La apostasía como acto político

Lejos de tratarse de un fenómeno de crisis de fe, las apostasías colectivas en la Argentina son una de las formas de crítica política que hoy llevan adelante principalmente los jóvenes contra la intromisión de la iglesia católica en la vida democrática del país.

Fernando Lozada, integrante de la Coalición Argentina por un Estado Laico (CAEL)

Por Pablo Urrutia.

Este viernes se realizó la séptima edición de apostasías colectivas en la ciudad de Paraná, donde más de cien personas llevaron hasta el Arzobispado sus solicitudes para dejar de pertenecer a la iglesia católica. El acto se transformó en la mayor renuncia masiva registrada en la capital entrerriana. La acción es la punta de un ovillo más amplio y significativo: avanzar en la separación de la iglesia y el Estado argentino, un reclamo que sucedió casi linealmente al del derecho al aborto legal, seguro y gratuito, rechazado por el Senado.

Como un gesto simbólico ante este reclamo que parece amplificarse con el correr de los días, la Conferencia Episcopal Argentina inició los trámites para renunciar a los aportes estatales que subsidian a los 100 obispos argentinos, el aval a esa medida llegó desde el propio Vaticano del papa Francisco.

La Iglesia Católica recibe anualmente 130 millones de pesos para asistir a los sueldos de la jerarquía católica. Según informó Sergio Rubín en Clarín, la entidad habría iniciado formalmente las tratativas para no recibir más ese tipo de ayuda, que en definitiva representa una ínfima parte de los miles de millones de pesos que recibe anualmente la creencia que detenta la mayoría de fieles en nuestro país.

Sin embargo, avanzar en la real separación entre la iglesia católica y el Estado argentino es, por el momento, una quimera, ya que sus profundas razones tienen un motivo también económico. Hace una semana, el obispo de la Diócesis Gualeguaychú, Héctor Zordán, lo expresó claramente. Si bien dijo que “una sana separación ayuda a la Iglesia a ser más libre, y a poder opinar libremente sobre las cuestiones sociales, políticas y de interés de la comunidad”, admitió que “en este momento –tal separación– sería complicada para la Iglesia, porque la realidad es que nuestros fieles, con sus donaciones y demás, no llegan a cubrir las necesidades (económicas) para la evangelización, la asistencia social y otras acciones que realiza la Iglesia”.

Lejos de las preocupaciones materiales del catolicismo, la apostasía avanza como un hecho simbólico que sin embargo golpea a la milenaria institución. Y ello por varias razones. La gran mayoría de los apostatas no son católicos practicantes decepcionados por los escandalosos y numerosos casos de abusos a niños y niñas perpetrados por curas y monjas en todo el mundo o críticos al alejamiento de la iglesia de los preceptos cristianos, sino personas que o nunca fueron creyentes o dejaron de serlo hace tiempo. Sucede que la Argentina, como país subdesarrollado en un contexto de territorio colonizado, es tradicionalmente católica. Los padres y madres suelen bautizar a sus hijos como parte de los ritos de la vida cívica y no necesariamente como la entrega de su descendencia a las huestes de dios. En amplios sectores de la sociedad, la iglesia dejó de ser una guía espiritual para la conducción de las vidas en el mundo terrenal antes que una institución del poder capaz de configurar decisiones parlamentarias o en las más altas esferas de la política.

Más de 100 personas apostataron el viernes en Paraná (Foto: APF).

En ese sentido, Fernando Lozada, integrante de la Coalición Argentina por un Estado Laico (CAEL), es claro: “No creemos que la iglesia sea una institución moral. Es un acto fundamentalmente político y simbólico, es una forma de decirle a la iglesia católica, por un lado, que debe cesar con las inscripciones compulsivas por medio del rito del bautismo, es decir que está afiliando a personas antes que tengan la edad para decidir si quiere o no pertenecer a un culto; y además almacena esos datos y desde ahí legitima su discurso diciendo que la mayor parte de las personas que componen la población argentina están bautizadas y por lo tanto la mayoría del pueblo es católico y ellos son la voz autorizada, la voz del pueblo. Por lo tanto que tengan privilegio estaría bien”, puntualiza en declaraciones a AgendaDeRadio.

