Marcas

Me escribe Florencia pidiendo que cuente su historia, leer las anteriores la movilizaron mucho pero quiere que la escriba yo. Son dos hechos separados en el tiempo, unidos en las marcas, recordados como los cruciales.

Escrito por Vero Curvale/Relatado por Florencia

A los 11 años, ONCE, Flor salió a caminar por el barrio un domingo, día de la madre. Y en eso aparece un señor que la miró a la cara y le dijo “Felíz día, mamita”. Ella no entendió, en su inocencia pensaba qué tenía que ver con ella si eso se les decía a las mamás. Fue su primer acercamiento al “piropo”, al acoso callejero, a la violencia, al intento de apoderarse de su subjetividad, de convertirla en objeto de deseo y posesión. Se acuerda de ese momento como si fuera hoy. No le gustó, no se sintió linda, sólo se confundió. “Esa fue la primera de muchas, hubo peores pero esa me marcó, yo aún jugaba con muñecas”.

Cuando estaba terminando el último año de secundaria, Florencia comenzó a salir con un chico más grande que le gustaba hacía años. Él era muy dulce, iba a merendar con ella todas las tardes, preparaban exámenes juntos, un divino. Cuando terminó la escuela consiguió un trabajo, por las fiestas, en una zapatería del barrio. Ese 31 de diciembre trabajó un montón, llegó a su casa super cansada y luego de cenar a las 12 se fue con sus amigos a un boliche, a comenzar el año con todo.

En el boliche estaba el chico con el que salía, acompañado de sus amigos, así que se quedó con ellos tomando, bailando, todo muy bien. En un momento empezó a sentirse mal, mareada, tanto que le pidió a su chico que la saque afuera y ahí se desvaneció. Luego, como pudo, le pidió que la lleve a su casa, él no quería irse pero terminó accediendo. Desde donde estaban hasta la salida la tuvo que llevar a la rastra porque no podía caminar bien, le funcionaba la cabeza pero el cuerpo no le respondía.

En ese trayecto la manosearon toda, la tocaron, le dijeron cosas y él no hizo absolutamente nada. Y cuando salieron llamó a un amigo suyo para que la busque y la lleve a su casa. Así, expuesta, con miedo y sin entender nada, sólo pensaba en que se iba con alguien que no era él y no podía defenderse porque su cuerpo aún no respondía. Finalmente el muchacho la dejó en su casa y ella agradeció haber llegado bien a pesar del estado en que estaba; agradecer, como todas estamos acostumbradas, que llegó sana y salva a su casa.

Por una semana no respondió sus mensajes ni llamadas pero, al llegar el finde, se lo encontró en el mismo boliche y trató de evitarlo toda la noche. Justo antes de irse la vió, la agarró de la mano para hablar y ella le dijo que no. Supongo que a todas les suena. Dijo que NO. Esa palabra fatal, esa por la cual a veces nos matan. En ese momento la agarró fuerte, MUY, del antebrazo y no la dejaba ir. Como pudo se zafó, liberó su brazo, le gritó y salió con su amiga. Nunca más lo vio a pesar de la insistencia, los mensajes y llamados. Pero un día se cansó y la dejó de molestar. Aún hoy Florencia cree que tendría que haberle pegado una trompada, aún hoy quiere dársela cuando se lo cruza por el barrio.

Florencia aprendió, como aprendemos todas a temprana edad, todo lo que podría haber pasado en cada una de estas violencias, todo lo que tiene que agradecer por haber salido ilesa, léase sólo un pequeño trauma. Florencia también aprendió que NADIE puede volver a hacer nada de todo eso y que si hay algo, cualquier cosa que le molesta, no le gusta, la incomoda, se levanta y se va. Porque no aprenden ellos a respetarnos, aprendemos nosotras a defendernos.