El patriarcado, todas las formas de violencias, y el derecho a decidir y la salud pública como deudas pendientes de la democracia, contadas en primera persona.
Por Merlina Morello
Era mi «novio», un pibe de la escuela, un poco más grande que yo. Violento, muy violento. Pero, por diferentes cuestiones, lo había naturalizado y creía que si aguantaba todo quizás yo podría «cambiar» a esa persona. La primera vez que fui violada, fue por él, a los 14 años. Acabó adentro y me golpeó para que me vistiera rápido. Después me llevó hasta Av. De las Américas y me dejó en medio de la villa, sola, golpeada, de madrugada. Caminé como pude hasta mi casa pensando en que cara poner, con miedo. Miedo de donde estaba, miedo de que mis viejos se enteraran, miedo de quedar embarazada, miedo de no saber cómo iba a afrontar mi vida a la mañana, cuándo me levantara.
Al día siguiente fui con mucha vergüenza a comprar la pastilla del día después. En lo único que podía pensar era en cómo explicaba yo un posible embarazo? Si no lo había planeado, si tenía 14 años. Tenía miedo de que en la farmacia no me la quisieran vender, y si bien el señor que me atendió me la vendió, me hizo sentir su rechazo, como si yo tuviera la culpa, como si yo hubiese sido promiscua (porque algo así me dijo). Salí casi llorando y me fui a la escuela.
A los 16, fui violada nuevamente reiteradas veces por otro pibe que me manipulaba y me convencía de que lo hacía porque yo me lo buscaba y porque «me hacía la linda». Una vez tuve un atraso y tenía miedo de estar embarazada. Ya había intentado comprar otra pastilla del día después, pero en esa farmacia me dijeron que no le vendían a menores y que tenía que tener la autorización de un médico (cosa que no es cierta).
Cuándo se lo dije, me cagó a trompadas.
Sus papás son profesionales de la salud, que desgraciadamente encubrían toda esa violencia y que, en caso de que así fuera, me iban a dar medicamentos para que abortara. Yo estaba segura de que los iba a aceptar. Me cagaban a trompadas, abusaban de mí, tenía conflictos en mi casa. No iba a poder con un hijo, no quería tener una hijo.
Tuve un par semanas de atraso y dada la situación volví a hablar con mi novio. Me sentía mal, estaba enojada, no sabía cómo dejarlo, no sabía que iba a hacer. Otra vez me cagó a trompadas y me tuve que quedar a dormir en su casa. Al otro día me desperté con un dolor insoportable. Y nunca supe si fue un aborto provocado por los golpes o simplemente una menstruación, quizás producto de mi desinformación. Sin embargo, en cierta forma, pese a todo, me sentía tranquila. Hijos yo no quería y era una decisión tomada.
En 2017, tomaba pastillas anticonceptivas. Por lo que con mi pareja no utilizábamos preservativo. En agosto, después de casi dos semanas de atraso, me enteré de que estaba embarazada. No puedo decir que me puse contenta, más bien estaba desconcertada. ¿Cómo podía ser? Si yo me cuidaba! Porque eso es lo que te dicen todos, si no te querés embarazar, cuídate. Y eso hice pero algo salió mal esa vez. Estaba en shock, no sabía cómo contarle a mi familia y como con mi compañero no estábamos en una muy buena situación económica tampoco sabía cómo le iba a decir. No sabía ni cómo hablar conmigo misma. No pensé en abortar, pero tampoco me veía como madre, ni llevando una panza, ni pariendo. No podía ser.
En los siguientes días trate de hacerme a la idea de ser «mamá» y hasta me entusiasmé un poco, creo. Sin embargo, en el transcurso de esa semana, comencé con sangrados fuertes, dolorosos. Estuve un fin de semana sola en mi casa doblada del dolor, en la cama, con una toalla abajo de la cola para no manchar nada. Tenía miedo de ir al hospital porque no quería que me echaran la culpa. Yo realmente no buscaba ser mamá, pero tampoco había hecho nada para terminar con el embarazo. Aunque, se conocían casos en los que mujeres con abortos espontáneos terminaban en cana. Me parecía injusto estar sufriendo tanto y no poder recurrir a ningún lado, hasta que que me contacte con una compañera que me dio el número de alguien para que fuera a mi casa y controlara la hemorragia. Me cobraba una fortuna. Después me contacte con otra persona (que también me cobró)que me dijo que efectivamente había tenido una pérdida pero que a no ser que tuviera alguna complicación no me preocupara tanto. Sangré 12 días sin parar, retorciéndome de dolor, yendo a laburar, yendo a cursar, en silencio. Ni mi familia ni mi pareja lo supieron hasta hace poco. Todo el tiempo pensaba que me iba a morir si seguía sangrando así. Tenía mucho miedo.
En marzo del 2018 nuevamente quedo embarazada, pero está vez lo tome de otra forma. Realmente deseaba tener ese hije. Y digo hije, porque es la construcción que se hace cuando realmente deseas ser mamá. Pensé en un nombre compré cosas, me lo imaginaba. Me medía la panza. Todos estábamos contentos por ese bebé. Le dimos identidad, a través del deseo de ejercer nuestra paternidad-maternidad.
