Todo pasa por la justicia, aunque la política ya trata de despegarse de Varisco y también sus cercanos que cada vez son menos y más tibios en su defensa. Una estrella que irremediablemente se apaga y quién sabe si verá un nuevo amanecer.

Por Pablo Urrutia.
Desde aquel domingo 28 de mayo de 2017 en que fue interceptado un cargamento de droga traído en avioneta desde el Paraguay hasta Colonia Avellaneda, comenzó una caída en picada de un proyecto político que había ganado de manera contundente en Paraná y que, con el correr de los meses, arrastraría a esa debacle a dirigentes y personajes de peso en la capital entrerriana, impactando en el Gobierno nacional; y tras ellos, un periodismo que se acomodó en la luna de miel que los medios suelen darle a las gestiones al inicio de sus mandatos y debió despertar con los estrépitos de los diarios porteños y de una sociedad que no lograba salir de su estupor.
De las elecciones de 2015, la figura de Varisco surgió rediviva para tomar el centro de la escena política local abrazada a la irrupción de Cambiemos, que entonces se mostraba como lo nuevo, la auténtica renovación de la política, asentada en una alianza que le permitió al radicalismo reelaborar la tragedia de la otra Alianza. Aunque ahora se la cobren de manera deshonrosa.
Un año y medio después, la noticia sobre los más de 300 kilos de marihuana, la detención de algunas personas que figuraban en la nómina de empleados del Municipio de Paraná, golpeó a la opinión pública paranaense. Pero, ese impacto inicial, en nada se compara con las noticias que semanalmente surgen de los pasillos del juzgado federal de la capital entrerriana desde hace un tiempo a esta parte, ni con el daño que causan en la fuerza gobernante.
Como una avalancha que comienza con una grieta imperceptible, la magnitud de la catástrofe política e institucional fue creciendo a golpe de escritos que llevan la firma del juez federal Leandro Ríos y de las filtraciones de información a algunos medios locales que detentan el acceso exclusivo a las gavetas de los juzgados.
La cantidad de droga, la confirmación de la existencia de una banda organizada para el tráfico y comercialización de estupefacientes, la participación en esa banda de personas que trabajaban en el Estado, fueron, lamentablemente, una noticia, si bien resonante, apreciable en el horizonte de posibilidades de una sociedad que convive con esas realidades y que ya ha conocido casos similares. Sin embargo, la decisión del juez Ríos de avanzar desde esa superficie hacia los subsuelos de la organización, fue sacando a la luz una realidad que encandilaba por su gravedad inusitada. Por la contundencia de una situación intuida, sospechada, pero nunca antes confirmada al punto actual. No al menos en la provincia de Entre Ríos, menos en su ciudad capital y, tal vez, hasta extraña en este país.
Sin embargo, ni los hechos del año pasado, ni el secuestro de más de 3 kilos de cocaína en la casa de una de las mujeres de Celis junto a la famosa libreta con anotaciones, parecían dar el tono en los medios y en la sociedad paranaense de la gravedad de lo que estaba aconteciendo, de lo que el juez Leandro Ríos estaba desenmarañando y exponiendo con claridad en sus resoluciones. Esos expedientes gritaban, pero era una verdad que asustaba, como esas realidades que no queremos ver porque, sabemos, una vez que las comprendamos, nada volverá a ser igual.
Y, ciertamente, la causa judicial que versa sobre las relaciones de integrantes del Gobierno de la fuerza Cambiemos en Paraná, trastoca en muchos órdenes la realidad y su percepción en el escenario político y social de lo que hasta entonces se enmascaraba en la fachada de apacible capital de provincia.
De repente, cocaína, marihuana, narco, pasaron a ser parte del diccionario de uso cotidiano de los paranaenses.
Una funcionaria y un concejal esposados, trasladados a la cárcel, parecían ser imágenes salidas de otro tiempo y espacio. El escándalo se tornaba mayúsculo, aunque, para quienes tuvieron acceso a la primera resolución del juez Ríos, emitida el año pasado, la grieta que hoy debilita una apariencia construida sobre premisas endebles ya se extendía silenciosa bajo los pies de los ciudadanos que apenas atisbaban el derrumbe inminente.
Y la bomba estalló, sin que aún se logre avizorar hasta donde se extiende su onda expansiva, aunque lo visto ya, sea suficiente.
Esa explosión atravesó varias capas y son varios los ocasos que se suceden en estos días. El primero, el evidente, es el de una alianza que se fraguó en la cúpula pero tuvo gran resultado en la ciudad. Cambiemos fue un duro golpe para el peronismo en la provincia y tuvo en Paraná uno de sus epicentros. El principal beneficiario, desde luego, fue el intendente Sergio Varisco, una figura tradicional de la política local que por una larga década fue recluido a las catacumbas de la política y parecía sin chances de retornar. Pero volvió.
