Un aporte para el análisis y la reflexión sobre el patriarcado, el movimiento de mujeres, las acciones cotidianas, las transformaciones presentes y los desafíos futuros.
Por Eugenia Jambruia*
Acudimos a un tiempo histórico que sentará precedente. Se viene gestando una batalla cultural, social, artística, y económica que tendrá descanso, porque se va abriendo camino a cada paso. Y en el día a día de-construimos para construir un mundo que queda chico, que queda viejo en cuanto a patrones, mandatos y leyes.
Sabemos desde hace tiempo que no se nace mujer, se llega a serlo. Y no solo porque así lo haya planteado Simone de Beauvoire en su libro “El segundo Sexo” dejando una obra inmensa y maravillosa, a la que se vuelve siempre. Sino además, porque en el terreno de la vida cotidiana, desarmamos conceptos, abrimos los ojos, y nos abrazamos bien fuerte a construir un nuevo camino, una nueva mirada, que no dará ni un paso de atrás. En el medio, por supuesto que se encuentran desacuerdos, enojos, y nuevos aprendizajes. Debemos re-educarnos, correr el eje, cambiar el enfoque.
Todavía son muchas las personas que siguen creyendo, que el feminismo es lo opuesto al machismo. Y sin pedantería alguna, les decimos que se equivocan. ¿Por qué? Porque el feminismo, lo que propone, la lucha que lleva adelante es no sólo por la igualdad, sino además por la equidad en cada profesión, en cada repartición de tareas en la vida doméstica, en los salarios, en los cargos que ocupa cada persona. El feminismo pone de manifiesto miles de años en la historia, atravesados por una mirada patriarcal, heteronormativa, que en muchos casos es llevada adelante con violencia, y recibida con sumisión.
El feminismo está enojado, dicen muches. Las mujeres están demasiado sensibles, vociferan otres. No valen la pena, dicen por ahí livianamente. La respuesta es sí a las tres (pequeñas) conclusiones que arriban así, como por arriba del hombro, intentando invalidar al movimiento feminista en general, y cada mujer en particular. Sí, el feminismo está enojado, sí las mujeres estamos sensibles, y sí, valemos mucho más que la pena. Las mujeres nos levantamos, para abrazar una causa que se viene gestando hace muchísimos años. Pero que cobra fuerza (o mejor dicho tiene mayor llegada) en los últimos años debido a la cantidad de muertes, violencia doméstica, violencia laboral, destrato y condiciones desiguales no propicias justamente para nosotrxs.
Da mucha alegría ver en las calles a adolescentes que se plantan, que tienen otra mirada, y abrazan este contexto y dan pelea. Es lindo saber, que empieza a romperse con un discurso hegemónico, que por siglos enteros se filtró hasta en nuestras venas. Somos las hijas y los hijos de un sistema capitalista y machista que se cansó de llenarnos los ojos, de consignas que le fueron útiles para mantenernos calladxs, produciendo, o colaborando a un sistema de producción que nos deja migajas. Les fue más o menos fácil durante siglos acallar nuestras veces, impartir las reglas, y juntar las ganancias. Mientras que, al mismo tiempo que se tapaba el deseo, las libertades, y la potencia de la mujer se hacía más grande lo masculino por oposición binaria, y se excluía lo disidente. Es decir cercaron los caminos, para hacer creer que existen tan solo dos opciones, dos modelos: Hombre-Mujer; Masculino-Femenino. Entones nuevamente viene el feminismo, y les hace saber (a como dé lugar) que se equivocan. Y lo pone a las claras, pelea y da lucha, levanta el puño y sale a la calle, a la vida.
Arranca por algo tan crucial como el lenguaje, el discurso, los simbólico y representativo de la palabra. Y va desnudando todo lo que allí había escondido. Y claro, no gusta. Parece ridículo ¿Por qué debería cambiarse si siempre fui así? Porque justamente siempre fue así, para no dar lugar desde el vamos, desde el arranque, desde algo tan elemental y fundante como el lenguaje y lo simbólico. Y a partir de allí construir (casi imperceptiblemente) lo masculino por sobre lo femenino.
Arremete el feminismo, y pone todos sus argumentos sobre la mesa. Desarma los mitos, los hace pedazos contra el piso. Y ya no quedan princesas para ser rescatadas, ni héroes salvadores. Viene y rescata a todas las voces que quisieron callar, y nos habla de anti-heroínas, de todas las escritoras a las que no pudimos acceder, y nos cuenta los motivos. Y otra vez, no gusta.
Y en determinado momento todo estalla, y el feminismo sale a la calle. Y las calles se visten de violeta, de verde, se llenan de pintadas, de mujeres que habitan distintos cuerpos, son tantas, no las para nadie. Algunes van en tetas, tienen carteles, lloran, se ríen, habitan el espacio, incendian el asfalto. Porque son un torbellino de mujeres en lucha, mujeres que están cansada, y que van a cambiar el mundo. Mujeres que llegan, mujeres que son el feminismo, que lo componen, que lo habitan, que escuchan, que platean, que hablan sin callarse. Y claro, otra vez no gusta.
Entonces se busca dónde se puede pegar. Se busca, como volver al viejo paradigma, que mantenía todo dentro de una “apacible normalidad”, intentan tapar el sol, sin que eso sea posible. Porque el sol, es el feminismo que sale y los prende fuego, y los abriga, e incluso a veces los afiebra. Entonces, hay personas que empiezan a ponerse nerviosa y reproducen lo que se les vende. Aquello que permita seguir haciendo que la rueda gire, es decir que la maquinaria funcione. Sin sentarse ni un segundo a intentar tirar las máscaras que les vendieron hace tanto. Pero viene el feminismo, y les narra lo inenarrable, les saca las manos de los oídos: les grita, les canta, los aturde golpeándose los labios jugando a lxs indixs, les llena la calle, la tele, y la vida de pañuelos verdes e información. Viene, y se le para de manos a la iglesia con lo que eso implica. Viene el feminismo, le golpea la cabeza a varixs y los deja tambaleando, y al levantarse ya nada es lo que era, ni volverá a serlo.
Porque sí, lxs feministas estamos nerviosxs, lxs mujeres estamos sensibles. Y valemos mucho más que la pena. Valemos la lucha. Nos tenemos, tenemos las calles, tenemos las cuerpas, tenemos el fuego. Pero sobre todo, tenemos el presente dispuesto a ser futuro.
* Escritora feminista y comunicadora, oriunda de Tres Arroyos, Buenos Aires. Artículo escrito para revista Hamartia.