Eri tiene 32 años, es docente universitaria, mamá de Martín de 6 años y Lola de 23 dias. No podemos volver a parir a nuestros hijos, pero sí darnos una segunda oportunidad.
Por Erika Bidal
Hace 6 años (casi 7) tuve mi primer parto: un parto vaginal. No fue un parto normal, fue un parto absolutamente intervenido. No fue mi cuerpo el que hizo el trabajo ni mi bebé el que decidió nacer: fueron las manos de la partera por orden de la ginecóloga. Su decisión, sus tiempos, sus reglas. A las 38 semanas fui a control y textualmente la doctora me dijo –“Está todo bien así que vamos a hacer todo lo posible para que nazca de acá al viernes”.
Era lunes y seguramente ella tenía mejores planes para el fin de semana -“Decile a la partera que te despegue la membrana”. Yo no tenía idea de que se trataba eso y obedecí (El propósito es desprender del cuello uterino las membranas del saco amniótico que rodea al bebé. Esto hace que se liberen unas hormonas llamadas prostaglandinas, que suelen desencadenar el parto y es un procedimiento bastante doloroso).
Me enteré luego de la maniobra que mi bebe nacería ese día. Cuando volví a la clínica, luego de un par de horas de contracciones y mucho dolor, la partera, también sin informarme, me rompió la bolsa. Inmediatamente me pusieron suero y el famoso goteo (El goteo consiste en la aplicación intravenosa de oxitocina sintética, la misma hormona que naturalmente desencadena las contracciones de parto), obvio que también sin informarme ni preguntarme, supongo que para acelerar un proceso que ya había comenzado pero que no tenían muchas ganas de dejar que camine solo. En menos de una hora yo ya estaba con la dilatación recomendada para dar a luz. Cuando llegamos a sala de parto me hicieron acostar, luego de que la enfermera se molestara porque por el dolor de las contracciones no me podía bajar de la camilla. Yo había pedido estar semi sentada y no me dejaron.
La médica no llegaba. La partera me pedía que no pujara, cosa que es imposible porque la fuerza viene sola. Mi bebé estaba coronando cuando llegó la doctora y me dijo: -“Ay, una fuerza y lo sacás, vamos a cortar un poquito acá así ya está”. Y me hizo una episiotomía de varios puntos, que demoraron mucho en curarse. Innecesaria. Pujé dos veces y Martín nació. No llegué ni a verle la cara, se lo llevaron inmediatamente para hacerle todas esas torturas que les hacen a los bebés cuando nacen y se lo dieron al papá y le recomendaron que se lo lleve y me esperen en la habitación. Yo no sé cuánto tiempo pasó desde ese momento hasta que pude reencontrarme con mi hijo. Me dejaron ahí, mientras entre ellos hablaban de andá a saber qué cosas. Me sacaron la placenta a los tirones y me dolió casi lo mismo que parir. Además estaba en shock. Me interné a las 14 y a las 15,30 mi hijo ya había nacido. Cuando caí en la cuenta estaba en la habitación, sin la panza y con un bebé al lado.
Cuando decidimos que queríamos tener otro hijo lo primero que hicimos fue cambiar de ginecóloga. Con la nueva todo iba bien, hasta que llegando a las 30 semanas de gestación se nos ocurrió hablarle del parto y ahí nos dimos cuenta que estábamos a punto de volver a cometer el mismo error. Esta vez, más informados, no estábamos dispuestos a que tomen decisiones por nosotros.
Pero eso fue posible gracias a que no estábamos solos, estábamos bien acompañados por la hermosa Jimena Zeballos, que es una doula maravillosa y amorosa que estuvo con nosotros escuchándonos, aconsejándonos, brindándonos información, abrazándonos y haciendo que podamos cumplir nuestro deseo de ser protagonistas de este proceso, de proyectar un parto respetado, feliz y con amor.
Por sugerencia de ella conocimos a Sebastián Singh Sánchez, un ginecólogo súper amoroso que se mostró siempre dispuesto a escuchar nuestros planteos, a responder a nuestras dudas y que acompañó muy respetuosamente esas últimas semanas de gestación y el parto. Y para completar el equipo del sueño del parto respetado, Gisela Fosgt, nuestra partera, que antes de conocerla ya teníamos las mejores referencias y que pudimos comprobar largamente que eran absolutamente ciertas.
El día que Lola decidió nacer empezamos el trabajo de parto en casa, escuchando música y tomando mate, con la Jime acompañando y mimándonos. Después nos fuimos al Rawson muy tranquilos y ahí se nos sumó la Gise. Estuvimos en una habitación los cuatro, escuchando música, contando chistes, tomando mate, charlando. Pude hacer mi trabajo de parto como quise, dándome duchas calientes, usando la pelota, caminando, acostándome cuando me cansaba. Mientras tanto la Gise y la Jime me hacían masajes. ¿Dolió? Y si, un poco si, pero cómo cambia la experiencia cuando se respetan los tiempos, cuando se tiene paciencia, cuando se acompaña y se cuida.
Lola nació por parto natural y yo formé parte de absolutamente todo lo que pasó ese día. La vi nacer, la tuve conmigo un buen rato, la pude llenar de besos, abrazar, darle la teta.
Ojalá todos los partos fueran así, llenos de amor, de respeto y de felicidad.