Suele decirse en política que no hay que dar a nadie por muerto –metáfora mediante– y Varisco era una prueba triunfante de ello. Había logrado mantenerse, sobrevivir al estallido en mil pedazos de la Alianza, rehacerse, sellar un pacto ventajoso y hacerse una vez más del Gobierno de la ciudad. Desde ese cenit se propuso ser el próximo gobernador de Entre Ríos, cosa que aún repite, pero cada vez con menos convicción, propia y de quienes lo rodean. Esa avioneta que surcaba el cielo, comenzó a fallar en 2017 y este año se estrelló sin remedio.
La pelea con la viceintendenta, Josefina Etienot, la otra pata de la alianza Cambiemos, fueron las primeras señales de un destino trunco. La reciente caída de una estrella rutilante, que crecía sin descanso en la capital provincial y recogía lauros en Capital Federal, captados en la instantánea de una cámara de teléfono celular, sugiere el fin ruinoso de esa aventura: la imputación del concejal del PRO, Emanuel Gainza, parece ser la bala de plata apuntada al corazón de Cambiemos. Porque, si se comprueba que el joven edil con destellos de rockstar también fue parte de esa red en que se entrelazaron narcotráfico y política, ya no se podrá separar la paja del trigo, como se intenta desde algunos medios nacionales adeptos al presidente Macri. Una estrella que surcaba tintineante el cielo paranaense que hoy, de golpe, aparece eclipsada y a punto de apagarse.
Verás que todo es mentira, verás que nada es amor, reza el inmortal poema de Enrique Santos Discéplo.
Pero no es todo lo mismo, suponer que los tremendos sucesos acaecidos en esta ciudad se llevan puesta la política entera o marcan el ocaso de una generación, es subestimar la capacidad de discernimiento de los ciudadanos. No habrá otro 2001, y tampoco un que se vayan todos. Menos a partir de la situación planteada donde la presunción del delito y los posibles actores están claramente demarcados.
Pretender que una fotografía o la mera mención en una escucha es equiparable al expediente de más de 3000 páginas que el juez Ríos fue ordenando meticulosamente sobre su escritorio es, cuando no un intento errático por salpicar a otros con el barro propio, por lo menos, deshonesto. Un manotazo desesperado en medio un río por demás turbio.
Todo pasa por la justicia, aunque la política ya trata de despegarse de Varisco y también sus cercanos que cada vez son menos y más tibios en su defensa. Una estrella que irremediablemente se apaga y quién sabe si verá un nuevo amanecer. Porque la pregunta es, cómo se vuelve de semejante acusación por más que la justicia determine la falta de mérito, o como ya sucedió, que la insuficiencia de la probanza no permita establecer que hubo dolo. Cómo vuelven Varisco, Hernández, Bordeira, Gainza y Frank; y cómo vuelve Leandro Ríos si todo esto fue un error, un espejismo provocado por suposiciones infundadas.
También hay otra estrella que ve el final de su parábola, aunque de manera menos refulgente y por razones tangenciales. Tal vez un asteroide, el secretario de Medios, José Escobar, ve pasar los días desde una prisión domiciliaria a la que lo llevó su prepotencia y su lealtad a Varisco. Desbocado como un principiante, quien le pintaba la cara a sus oponentes acusándoles falta de inteligencia para ser malvados, terminó tropezando contra sí mismo, haciendo añicos el bazar, escrachado en las pantallas. El hombre fuerte de los medios locales, que manejaba con mano de hierro la comunicación del Gobierno Municipal, se quedó sin tinta y quienes lo rodeaban amarretearon brazos para atajarlo. Ahora también tienen sus editoriales causticas, aunque sólo un poco, de costadito, porque se gastaron onerosas sumas en endulzar esa luna de miel que, extrañamente, parecía extenderse más allá de lo habitual.
Escobar tuvo una gran idea, puso un radio municipal, desideologizada y con el único objetivo de sumar una voz objetiva al espectro paranaense y así mantener informados a los vecinos, claro, por supuesto. Y de la noche a la mañana, un relevante número de periodistas relevantes pasaron a ser empleados del Municipio. Sin que esto signifique una mácula para el prestigio de quienes allí desarrollan su labor como lo harían en cualquier medio, también se respeta la honestidad de no morder la mano que da de comer. Menos notoria y tal vez, no más que una mera sensación, hay ahí otro posible crepúsculo.