El reclamo por la institucionalización del derecho a la interrupción voluntaria del embarazo puso en evidencia el carácter terrenal de la institución celestial. En Diputados, tal vez, la confianza en que seguía siendo el gobierno de las conciencias por excelencia en la Argentina, permitió el avance del reclamo feminista, que rebasó ampliamente en capacidad de organización y movilización al partido papal. El peronismo, de fuerte raigambre católica, prestó votos a la media sanción, en tanto que el radicalismo, republicano y clerical, se mostró mayoritariamente contrario. La contienda fue y es principalmente política, como toda lucha por la conquista de un derecho. Para su tratamiento en el Senado, la iglesia tomó otra postura, no sin consecuencias. El lobbie, los aprietes, las gestiones, fueron denunciados sin tapujos por varios legisladores y eso nunca es bueno para quien detenta el poder, es justamente la muestra de su degradación. La contienda nunca es beneficiosa para el poderoso porque es una muestra de su vulnerabilidad.

El rechazo a la aprobación del proyecto de aborto legal, seguro y gratuito, obligó a la iglesia a mostrarse como es, una institución del poder. Y la respuesta fue al hueso, aunque de manera simbólica: apostasía colectiva.

Sin embrago, aclara Fernando, la iniciativa no es nueva, no surge al calor del debate por el derecho a la interrupción voluntaria del embarazo. “En el 2006, Benedicto XVI estableció un protocolo para la apostasía y a partir de ahí se pudo empezar ese trámite un poco más formalmente. Es un criterio único”, relata, aunque advierte que, “en todo el país nos pasa que todos dicen una cosa distinta”.

Lo que sucedió fue que “creímos que a partir del debate en el Senado por el derecho al aborto legal, seguro y gratuito, la iglesia debía ser repudiada por su lobbie, por el ejercicio violento que había hecho de sus influencias. La presión que había puesto sobre los legisladores para que no voten a favor fue muy fuerte, sobre todo en las provincias más clericalizadas, y entonces había que repudiar esto de una manera y la apostasía era una forma de mostrarles que la sociedad no está de acuerdo en que ellos tengan esa influencia clreical dentro de nuestro sistema democrático. Fue una forma también de canalizar toda esa bronca de muchas personas que ven que sus vidas están reguladas por un culto al cual ya ni siquiera sienten pertenencia o creen en lo que profesa”, analiza Lozada.

La apostasía como herramienta

La iglesia y un gesto simbólico: la renuncia a un subsidio por 130 millones de pesos (Foto: elcanciller.com).

Fernando explica que la Coalición Argentina por un Estado Laico (CAEL), “está integrada por organizaciones tanto de creyentes como de no creyentes y venimos trabajando desde 2009 tramitando apostasías en todo el país. Ateos y Ateas de Mar del Plata vienen haciéndolo en continuo desde esa fecha y tenemos unas 1600 tramitadas actualmente”, dice como ejemplo.

“La apostasía es un pecado grave, vinculado a los pecados que rompen la unión con la iglesia, los otros dos pecados que están en esa categoría son el sisma y la herejía, y por otro lado es un trámite burocrático dentro del derecho canónico, del código canónico”, explica, pero aclara que quienes promueven esa acción, “no creemos que la iglesia sea una institución moral. Es un acto fundamentalmente político y simbólico, es una forma de decirle a la iglesia católica que, por un lado que debe cesar con las inscripciones compulsivas por medio del rito del bautismo, es decir que está afiliando a personas antes que tengan la edad para decidir si quiere o no pertenecer a un culto; y además almacena esos datos y desde ahí legitima su discurso diciendo que la mayor parte de las personas que componen la población argentina están bautizadas y por lo tanto la mayoría del pueblo es católico y ellos son la voz autorizada, la voz del pueblo. Por lo tanto que tengan privilegio estaría bien. Nosotros decimos que no queremos que hablen en nuestro nombre, que fuimos bautizados cuando teníamos un año o menos, no pudimos decidirlo. Hoy decimos que no nos representan, es más, estamos en absoluto desacuerdo con sus políticas machistas, discriminadoras, xenofóbicas, y sobre todo discriminadoras con respecto a las mujeres y al colectivo lgbt”, detalla.

Además, agrega que, si bien “lo que pedimos es ser eliminados de los registros, la iglesia no nos elimina, nos tacha y nos pone como apóstatas, con lo cual está cometiendo un delito, porque las creencias o las convicciones son datos sensibles protegidos por la ley nacional de protección de datos personales. La ley permite tener los datos de los afiliados, pero no de los que no adhieren a esa convicción o creencia”.

Lozada, aclara que “la apostasía es una herramienta para generar conciencia o para tener una interacción con personas que se acercan para averiguar. Pero desde hace tiempo trabajamos para la separación de absoluta de las religiones y el Estado, hemos trabajado intensamente en estos proyectos legislativos”.

http://www.agendaderadio.com.ar/2018/08/fernando-lozada-la-apostasia-es-un-acto-fundamentalmente-politico-y-simbolico/