Al Fondo, a la derecha

Volver al Fondo, el dólar por las nubes, aumento tras aumento de las naftas. Las palabras de alguien que no es economista, por suerte.

Por Iván Taylor

No soy economista. Nunca estudié algo relacionado con la economía más allá del cursado de una materia del profesorado de Historia de la Universidad Autónoma de Entre Ríos por el año dos mil siete. No estuve jamás vinculado a trabajos que requieran de análisis de estadísticas, valores, bolsas comerciales, finanzas.

No soy economista, pero me alcanza para saber que comete un error quien crea que han chocado la calesita. Me refiero a este gobierno. Apunto a la situación económica del país. En todo caso, han aumentado el costo de la vuelta, eliminado la sortija, reducido el número de asientos haciendo que seamos cada vez más los que vamos parados, han encarecido los repuestos y eliminado los sistemas de seguridad social, preparados para bajarse cuando todo se acelere y nos escupa nuevamente.

Nuevamente. Si, leyó bien. Porque yo no soy economista, ese es mi contrato con usted, decirle antes que nada que no soy un “especialista formado” en la materia. Pero me alcanza, me sobra para reconocer una afirmación terrorífica cuando la veo: esto ya pasó. Y aunque no haya una casa de estudios detrás de mí avalando con su prestigio las cosas que voy a decirle aquí, estoy seguro de que usted y yo, al menos, vamos a hablar en el mismo lenguaje, que es un buen comienzo para lograr algo que no hacemos desde hace bastante. Digo, entendernos.

Estos personajes han hecho de la confusión un oficio y de este oficio, un arte. Palabras como blindaje, arbolito, bicicleta se han ido sumando al paisaje cotidiano del decir. Expresiones del tipo “meta financiera”, “racionalización del gasto” y promesas como “a partir de ahora comienza el crecimiento” o “regresar al Fondo para salvar el gradualismo” constituyen para nosotros un hilvanar de sucesos desastrozos que terminan con sangre en la calle y hambre en las casas.

No soy economista, le repito, pero sé que cuando nos dicen que el gobierno llegó a un acuerdo con las petroleras para congelar hasta julio el precio de las naftas, nos están diciendo en realidad que en julio aumentarán otra vez los combustibles.

No soy economista, pero sé que el único beneficiado al sacar un crédito para pagar otros créditos es el Banco al que le pido prestado. Y peor aún, que al ser el FMI el encargado de autorizar ese préstamo, podemos ir sabiendo que su negocio no será cobrar el dinero cedido más intereses. ¿Cómo? Claro, la gran irreverencia argentina para con el Fondo fue pagarles “ya toda la deuda al FMI” como tituló Clarín en su momento.

No soy economista, pero puedo ver que la gran apuesta del Fondo es llegar al tejido nervioso de nuestro país, desde el cual a partir de condicionamientos, acceder al diseño de un sistema político/económico que incluya flexibilización laboral, recorte de ayudas sociales, aumentos en la edad jubilatorias y demases. Pagar una deuda es difícil. Pero desarticular una estructura económica adquirida a palo de acuerdos leoninos, es prácticamente imposible. ¿Se acuerda de los Fondos Buitre? ¿Vio que no les interesaba ni un poquito cobrarnos? ¿Qué era todo litigio por esto y aquello y aun ofreciéndoles varios cientos de cientos por cientos a su favor, no querían la plata? Raro, ¿no? Bueno, así juegan. Sucio.

Por eso le digo que aunque no soy economista, soy de los que como usted, termina pagando esto, que no serán platos rotos, sino el incendio completo de la cocina. Lo curioso de esta secuencia, es que sabemos que estamos frente a algo que ya vivimos, como un deja vú.

Treinta mil millones debe ser mucha plata. Me gustaría ser economista un ratito para tener idea de cuánto es. Pero si somos cuarenta millones de argentinos, puedo decir que cada uno le pide al Fondo un préstamo de 750 millones. De dólares. En pesos, mejor ni le digo. Mejor le recuerdo al buen Tato Bores en la escena con el yanqui que está con problemas en su granja y le viene a pedir que le pague de persona a persona, su parte de la Deuda.
Porque no soy economista pero tengo bien claro que estos son meteorólogos que arrían las nubes para que coincidan con sus pronósticos y que aunque el sentido del humor y el corazón solidario que se nos despierta en momentos de desazón nos salvan, no creo que haya nadie de buena madera que quiera volver a pasar por aquella crisis que se llevó a tantos y tan queridos.

Usted y yo no somos economistas, vea qué buena suerte. Así podemos decir las cosas sencillamente, tal como nos las enseñó la vida, la calle. Y sobre todo, poner en contraste lo que nos dicen que está pasando y lo que en verdad pasa.

Nos vemos en las calles.