Fabián Tomasi: «No son empresarios, son operarios de la muerte»

El hombre de Basavilbaso, contaminado por los agrotóxicos, denunció la situación que sufre Entre Ríos a causa de las fumigaciones, el agronegocio y el monocultivo. «Tengo miedo de morir. Quiero vivir», afirmó.

Foto: Facebook Fabián

 

Fabián Tomasi vive en Basavilbaso, Entre Ríos, y es la muestra más precisa de los daños y la contaminación que atraviesa a la ciudadanía en general. Su activismo por el medio ambiente, una agroecología sustentable y la salud pública ha traspasado límites internacionales, con el objetivo de visibilizar una problemática que se instaló de manera más significativa en los últimos meses en Entre Ríos. Fue luego del proyecto oficial con media sanción del Senado provincial para regular el uso de agrotóxicos, de la ronda de los martes en distintos puntos de la provincia y del veto a la ordenanza que prohibió la utilización de estos contaminantes en Paraná. En una carta publicada por la Garganta Poderosa, Tomasi expuso su visión sobre el escenario actual.

«Desde muy joven, durante muchos años, trabajé en el campo guiando avionetas, en contacto directo con agrotóxicos. Y yo soy de Basavilbaso, Entre Ríos, donde la gente aprendió a pasar por encima de la frustración sobre las carrozas de los carnavales. Pero lamentablemente, detrás de sus coloridas luces o debajo de sus majestuosos escenarios, hoy sólo puedo ver la cara de Antonella González, una nena que murió de leucemia en el Hospital Garrahan, hace apenas 4 meses», relató el activista. «Había nacido en Gualeguaychú, hace apenas 9 años. Y falleció, víctima de los agroquímicos. Los médicos lo sabían, todos lo sabíamos. Como también sabemos que un 55% de los internados en el Garrahan por cáncer, provienen de nuestra provincia», detalló Tomasi. Y agregó que Entre Ríos es «la más fumigada del país, una de las más envenenadas del mundo».

El temor a no despertar

«Nunca participé de ninguna fiesta. Ni antes, porque jamás me alcanzó el dinero, ni ahora, porque hace mucho tiempo me diagnosticaron polineuropatía tóxica severa, con 80% de gravedad: afecta todo mi sistema nervioso y me mantiene recluido en mi casa», describió sobre las consecuencias extremas de los venenos. «Mis primeros síntomas fueron dolores en los dedos, agravados por ser diabético, insulinodependiente. Luego, el veneno afectó mi capacidad pulmonar, se me lastimaron los codos y me salían líquidos blancos de las rodillas», profundizó. «Actualmente tengo el cuerpo consumido, lleno de costras, casi sin movilidad y por las noches me cuesta dormir, por el temor a no despertar», precisó.

Tengo miedo de morir. Quiero vivir.

Tomasi explicó que tal vez «ese miedo me pueda servir de escudo, una especie de anticuerpo, como el humor. O como tanta gente que me ayuda para que pueda estar escribiendo, en vez de largarme a llorar, porque la enfermedad me hizo adelgazar 50 kilos y he visto mucha gente fallecer por consecuencia de las fumigaciones, pero nadie se anima a hablar».

«Mi hermano Roberto, sin ir más lejos, fue otra víctima más de las lluvias ácidas que arrojan sus avionetas: el cáncer de hígado no lo perdonó. Jamás voy a olvidar su agonía, escuchándolo gritar toda una noche de dolor. Mi papá falleció así, con esa tortura en la mente y tragándose silenciosamente la impotencia de verme así. Ahogado, de rabia y de temor», denunció.

Yo no quiero ahogar mis palabras. Quiero gritar.

«Muchas provincias del litoral son arrasadas por el glifosato y el resto de sus químicos, como si desconocieran que los seres humanos tenemos un 70% de similitud genética con las plantas. ¿Cómo esperaban que sus venenos aprendieran a distinguirnos? No lo hacen. Por eso, cuando se fumiga, sólo un 20% queda en los vegetales y el resto sale a cazar por el aire que respiramos. ¿Entienden? No todo es brillantina y diversión en lugares como San Salvador, el “Pueblo del Cáncer”, donde la mitad de las muertes derivan de la misma causa. Allí, el carnaval nunca llega», reclamó Tomasi en diálogo con La Garganta Poderosa.

Tomasi advirtió que recibió muchas amenazas «por visibilizar lo que nos hacen comer, respirar y beber a diario. Pero ya no basta con decir “Fuera Monsanto”, porque las cadenas de maldad hoy se extienden al resto de las compañías multimillonarias y se enredan con el silencio». Afirmó que «no hay enfermedad sin veneno y no hay veneno sin esa connivencia criminal entre las empresas multinacionales, la industria de la salud, los gobiernos y la Justicia». Añadió que «hoy más que nunca, necesitamos que paren y para eso debemos luchar, aun en el peor de los escenarios, porque nuestro enemigo se volvió demasiado fuerte».