Es la nieta 126 a la que Abuelas de Plaza de Mayo le restituye su identidad. Nació en cautiverio en 1977 en la última dictadura cívico- militar. Es abogada, tiene 40 años y una abuela que nunca dejó de buscarla.
Por Vero Curvale
En diálogo con Agenda de Radio, en una charla emotiva y relajada, Adriana pidió que la presenten con sus tres apellidos, el de crianza y los de padre y madre biológicos; está realizando los trámites para que su documento de identidad “refleje de alguna manera mi identidad verdadera”.
Al recuperar su historia, Adriana se enteró que tenía una abuela, Blanca Díaz de Garnier de 86 años y que vive en Concepción del Uruguay. Casi de inmediato quiso hablar con ella y luego conocerla: “Estoy enamorada de mi abuela, con total naturalidad, de a poquito cuidándola y conociéndonos día a día; tratando de recuperar el tiempo perdido. La re quiero y la admiro muchísimo también. Fue una de las primeras en hacer la denuncia de la desaparición de mi papá y también de mí, de haber nacido en cautiverio”.
“No puedo más que sentirme querida” aseguró la nieta restituida en diciembre de 2017 y reconoció que hay “avances y retrocesos” en este camino de la búsqueda de identidades y el encarcelamiento de los genocidas, “cuando aparece un nuevo nieto es una fiesta y de repente hay una de estas noticias que a uno lo entristecen y ponen en alerta como el caso de Guillermo” (refiriéndose al caso de Guillermo Pérez Roisinblit cuyo apropiador solicitó el beneficio de la prisión domiciliaria y lo había amenazado «Algún día voy a salir, y ese día les voy a poner una bala en la frente a vos, a tu hermana y a tus abuelas»).
“Se me completó la vida”
Adriana relató al programa Agenda de Radio que al recibir la noticia del resultado positivo de la prueba de ADN realizado por el Banco de Datos, que le confirmaba su filiación con Edgardo Garnier y Violeta Ortolani, secuestrados- desaparecidos de la última dictadura cívico- militar sintió “una mezcla de felicidad, euforia y paz, muchas emociones juntas, lloraba y me reía a la vez, no podía manejar mis emociones, una sensación rarísima, como que estaba en un sueño” y agregó “toda la vida sentí que me faltaba algo y buscaba sin buscar. Ahora con el diario del lunes puedo resignificar lo que me pasaba pero había cosas que no me cerraban, me sentía incompleta y, era ésto, me faltaba una parte importantísima de mi vida, mi identidad básicamente, y mi familia”.
Cuando llegó el resultado definitivo, la hija biológica de Garnier y Ortolani no lo estaba esperando. Ella ya había tenido un resultado anterior y siguió con su vida descartando esa posibilidad. Respecto de ésto relató “me hice una sola extracción de sangre y se ve que siguieron investigando y no es que daba negativo, lo que pasa que no te pueden decir que van a seguir probando que es dudoso, porque vos tenés que seguir tu vida, imaginate que después de dos años recibí el segundo resultado. Por eso fue tan shockeante para mi, no lo podía creer porque no lo estaba esperando”.
“Uno se manda macanas por amor”
El papá y la mamá de crianza de Adriana decidieron no contarle nunca la verdad, pero esa verdad no estaba relacionada con el genocidio sino con una adopción dudosa y siempre la criaron como si fuese su hija biológica. Recién a la muerte de ellos, Adriana pudo enterarse por una tía que había sido adoptada e inmediatamente decidió realizarse la prueba de ADN para constatar si era hija de desaparecidos, principalmente por su año de nacimiento.
“En estos casos siempre se hace hincapié en tu verdadera familia, en la historia de tus padres que lamentablemente fueron víctimas del genocidio, que es tristísimo, que todavía lo estoy procesando. Pero yo no me olvido tampoco de mis padres de crianza porque, por lo menos en mi caso, fui criada con mucho amor, fuimos una familia” dijo con cariño de quienes la adoptaron “ellos hicieron todo lo que pudieron para darme la mejor vida que consideraban porque hasta en la mentira, hasta en el guardar el secreto, creo que lo hicieron por amor”. Inclusive en un momento tuvo la oportunidad de tocar el tema de la adopción desencadenado por una película y su madre le dijo que no lo contaría “porque la vida es demasiado dura para que encima te hagan sentir diferente”.
Igualmente hubo un momento en esta historia, alrededor de los 20 años de Adriana, cuando se fueron haciendo visibles las aberraciones cometidas por los genocidas y según el relato de familiares ella pudo enterarse que su papá vió en un afiche a una chica desaparecida que era muy parecida a su hija “era más o menos la edad que mi mamá tendría, yo ya tendría 20 años más o menos y mi mamá fue secuestrada a los 23. No se si habrá sido mi mamá la que vió pero vio alguien muy parecido y se empezó a perseguir, ahí les quedó la duda pero ellos decidieron igual seguir con la mentira”.
No hay una condena por parte de Adriana hacia sus padres adoptivos sobre todo cuando manifiesta su comprensión hacia las decisiones que tomaron “siento que el sospechar que podía ser hija de desaparecidos les opacó el alma, no podían disfrutarme de una manera libre. Pero bueno ellos eligieron, yo hubiera preferido mil veces que me dijeran, pero los comprendo porque tenían otra manera de pensar, siempre por hacerme un bien, yo estoy segura”.
“No de casualidad yo estoy viviendo con tanta naturalidad y tanta felicidad lo que me pasa porque ellos siempre me criaron para que tuviera mi pensamiento libre y que yo haga lo que quiera de mi vida, en ese sentido fueron unos padres al 100 %, no dieron su vida por mi pero dedicaron su vida a mi crianza, fue así, su vida fui yo”.