho de la historia nacional. A medida que se aproximaba el final, una especie de pasión colectiva parecía apoderarse de la población.

foto: argentina.gob.ar

 

El 26 de julio de 1952 comenzó normalmente, pero a las 10 hs Evita entró en un sopor del que ya no saldría. Esto instó a los médicos a realizar el primer comunicado. El último, a las 20, avisó que la salud de la enferma había agravado. El lecho fue rodeado por todos sus hermanos y sus más allegados colaboradores. A las 20 y 23 hs el Doctor Taquini miró a Perón diciendo: «No hay pulso».

A las 21 y 36 el locutor oficial J. Furnot leyó por la cadena nacional de radiodifusión: «Cumple la Secretaría de Informaciones de la Presidencia de la Nación el penosísimo deber de informar al pueblo de la República que a las 20.25 horas ha fallecido la Señora Eva Perón, Jefa Espiritual de la Nación. Los restos de la Señora Eva Perón serán conducidos mañana, al Ministerio de Trabajo y Previsión, donde se instalará la capilla ardiente…».

Un gran silencio comenzó a cancelar todas las actividades del país. Los transeúntes se marcharon a sus casas. Las radios irradiaron música sacra. Cines, teatros y confiterías cerraron sus puertas. Sus últimos deseos, expresados a Perón, habían sido que no quería que su cuerpo se consumiera bajo tierra y que quisiera ser embalsamada. Se llamó al Doctor Pedro Ara para que hiciera este trabajo. La CGT decretó un duelo de 72 horas y en las plazas de todos los barrios del país se erigieron pequeños altares con la imagen de Eva y un crespón negro recordándola.

El 27 de julio su cuerpo se trasladó al Ministerio de Trabajo y Previsión. El multitudinario velatorio se prolongó hasta el 9 de agosto. La cola era de aproximadamente 35 cuadras. Cientos de miles de argentinos y argentinas pasaron por allí. La Fundación Eva Perón repartía frazadas para afrontar las adversas condiciones climáticas que se presentaron durante el velatorio y se instalaron puestos sanitarios para la atención de las personas que esperaban. Hubo desmayos, gente descompensada y muertos por paros cardíacos.

El cuerpo de Eva va llegando al Congreso Nacional

El duelo cubrió el territorio nacional. En el interior, las localidades adhirieron al duelo, y de inmediato en los espacios públicos se multiplicaron millares de altares a su memoria. En otro hecho sin precedentes, marchas o procesiones con antorchas en las principales ciudades y capitales de provincia se llevaron adelante. En la Ciudad de Buenos Aires a las 20.25 del martes 29 de julio de 1952 –exactamente al cumplirse las primeras 72 horas de la muerte de Evita- en la Plaza Miserere, al pie de un retrato de Eva, se le rindió un homenaje apagándose cerca de 5.000 antorchas que allí se habían congregado. Actos similares se multiplicaron en muchos lugares.

Cientos de miles de personas esperaron en el frío, e incluso en algunos dias bajo la lluvia, en filas interminables durante días. Consecuencia de esta multitud que quería despedir a Evita, el 29 de julio Perón dispone que el velatorio siguiera hasta que todos y todas que quiseran verla pudieran darle el último adiós. El 9 de agosto el cuerpo fue trasladado al Congreso Nacional para rendirle los honores. Al día siguiente, la mayor procesión nunca vista en Argentina marchó a lo largo de Av. Rivadavia, Avenida de Mayo, Hipólito Irigoyen y Paseo Colón. Más de 15 mil soldados rindieron honores militares y la cureña fue arrastrada por gremialistas de camisa blanca y escoltada por cadetes de institutos militares, alumnos de la Ciudad Estudiantil, enfermeras y trabajadoras de la Fundación Eva Perón. Su cuerpo fue expuesto en la capilla ardiente instalada en el Congreso Nacional. El de Evita fue un extenso ritual fúnebre por donde desfilaron más de dos millones de personas. El funeral de la «abanderada de los humildes» fue uno de los más multitudinarios de la historia universal.

El último día del velatorio, a las 17:50, mientras la ciudad silenciosa era estremecida por una salva de 21 cañonazos y cornetas del ejército, empleados de una empresa fúnebre introdujeron el ataúd en el segundo piso de la CGT, donde el Doctor Pedro Ara lo recibió para efectuar el embalsamamiento, que duraría hasta 1955.

 

Por Gonzalo García Garro

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