El joven jugador de rugby, golpeado brutalmente por su orientación sexual por ocho violentos, se refirió a la discriminación sufrida. Aún el Poder Judicial no identificó a los agresores.
Hace nueve días, Jonathan, jugador del club de rugby Ciervos Pampas, sufrió la discriminación y la violencia de un grupo de agresores por su orientación sexual. Luego de su recuperación, el joven escribió algunos párrafos en sus redes sociales para reflexionar sobre la situación de odio sufrida.
«Soy Jonathan Castellari, tengo 25 años y me crié en La Paternal. Siempre supe que era homosexual, sin embargo traté de amoldarme a lo que la sociedad esperaba que fuera», comienza el relato del joven. «A los 16 años decidí contárselo a mi vieja pero me fui de casa escuchando su voz. Me decía: ‘Preferiría haberte abortado'», detalla sobre el tránsito de su adolescencia.
El joven explica que nació «en una familia “tradicional» y que en su casa «siempre se vivió el machismo: el sobrino que tenía que ir a debutar, la mujer que tenía que levantar la mesa mientras el hombre miraba el partido». Describe que aún era peor si en la televisión aparecía una pareja de varones. «‘Cambiá esta mierda’, ‘poné otra cosa’, ‘sacá a estos putos'», le decían.
«La adolescencia fue dura», lamenta Jonathan mientras cuenta las discriminaciones sufridas. «En el colegio, el hecho de que no me gustara jugar a la pelota me convertía en un ser extraño: puto, maricón, gay. Soportar el peso de la mirada de los otros fue siempre lo más duro: esa mirada que te hace pensar que lo que sentís está mal porque va en contra de lo que el resto considera sano», explica el jugador de rugby golpeado. «Mi viejo fue el único que me dijo: ‘No me importa lo que hagas entre cuatro paredes, siempre te voy a amar’. Pero mi viejo falleció cuando terminé la secundaria. Recordar sus palabras es lo que me reconforta cada vez que me siento discriminado», señala.
«El año pasado conocí a Gustavo, mi novio, paraguayo del campo, rugbier de un equipo tradicional, lleno de prejuicios», puntualiza. «Un día, hablando por chat, me mostró una foto de una conversación con sus amigos. Estaban burlándose de uno que había puesto “me gusta” en la página de Ciervos Pampas, mi actual club de rugby. Claro, Ciervos Pampas es el “equipo de rugby gay”. En su lógica, ese “me gusta” te convierte en puto», reflexiona sobre el machismo en el deporte.
«Cuando le pregunté si participaría de un equipo como el nuestro, me dijo que no. Que sentía que ‘nos discriminábamos solos porque podíamos, tranquilamente, jugar en un equipo de rugby normal’. Lo que no se daba cuenta es que él, jugando en un equipo de rugby tradicional, no podía decir abiertamente que era homosexual», cuestiona Jonathan mediante sus redes sociales. «Yo, en cambio, había decidido sumarme a un equipo de diversidad sexual, sin prejuicios, para tratar de cambiar la mentalidad de los que piensan que ser varón es verse bien hombre, bien masculino, ser bien macho, cagarse a piñas, cogerse a todas», comenta. Y añade que salen a la cancha «con las medias del arcoiris del orgullo y, entre todos, luchamos contra la homofobia, la discriminación y la violencia».
«Pero la semana pasada volví a encontrarme con la homofobia cara a cara», comenta sobre la agresión sufrida el pasado 1 de diciembre. «Esa madrugada, con Sebastián, mi amigo, salimos de un boliche y fuimos a desayunar al McDonalds. Estábamos esperando el pedido cuando entró un grupo de ocho pibes. Primero empezaron a insultarme, después comenzó la pesadilla. Me vi en el piso, bañado en sangre, completamente indefenso», denuncia el joven. «Me pegaban piñas y patadas, mientras me decían “comé por puto”, “tomá, puto de mierda”, comenta. Agrega que hay un grito que nunca va a olvidar cuando le decían «hay que matarlo por puto”.
Jonathan cuenta que pensó que se desmayaba «en el instante en que intenté levantarme del piso y sentí que me ahogaba tragando mi propia sangre». Pensó que lo «mataban. Pensé que no iba a poder contar lo que pasó». «En el local, no había personal de seguridad. No me ayudó nadie, salvo una enfermera que estaba ahí de casualidad. Fue la única persona que tuvo un acto de humanidad», lamenta.
«Me salvé. Hoy puedo contarlo», destaca el joven. «Pero hay algo que no dejo de preguntarme. ¿Qué habrán sentido otros adolescentes que todavía no pueden contar que son gays cuando vieron por televisión lo que me hicieron? ¿Habrán sentido que si “se les nota lo gay” los van a cagar a trompadas? ¿Que si eso pasa nadie se va a meter? Si te preguntás cómo podés ayudar a cambiar esta locura, educá, difundí, hablalo en tu casa, hablá con tus amigos, con tus hijos. No te calles, no seas cómplice», pide a la sociedad. «La homosexualidad no es una enfermedad y la homofobia es una forma de odio que se inculca mediante la discriminación. Ser gay es algo innato en nuestras vidas: queremos vivir sin tener miedo de salir a la calle», finaliza.