Salía de trabajar y lo paró la policía. Buscaban drogas y le encontraron una pizza. Le retuvieron la moto sin explicación. Maltratos, insultos, abuso de poder. Otro caso en que la policía violenta a un joven de la ciudad.
Por Iván Taylor
Lautaro tiene 20 años y hace dos meses que trabaja de repartidor en una pizzería de barrio A.A.T.R.A. de Paraná. Anoche terminó su turno, como siempre alrededor de la una de la madrugada y al saber que una compañera de trabajo no tenía cómo volver, se ofreció a llevarla hasta su casa del Thompson.
Volvió tranquilo, manejando en la noche fresca del lunes que recién arrancaba, pensando en llegar a casa y descansar después de un día de trabajo, pero al detenerse un instante en la zona del ex Hipódromo de la ciudad, notó que un móvil de la Policía de la Provincia se estacionaba extrañamente cerca de él. El joven cadete, siguió viaje sin prestar atención a su intuición, que como suele pasar, no estaba errada. Al acercarse a las Cinco Esquinas, la persecución era notable. Doblando sobre avenida Ramírez, avanzó unas cuadras y giró sobre Ayacucho, donde un uniformado lo esperaba apuntándole directamente con su escopeta Ithaca.
Ante semejante escenario, el joven cadete detuvo su moto y de inmediato fue abordado por el policía armado y por lxs dxs agentes de la camioneta que lo venía siguiendo, dominio “NYG 520”, según consta en la foto que la víctima logró tomar con su celular antes de que le quitaran sus pertenencias. El móvil en cuestión es el 1019 de la Policía de la Provincia de Entre Ríos.
Lxs agentes se negaron a identificarse, tapando con sus chalecos el bordado del uniforme donde dice el nombre de quien lo porta (una “técnica” conocida para evitar ser reconocidxs) doblándole un brazo a Lautaro y tirándolo contra la puerta de la camioneta, a la que en breve se sumó otra más de la que no hay fotos porque ya le habían impedido usar su celular. Entre lxs cinco policías comenzaron a insultarlo…
“¿Por qué me paran?” preguntó el muchacho, sorprendido por el ensañamiento. Uno de los policías se acercó y le dijo que se calle porque sino “te llevamos a la 5ta”, en referencia a la comisaría ubicada en calle Ameghino al 3100; parece que allí la fuerza destina a lxs detenidxs que requieren algún trato especial.
“Vos firmá esto” le dijeron, mostrándole el acta labrada de una infracción que no se detalló nunca. “Me tienen agarrado de los brazos, ¿Cómo querés que firme?” preguntó Lautaro. “Bueno, se niega a firmar” dijo la agente y se alejó del cadete al que tenían apoyado de pecho contra el patrullero.
“¿Acá tenés droga?” le preguntaron mientras destrozaban la masa de pizza que su jefe le regaló antes de salir del laburo, que sería su cena al llegar a casa. Por supuesto, no encontraron “la droga” que buscaban en un muchacho laburante de la ciudad que sólo quería volver a casa; incluso en el momento en que un policía metió sus manos en el pantalón y le apretó los testículos para que diga si tenía marihuana, cosa que no era así.
Después de aproximadamente una hora, se fueron. Lautaro quiso subirse a la moto, y en ese momento es notificado de que se la iban a retener. “Tengo todo, casco, luces, carnet, documento, tarjeta verde, permiso de conducir… devuélvanmela, es mi herramienta de trabajo”. Sin hacer caso a su justo reclamo, se fueron con su moto, haciendo burlas. “Chau, nos vemos… arreglatelas ahora”.
Lautaro quedó solo en la calle, a las dos de la mañana. Fue insultado, amenazado, manoseado por la fuerza de seguridad que debe ocuparse de cuidarnos a todxs.
Después de radicar su denuncia en la Comisaría 4ta, donde volvieron a reírse de él y de su relato, demorando los trámites administrativos correspondientes, pudo regresar a su hogar, ya sobre las cuatro del lunes.
Al día siguiente, se presentó al Juzgado de Faltas situado en calle Alem, para lo cual debió gastarse en remise los 300 pesos que había ganado en la jornada de trabajo de la noche anterior. Allí dilataron burocráticamente la entrega de la moto a su legítimo dueño a tal punto que pasado el mediodía reconocieron “no entender completamente lo redactado en el acta de infracción” a la que encontraron “errónea”.
“Para colmo de males, el galpón donde se alojan los vehículos secuestrados, ubicado en Bajada Grande, cierra a las 12 en punto, por lo que no pude recuperar mi moto todavía”, nos cuenta Lautaro.
“No te preocupes que la grúa no deberás pagarla” le dijeron, como si esa explicación fuera una compensación ante semejante abuso de poder que debió sufrir un trabajador de la ciudad por parte de la policía. Eso sí: antes de retirarse, a pie nuevamente, le cobraron un sellado administrativo de $90.
Un hecho más de inseguridad perpetrado por quienes deben evitar que lxs ciudadanxs sean víctimas de la misma. Una noche más en que uniformadxs se refugian en sus armas y en calidad de matones, maltratan a unx pibx paranaense que sospechadx a dedo, debe soportar burlas, abusos de poder y golpes. Una historia que esta columna no quiso dejar de registrar para que se sepa, para que no se suba la impunidad al patrullero y se retire sin más, perdiéndose entre las calles de la ciudad.
Ojalá Lautaro recupere su moto, lo que será una buena noticia para él, que ya perdió el día de trabajo del lunes; da bronca saber que hay cosas que no podrá recuperar, de todos modos. Mientras tanto seguimos exigiendo que se tomen medidas drásticas que den por finalizada esta escalada de violentxs que desenfundan su odio contra lxs gurises del barrio que trabajando y estudiando conviven con la más terrible de las inseguridades: la que es amparada por el Estado, detrás de un uniforme, citando leyes que no respetan.
Nos vemos en las calles, que todavía son nuestras.