Reposando en la unión de los arroyos Victoria y La Batea, este barco de cemento con 60 metros de eslora, llegó desde el Riachuelo, en La Boca. Era 1965 y su dueño, Nicolás Sfeir, se encargó de remolcarlo todo ese trayecto con el objetivo de instalar en su interior una procesadora de pescados.

En Argentina hay otros dos barcos de este tipo. Uno se encuentra en el río Luján, en el Delta Bonaerense, y sirve de muelle del club náutico Belgrano. El otro buque descansa en la Costanera Norte, frente al Aeroparque de Buenos Aires, y se puede ver cuando se producen bajas importantes del río.
Historia del gigante dormido
La procesadora de pescados funcionó por un corto plazo, pero cerró porque eran tiempos de escasez de sábalo, pescado utilizado para obtener harina y aceite.
“Hubo una creciente –recuerda Reinaldo, testigo presencial de aquellos años-, y el barco quedó arriba de la tierra. Pasó el tiempo y se fue a pique al río. Por eso ahora se ve solamente la popa. Cuando estuve la primera vez, hace más de veinte años, estaba casi todo afuera del agua”.

La escasa información sobre este tipo de barcos señala que fueron utilizados en la Primera Guerra Mundial. Tenían las líneas similares a los buques de acero, pero requerían de cascos de un espesor mucho mayor para tener su misma resistencia.
Ahora, con el paso del tiempo surcando el cemento, poco queda: dos malacates que resisten la erosión y un mástil de acero que funcionaba como guinche.

Eso queda de un buque que nadie sabe si fue traído a Argentina desde Europa o fue construido en el país, en épocas de invenciones y bonanzas.
Reinaldo dice que el río está socavando cada vez más el barco y que en algunos años no quedará nada. Porque el agua va rodeando a ese mastodonte de cemento, lo lame, parece que lo acaricia, pero en realidad lo va llevando al fondo de la propia historia del Paraná.
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