La mirada integral de la sexualidad

La sexualidad desde una perspectiva de derechos humanos. Los mitos y los estereotipos, la formación docente, las familias diversas y los desafíos colectivos de una educación integral, desde una perspectiva de género.

Foto: Facundo Saavedra / Agenda Abierta

 

Por María Inés Alvarado*

Durante muchos años, y a lo largo de la historia de la educación, era difícil escuchar la palabra “sexualidad” en las aulas. Tampoco se mencionaba en los profesorados de Formación Docente donde las problemáticas relacionadas a la sexualidad humana quedaban relegadas a los contenidos curriculares de la enseñanza de la biología y, o desde la mirada psicoanalítica para explicar temas como la libido, la neurosis o el complejo de Edipo. No existían cruces de temáticas vinculadas a la sexualidad con otras asignaturas, es más, la mayoría de los y las trabajadores de la educación no entendían cuál podía ser el cruce entre las asignaturas dictadas y las problemáticas abordadas por la Educación Sexual Integral.

La escasa información a la que accedía la juventud venía de manos de alguien “un poquito mayor” que ya había tenido alguna que otra experiencia o de las comerciales campañas de un laboratorio que produce elementos para la protección íntima femenina. Además, por supuesto, de la literatura leída a escondidas o a alguna conversación entre gente adulta que podía escucharse detrás de una puerta. Y de los medios de comunicación, con sus desinformaciones e idealizaciones de una sexualidad tan falsamente placentera como irreal. Lejos, muy lejos, quedaba la escuela con sus discursos biologicistas, médicos y moralistas.

Sin embargo, la ley 26150 nos puso un desafío al plantear, en su artículo 1: “entiéndase como educación sexual integral la que articula aspectos biológicos, psicológicos, sociales, afectivos y éticos”[1], quitándoles la responsabilidad única y específica de hablar de sexualidad en la escuela a docentes del área de la biología, la psicología o las ciencias naturales. Nos puso de frente contra la realidad: la sexualidad nos atraviesa como seres humanos desde todos los aspectos de nuestro ser y, aunque querramos huirle a esa realidad, hay problemáticas sociales y cotidianas que irrumpen en el aula, en el desarrollo de casi todas las materias, y que no piden permiso para ser tratadas en la escuela. Violencia machista, embarazos no deseados, abortos, infecciones de transmisión sexual, abuso, trastornos alimentarios, bulliyng son discursos que todos los días aparecen en la sociedad a través de los medios masivos de comunicación y que niños, niñas y adolescentes “traen a clases”.

Esos discursos vienen acompañados de metamensajes que les muestran cómo deben ser y actuar los varones y las mujeres; definiendo normas de conducta o comportamiento social y visibilizando todas esas problemáticas contemporáneas que, hasta hace unos años atrás, la escuela evadía o disimulaba porque no sabía cómo trabajarlas en el aula. Hoy, se hace más que necesario entender el concepto de “Integral” y hacernos cargo como educadores de todas las áreas para darle a la sexualidad el protagonismo que se merece.

En el Prólogo del libro Género y sexualidades en las tramas del saber, la socióloga e historiadora feminista argentina Dora Barrancos (2009), explica que la “ley de Educación Sexual revela finalmente la decisión estatal de horadar esa ciudadela del prejuicio que ha constituido el sistema educativo con consecuencias incontestables en el moldeamiento de las personalidades. Con todos sus defectos – que no son pocos – la ley es un instrumento que tal vez permitirá progresar en materia de respeto y de forja de autonomía, y eso dependerá mucho del cuerpo docente por lo que es fundamental nutrirlo adecuadamente[2]”, y así ayudar a “transformar los hábitos mentales y las conductas para arribar a una sociedad más equitativa, para obtener “una vida digna de ser vivida”, parte de un colectivo que respete la otredad; una vida plena para las diversas manifestaciones de la identidad, sexual, de clase, de color de piel, de orientación religiosa” ya que son las estructuras familiares y las educativas quienes deben “encarar con responsabilidad y con convicción la tarea de impartir una educación sexual liberada de las argumentaciones morales y sanitarias”.

Entonces es hora de entender que la educación sexual integral no es sólo biomédica, orientada a la prevención de la salud y cuidados sanitarios, como se planteó durante tantos años. Tampoco es “Educación para el amor”, como justifican algunas instituciones religiosas, para seguir  reafirmando la concepción moralista y patriarcal de la familia heterosexual como valor primordial para alcanzar la felicidad plena. Ni siquiera alcanza, por sí solo, el enfoque de la sexualidad desde la perspectiva de los derechos humanos, porque pone el foco en los aspectos jurídicos de alcanzar la igualdad entre las personas. Entender el concepto de “Integral” es entender que las personas somos una unidad biológica, psicológica, social, afectiva y ética que cuestiona el sexismo, la homofobia, la violencia machista, y tantos otros discursos impuestos desde hace años.

¿Y quién si no las instituciones escolares para llevar adelante estos cambios? Si son los ámbitos de reproducción de prácticas socioculturales para crear y recrear modelos de conducta, deben ser también el lugar desde donde generar conciencia de cambio para transformar y liberar, diría el gran maestro Paulo Freire. Y es cada docente, desde su rol de comunicador y transmisor de saberes, quien debe generar los espacios para crear un vínculo de confianza que habilite a hablar un lenguaje que permita comunicar y expresar sentimientos proponiendo espacios de reflexión-acción que ayude a construir el diálogo y el cambio de paradigma cultural.

[1] Programa nacional de Educación Sexual Integral. Ley 26.150. Art.1

[2] Elizalde, S; Felitti, K.; Queirolo, G. (coord.) (2009) Género y sexualidades en las tramas del saber. Buenos Aires: Libros del Zorzal, 2009.

*Comunicadora Social, Docente. Para Diario Femenino.