Escuchar el propio cuerpo

Paula tiene 39 años, es fotógrafa y trabaja en marketing. Acá nos relata el nacimiento de Antonia, su única hija, que hoy tiene 2 años.

Por Paula Granillo

Antonia nació de 37 semanas en una cesárea de urgencia. El final del embarazo en cesárea era inevitable: diabetes gestacional. Sin embargo, estaba programada para la semana 39 por lo que la sorpresa dijo presente.

Después de un embarazo con altos y bajos (diabetes diagnosticada desde el día uno, con pinchazos para medir azúcar y dosis diarias de insulina), el desenlace fue mucho más rápido y sorpresivo de lo esperado. Una piensa que por ir a cesárea programada ya tenés todo más o menos ordenado pero, como entendería después, la maternidad está llena de tapadas de boca.

El viernes 5 de febrero de 2016 fui a mi primer monitoreo. Feliz porque no solo podía sino que me obligaban a comer algo dulce (después de 8 meses de no probar azúcar), me compré un helado de kiosco y mi cuerpo lo recibió con la felicidad que se reciben las mejores cosas de la vida.

En el monitoreo, me enchufaron las sopapas y me acomodaron en la camilla. “Ésto es rápido” me dijo la técnica. Sin embargo, después de 40 minutos, me entregó un reporte y me dijo “está todo bien, pero comentale a tu médico que revise ésta parte y ésta”.

Esa tarde fui a mi control semanal con la obstetra que había quedado en reemplazo de mi obstetra, que había salido de vacaciones pero “no te preocupes que tenemos tiempo hasta la 39”. Fui con mi mamá porque Gastón estaba trabajando. Después de un control bastante rápido y tranquilizador (“no pasa nada con lo del monitoreo, está todo bien”), y ya casi despidiéndonos, le digo “Pau (porque se llama Paula), una cosa nada más. Me pica todo el cuerpo. Apenitas, pero todo el tiempo».

A partir de ese momento, fue todo en acelere. Me mandó a hacerme análisis en ese mismo momento y llevarle los resultados a las dos horas. Diagnóstico confirmado: colestasis. La colestasis es una enfermedad que se da solamente en el embarazo y es, básicamente, una reacción del hígado a las hormonas del embarazo. Se da en 1 o 2 casos cada mil y puede terminar en la muerte del bebé. Si yo no hubiera comentado la picazón, tal vez el final hubiera sido otro.

«Desalojo anticipado» fueron las palabras de Paula. «Ok, mañana? El lunes?». «Ahora».

Eran las 9 y a las 10:31 ya había nacido Antonia. Todo el proceso de la cesárea fue rápido, a pesar del mini ataque de ansiedad que tuve en el medio. Gastón me abanicaba con algo y la partera me decía «tranquila, está todo bien, estamos monitoreándote, respirá despacio», mientras los médicos trabajaban. Cuando salió Antonia, me bajaron la cortina para verla y en segundos la pusieron en mis brazos. «Hola bebita» le dije, llorando y riéndome al mismo tiempo. «Bienvenida, te quiero mucho».

Al ratito se la llevaron y la escuché chillar durante un buen rato. Por suerte, Gastón estaba con ella. A mi me cosieron, me acomodaron y me llevaron en camilla a un pasillo. Al rato, apareció Gastón con Antonia a upa, sonriendo como nunca antes lo había visto sonreír. Me la dejó un ratito al lado y después la tuvieron que dejar en monitoreo porque nació agitada y con baja azúcar.

Esa noche no dormí prácticamente nada. Le pedí a Gastón que fuera a sacarle una foto a neo para poder verla todo el tiempo. Alrededor de las 6, la trajeron al cuarto.

Antonia nació en la Maternidad Suizo Argentina, donde me trataron con muchísimo respeto y cuidado, y mi médica, Paula Acevedo, se convirtió en mi ginecóloga obstetra porque es una genia.

Muchas veces escuché a gente juzgar la cesárea y mirar de reojo con mala cara a las madres que no parieron vaginalmente. Sin embargo, en mi caso, la cesárea le salvó la vida a Antonia. Creo que el parto es un proceso, un medio para llegar a un fin: encontrarte con tu hijo/a.

Y un último comentario: escuchen sus cuerpos y no tengan dudas sin resolver. Un detalle que puede parecer insignificante y mínimo («me pica todo») puede ser la clave para evitar un final espantoso.