Familia Gill: Cuando la justicia deja de mirar para otro lado

La causa que investiga el paradero de la familia Gill, tomó nuevo impulso tras la llegada del juez Gustavo Acosta al Juzgado de Garantías de Nogoyá. La declaración de un testigo de identidad reservada motivó excavaciones en La Candelaria, donde se hallaron restos óseos.

Lugar de la primera excavación, allí se encontraron 7 piezas óseas que serán peritadas (Foto: El Diario).

Por Pablo Urrutia.

La causa que investiga el paradero de la familia Gill, integrada por Rubén «Mencho» Gill, Margarita Norma Gallego, y sus hijos María Ofelia, Osvaldo, Sofía y Carlos Daniel, tomó nuevo impulso a partir de la llegada de un nuevo juez al Juzgado de Garantías de Nogoyá y de la declaración de un testigo de identidad reservada que aportó datos precisos.

Desde aquél enero de 2002 en que se los vio por última vez, la búsqueda fue infructuosa, cuando no inconstante o dispersa. Alfonso Goette, dueño de la estancia La Candelaria en Crucecitas Séptima, donde la familia vivía y trabajaba, informó la ausencia del peón, su esposa e hijos, recién en abril a la hermana de Rubén Gill, tres meses después de la última vez que se los vio.

Según explicó Goette, les había dado vacaciones, y no habían vuelto. Lo llamativo es que contrató casi inmediatamente después de la última vez que vieron a los Gill, a un nuevo peón y lo alojó en su propia casa, en vez del lugar destinado para ello, la última morada de la familia con paradero desconocido.

La versión que circuló fue que los Gill, simplemente se habían ido, aunque no había motivos para que lo hicieran sin avisar, ni dejar rastro alguno, y cortando toda comunicación con sus familiares directos. Se dio mucha trascendencia en los medios a los dichos de un señor que tenía una gomería en cercanías de La Picada, en el departamento Paraná, y aseguraba haber visto a la familia, que se detuvo en su negocio, hablaron con él y le mencionaron que se dirigían hacia Corrientes en auto. Versión que fue desestimada ni bien se supo que la familia Gill no sólo no poseían movilidad propia sino que ni “Mencho” Gill ni su esposa sabían manejar vehículos.

En 2003, hubo una inspección en la estancia, sin resultados relevantes.

En 2005, ante la ausencia de avances significativos en la investigación, la madre de Margarita, María Adelia Gallego, y familiares de Gill realizaron marchas de silencio a los tribunales de Nogoyá, para reclamarle al por entonces juez de esa localidad, Jorge Sebastián Gallino, el esclarecimiento del caso. Recién en 2008, Gallino actuó en consecuencia y allanó la estancia La Candelaria, propiedad de Alfonso Goette, donde vivían los Gill. Se realizaron excavaciones y pericias de sangre con luminol que dieron como resultado tres muestras. Al ser analizadas no coincidieron con el patrón genético de la familia, aunque los peritos dejaron en claro que el paso del tiempo podía haberlas contaminado. Nuevamente la búsqueda cayó en un punto muerto.

En 2015, Gustavo Acosta, fue designado en como suplente en el Juzgado de Garantías y Transición de Nogoya y retomó el caso. Desde hace un año y medio comenzó a relevar testimonio de los vecinos de Crucecitas Séptima, acompañado por María Adelia, que no se da por vencida en la búsqueda de su hija y sus cuatro nietos.

Goette era conocido en la zona, y su mala relación con los vecinos y con el propio Rubén Gill, también. En octubre del año pasado, esas recorridas dieron resultado. Un contratista que trabajó para Alfonso Goette y tenía trato habitual con Gill y su familia, dio a conocer un relato que se había guardado durante 16 años. Tal vez la muerte del dueño de La Candelaria, en un accidente de tránsito ocurrido en 2016, liberó al testigo de la presión de una posible represalia. Según el contratista, el Mencho Gill, le hizo saber su enojo con su patrón por una deuda laboral y porque le estaba haciendo cavar unos pozos sobre el lecho de un arroyo que atraviesa el campo. En ese momento, la zona estaba seca, pero con cada crecida el cauce desborda y la cubre de agua. El testigo identificó el lugar exacto donde estaba cavando Gill en el momento en que tuvieron la conversación, y de un segundo pozo, ya que el peón rural le indicó dónde le había dicho su patrón que debía realizarlo.

