Cecilia tiene 31 años, es abogada y mamá de Tomás y Clara. Aquí nos relata el parto de su hija, hace apenas dos meses y medio y es, para mí, el que todas soñamos. Disfruten de este parto respetado.
Por Cecilia Quintana
Después de Toto, tu papá y yo enseguida supimos que queríamos tener un segundo hijo. Soñábamos con que fueras mujer y te llames Clara. Nos decidimos, te invitamos a venir y viniste enseguida.
Tu embarazo me trajo muchas certezas. Supe enseguida que quería quedarme a cuidarlos los primeros años. Supe que quería elegir un nuevo equipo obstétrico, esta vez de mujeres. Supe que quería el acompañamiento de una doula. Supe que quería hacer yoga. Supe que quería tener otro tipo de parto.
Los primeros ocho meses pasaron volando. Dejé de ir a la oficina bastante antes de tu nacimiento y me quedé descansar, a disfrutar de tu hermano mayor y de vos en la panza. Armé unas playlist para el día de tu nacimiento, escribí, hice yoga y medité.
Las contracciones «de práctica» estaban ahí desde el séptimo mes y yo estaba segura de que ibas a nacer mucho antes de la fecha probable. Pero no, naciste dos días después.
Esa mañana fui a una reunión de padres en el jardín de Toto. Tuve contracciones lindas todo el tiempo, sentía que algo había comenzado pero no quería hacerme demasiadas ilusiones. A la salida compramos las cosas que faltaban para el inicio de clases, mientras una persona nos limpiaba el nido.
Volvimos a casa, me puse un camisón, agarré una botella de agua, puse música y me senté en la pelota en la que había pasado todo el embarazo haciéndote lugar. Así empezaron a pasar las horas y las contracciones.
Toto se fue con una de las tías, vino Clara-doula, apagué las luces, tomamos unos mates y charlamos. Yo tenía muchas contracciones y las atravesaba con mucho placer. Las cantaba, las gritaba. Clara me hacía masajes y me ponía almohadillas calentitas en el sacro, me traía agua y comida, me prendía velas en el baño.
Tu papá se tiró en la cama y me miraba. En un momento, después de una contracción fuerte me dijo que estaba muy hermosa. Y yo así me sentía. Hermosa y poderosa. Dueña de este parto. Sumergida en él, consciente de cada momento. Consciente de mi cuerpo y del tuyo.
En algún momento de la noche quise tirarme debajo de la ducha. Salí, me sequé, apagué la música y me acosté con tu papá en la cama. Clara se fue a la otra habitación y durmió un poquito.
Ese rato de descanso funcionó como la calma que antecede al huracán, cuando me levanté de la cama ya se había desatado la última parte. Yo ya no hablaba ni me quedaba quieta. Me mecía y cerraba los ojos.
En algún momento llamamos a la partera y definimos encontramos en el Sanatorio. Eran las 3 de la mañana.
El viaje en auto fue bastante incómodo pero desde la autopista miraba la luna casi llena y te hablaba con mis pensamientos. Te decía que yo me iba a hacer muy grande para que puedas salir y que nunca nos íbamos a separar después. Te decía que la íbamos a pasar increíble juntas.
Una vez en el Sanatorio me entró como una urgencia porque nazcas. Estaba muy dolorida y muy cansada, y sin embargo entera.
Le pedí a la partera que me revise.
¡8 de dilatación! Felicidad. «Pero la bebé está alta, hay que esperar que baje». Ahí me encerré en el baño. Ya el dolor era grande y las contracciones no me daban tregua. Clara me pregunta si quiero escuchar música y le dije que en ese momento me chupaba un huevo jaja. La partera me sugiere que puje en algunas contracciones para ayudarte a bajar. Lo hago un par de veces. Después me ofrece romper la bolsa y le digo que sí. También me ofrece la peridural y le digo que no.
Después de romper la bolsa te ayudé a descender. Un par de pujos después fuimos a la sala de partos. La partera habló de ponerme una vía, pero desistió enseguida.
Una vez en la sala de partos pedí que bajen las luces e inclinen la camilla. Revoleé la cofia que me querían poner y después de una contracción muy dolorosa dije que no podía más.
La partera me dijo «sí que podés, Clarita ya está acá, tocale la cabeza». Metí la mano y te toqué, y volví a juntar fuerzas. Las fuerzas que tu papá me daba al oído todo el tiempo. Mis pujos eran largos y fuertes y yo los terminaba con un grito de guerrera que todavía recuerdo nítidamente.
En el momento en que coronás me quedo gritando de dolor.
Tu papá, la obstetra y la partera me tranquilizan. Y yo recuerdo a mi profe de yoga, Julia, que me había dicho que no puje cuando sienta el aro de fuego y que respire cortito. Así lo hago y la obstetra me dice «Clarita está viniendo sola, vos relajá así no te lastimás». Vuelve una contracción y ahí sí, te pujo con todas mis fuerzas. Y siento como sale tu cabeza, tus hombros, todo tu cuerpo caliente y se vierte por completo el acuario que te albergó hasta entonces.
Saliste perfecta, la cabeza redondita. Yo no sufrí ningún desgarro ni episiotomía. La obstetra no me tocó, hicimos todo nosotras y ella se limitó a poner una mano para acompañarte mientras salías. Una profesional genial como pocas.
Te ponen en mi pecho. Lloro y grito y me río ¡hola bebé! ¡no llores! ¡hola mi amor! No existió en el mundo una mujer más feliz que yo en ese momento. Tenías olorcito a algodón de azúcar, olor a felicidad.
Cuando el cordón que nos unía deja de latir lo cortan y te llevan con tu papá a hacerte los controles de rutina.
Yo me quedo con la obstetra y la partera. La primera sostiene el cordón y me cuenta que la placenta está viniendo despacito. La partera me inyecta, ahora sí, algo para el dolor y no sé qué más. Recuerdo que llena de oxitocina como estaba le dije «seeee, dame las drogas».
En la sala de partos lo que antes fue solemnidad era ahora una fiesta, no se hablaba de otra cosa que no fuera tu hermoso nacimiento. Lo celebrábamos.
Enseguida te trajeron y te puse en la teta. Y nos fuimos a la habitación.
Yo estaba extasiada, maravillada con tu nacimiento y agradecida a la vida por haberte podido ayudar a venir de una manera tan respetada y tan digna.
Gracias por venir, hija de mi corazón. Gracias por empoderarme de esta manera.