Hace un mes, un 9 de julio comencé con sangrados y una especia de «calambres» en la espalda baja.Acudí a médicos y me mandaron a mi casa con una tableta de progesterona. Me trataron mal. Me dijeron que no era tan grave, que las guardias son para cosas serias. Nadie me hizo una eco, nada. Una tableta de progesterona y a tu casa, flaca.
Durante la noche, tuve contracciones. Sangrados cada vez más fuertes pero me habían dicho que iba a sangrar un poco más, que no era nada. Estaba dilatando y no sabía.
El 10 de julio por la mañana, en cama. Estaba esperando que mi pareja volviera de trabajar así con mis viejos «festejábamos» precariamente su cumpleaños. Estábamos todos cagados. Y fue ahí, 8:26 de la mañana que llegó. Lo abrazamos. Le pedí a mis viejos que me fueran a comprar toallitas y media lunas para desayunar y mientras ellos salían a hacer las compras le pedí a mi compañero que me alzara porque necesitaba ir al baño. En ese momento ni bien me moví un poco, empecé a sangrar terriblemente. A los minutos estaba perdiendo el embarazo, en mi casa, en el baño, llena de sangre. Llegué al hospital con una dilatación tremenda y la placenta a medio salir. Otra vez tenía miedo.
Me hicieron un legrado y me dejaron internada. En la sala en la que estaba, a todas nos habían hecho legrados. En tanto dolor, lo más hermoso fue estar con ellas y las enfermeras. Rodearse mujeres llenas de sororidad, es importantísimo.
Sin embargo cuando nos estaban por dar el alta, algunas médicas y trabajadoras del área de consejería nos hacían preguntas. A una le preguntaron cuántos hijos tenía y si a este último lo hubiese recibido bien. La culpaban porque no lloraba. Ellos no sabían que no tenía tiempo para ponerse mal porque tenía 4 hijos solos esperándola en su casa. Según nos contó su médico le dijo que era imposible que estuviera embarazada, que eran cambios hormonales de seguro. Nadie la acompañó y sin embargo fue juzgada.
Había otra chica, de 16 años. Segundo legrado. Su primer bebé había sido prematuro y falleció durante el parto por negligencias médicas. Sin embargo también fue juzgada por embarazarse dos veces siendo tan joven. ¿Tomás bien las pastillas vos? Le preguntaban. «Es raro que fallen si están bien utilizadas», nos dijeron cuando contamos que habíamos quedado embarazadas consumiendo anticonceptivos. Raro, pero pasa, pensé yo.
Mientras tanto, había una piba tratando de averiguar porque no les querían hacer ligadura de trompas.
Salí de ese hospital el 12 de julio a la tarde, después de haber estado un poco complicada. Salí de ese hospital pensando que sea ley. No quería pensar en que hubiera más pibas sufriendo maltrato ni siendo juzgadas por ser jóvenes, por ser pobres, por estar solas.
Salí de ahí preguntándome ¿qué hubiese pasado si en 2017 me moría por una infección? ¿Qué hubiese pasado si a los 14 años quedaba embarazada? Hubiese sido una «negrita, rápida» (de esas a las que acusan de embarazarse por un plan), ¿qué pasaba si abortaba voluntariamente a los 16?
¿Qué Pro-feto iba a estar presente para ayudarme? ¿Qué soluciones me iban a dar? ¿Cómo se puede juzgar a alguien en un momento así?
Pensaba en que existían mujeres en ese mismo momento que seguramente estaban pasando por la misma situación, pero no en un hospital. Me sentía privilegiada por tener el apoyo de mis amigas, mi familia y mi pareja pero me dolía que incluso en el mismo lugar donde estaba hubiese mujeres tan solas, siendo juzgadas. ¿Y qué si una de ellas lo hubiese provocado al aborto? ¿Y qué si afuera había una piba que no quería ser madre por sexta vez, cómo nos dijo?
Perdí dos embarazos y me duelen de una forma inexplicable. A 29 días de haber pasado por una situación extremadamente dolorosa, aseguro que quien pase por una situación así, no está contenta. A todas nos duele en el alma, a mi me duele en el alma. Pero también me duele que haya mujeres que no quieran ser madres y carguen 9 meses con algo que no les resulta familiar ni grato (porque no, un embarazo no es el proceso más fácil y cómodo del mundo, hay que sobrellevar muchos cambios) sin sentir amor. Que pasen por la situación que pasé yo pero que mueran desangradas o que arrastren de por vida secuelas en el cuerpo. Eso es triste y eso me duele, cómo mujer. Ojalá a nadie le toque nunca estar ni de un lado ni del otro, porque desde la vereda que te pares un aborto no es un suceso feliz.
No quiero más mujeres solas, no quiero mujeres juzgadas, no quiero más pibas como yo, silenciadas por el miedo. No quiero eso. Quiero educación sexual efectiva, quiero cumplimiento de leyes (como el derecho a una ligadura), quiero contención.
Es fácil enjuiciar desconociendo sensación y situaciones. Hay que mirar por fuera de nuestro ombligo, porque detrás de cada mujer, de cada aborto, de cada bebé que nace, detrás de cada cosa que una hace, hay una historia y hay que saber escucharla.