Al comienzo de esta semana, esos pozos comenzaron a ser removidos, y en el primero se encontraron restos óseos que deberán ser analizados en breve. Con esa evidencia, el juez podría solicitar la participación de un equipo de antropología forense. Hasta el momento, Acosta prefiere ser cauto y esperar los resultados de laboratorio. No son muchas las pruebas con las que cuenta y el paso del tiempo hace lo suyo. Otro de los datos que se maneja en sede judicial es que el celular de Margarita, nunca se movió de La Candelaria, o bien, jamás volvió a activarse desde otro lugar. Todas las pertenencias de la familia quedaron en la vivienda que ocupaban dentro del campo. Sin embargo, llegó a buscárselos hasta en Paraguay.

Tampoco se registró ningún otro rastro de los seis integrantes de la familia. La declaración del testigo, volvió la mirada del juez al punto de partida.

La Candelaria

La estancia propiedad de Alfonso Goette, fallecido el 16 de junio de 2016, se encuentra en Crucecitas Séptima, a 50 kilómetros de la ciudad de Paraná, capital de Entre Ríos. Es una zona rural y para llegar se debe transitar un camino de ripio. Actualmente, como en casi todo el paisaje entrerriano, los campos al costado de la ruta están tapizados de soja y La Candelaria no es la excepción. Las lluvias hacen difícil acceder al lugar y también tuvieron su impacto en la investigación, demorando y agregando dificultades.

Allí vivieron hasta que se perdió el rastro de su paradero Rubén «Mencho» Gill, de 56 años de edad; su esposa, Margarita Norma Gallegos, de 26 años; y los hijos de la pareja, María Ofelia Gill, de 12 años; Osvaldo José, de 9; Sofía Margarita, de 6; y Carlos Daniel, de 4 años de edad.

La única foto que María Adelia posee de su hija y sus nietos en la estancia, se la aportó la justicia que la obtuvo tras un allanamiento.

Justicia que, desde la arraigada visión clasista que la caracteriza, en un primer momento actuó con lentitud y dio pie a versiones que abrevan en la cultura y costumbres de la vida rural. La idea de los peones golondrinas que están un tiempo en un lugar y luego se van; el supuesto conflicto entre el peón y el patrón por cuestiones “de polleras” que motivó la ida del ultimo junto a su familia; y hasta la desaparición no forzada, deliberada de los Gill, con una aptitud prodigiosa para evadir una búsqueda judicial durante 16 años.

Sin embargo, una pericia sicológica realizada en 2008 dio como resultado que la familia no tenía motivo alguno para ausentarse voluntariamente y cortar todo vínculo de manera determinante y permanente con sus seres queridos. Además, Margarita dejó un sueldo por cobrar en la escuela del pueblo donde también trabajaba, y de mandar sus hijos a la escuela ya que nunca más se registraron en un establecimiento educativo del país; tampoco volvieron a votar en ninguna elección a pesar de la obligatoriedad del sufragio en la Argentina.

En el colmo del absurdo y, tal vez, de la ignorancia que muchas veces es subsidiaria de la impunidad, algunos llegaron a especular con la posible abducción extraterrestre de la familia.

Para el juez Gustavo Acosta, como para muchos, las personas no desaparecen, sino que sectores vulnerables de la sociedad tienen mayores dificultades para acceder a la justicia. Las excavaciones que dieron inicio este lunes, pueden significar un importante paso para saber fehacientemente que pasó con los seis integrantes de la familia Gill Gallego.