Anahí

En Agenda Abierta seguimos dando la voz, en este caso dos relatos, para visibilizar la violencia contra las mujeres; en sus diferentes formas y manifestaciones. La violencia que violenta.

 

Por Micaela Soperez

Por unas horas tuvimos la tranquilidad de que estaba caminando, de que se había encontrado con alguien en el Parque Municipal Eva Perón, de que el paisaje estaba lindo y había perdido la noción del tiempo. Pero no. Empezaba a ser real lo que fue la realidad de tantas mujeres en estos últimos años.

Primero: la denuncia. Segundo: la impotencia de no saber su paradero, de un Estado invisible, de la figura impune apropiándose de su cuerpo. Tercero: la etapa más desgarradora. La desesperación de los familiares y amigos, la incredulidad nuestra, frente a otra desaparición.

Las 24 horas de esperanza. El temor de las 25 que se extiende a días, semanas y hasta años de búsqueda. La incertidumbre de si hallaremos algo vivo o de nuevo ganó la muerte, digo, el femicida. Y andar con el alma salida, con el oído aguzado, con las lágrimas inundando todos los poros, con la tele prendida y la ciudad empapelándose del nuevo rostro que no tapa los restos del anterior.

El estómago revuelto, las dudas, el vacío. Aferrarse a que aparezca alguien que diga dónde ella se escondió, pero que no hable de que la vio en…, de que subió a…, de que ya no estará más. Que la traigan viva y dejen de joder, que nos duele no saber, que no queremos que nos vulneren otra vez. Que les quede claro que no nos traen ni nos llevan, que la verdad queda en su piel, que hasta que esto no acabe, por más que estemos rengas seguiremos en pie.

Retratando tus golpes

La primera vez no me creyeron, yo tampoco lo hacía. La segunda vez me escucharon pero también me juzgaron. La tercera vez, quisiera decir la tercera vez, pero no puedo porque ellos me mataron. Sí, fue el Estado. Un Estado que engendra y cuida a los femicidas, travesticidas y todas las palabras terminadas en cidas de América Latina.

Ese pueblo casi desaparecido, pobre, excluido, pero que igual camina. Ese al que le van matando todas las mujeres pero no piensa declararse en emergencia. Porque no la quiere ver, porque verla significa aceptarla y aceptarla significa asumir responsabilidades. Hacerse cargo de la tan repetitiva frase dominical por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.

Y cuando digo verlas me estoy refiriendo a las mujeres. A las que pedimos que queremos un lugar igual que el que tiene el hombre. Y aunque no nos los quieren dar, nosotras no vamos a dejar de gritar.

No queremos ni escribir Un cuarto propio como Virginia Wolf para tenerlo, ni transformarnos en hombres como Sor Juana Inés de la Cruz para estudiar, ni la exclusión ni la censura de tantas poetizas como Alfonsina Storni, Gabriela Mistral por sublevarse al machismo.

Me pregunto cuántas mujeres estarán detrás de los nombres de hombres que leemos. Solo pedimos que se nos escuche y se nos igualen las condiciones. No es posible que los siglos pasen y sigamos a un lado de las decisiones y el sistema. Que tengamos que crear La casa del Encuentro en Buenos Aires para comenzar a contar a cuántas nos estaban matando y brindarles asistencia a las que quedaban, pero de esa, la verdadera, la que no hay.

Somos las que buscamos y encontramos, cadáveres en la mayoría de los casos, pero otras veces las hallamos vivas y cuando la suerte está de nuestro lado, llegamos a  salvar a otras que no sabíamos que necesitaban ayuda. Somos las que reaccionamos brindando ciclos para saber cómo actuar ante casos de violencia y nos instruimos, ya que nadie lo hace.

Somos las que creamos centros de día e improvisamos refugios para quien lo necesite. Somos esas las que nos sacamos los rosarios de los ovarios, las que demostramos que al macho no lo necesitamos, las que nos juntamos y solucionamos lo que en realidad está en las manos de ese al que votamos que sufrió una demencia tan grande que se olvidó que acá estamos.