Memoria colectiva en el cuerpo de lxs pibxs de la ex Comercio 1 que se resistieron a la negativa de recordar la Noche de los Lápices. Una directora, un «juez nacional» y la policía, quisieron coartar la pintada. Las calles, la subversión, la inquietud.
Por Iván Taylor
Les gusta el invierno en la mente, el frío en las conciencias. Les conviene el pedazo de miedo congelado en el pecho, la quietud de hielo que impone el terror. Disfrutan de lo perverso de la niebla gélida abrazando la memoria colectiva.
No quieren la primavera en el alma, la lengua inquieta que pregunta, la tibieza del abrazo de lxs que salen a la calle. Detestan el coraje ardiente de lxs que quieren saber. El fuego en la mirada de lxs que han decidido llevar lo bueno de sí más allá de lo impuesto, para mejorar el mundo.
La chispa inaprensible de la juventud, lxs altera. La tersa piel entregada a las causas que persiguen poniendo el cuerpo entero y más, los arruga de odio.
¿Dónde está, dónde lo tienen? Gritan las gargantas de lxs pibxs en la calle. Son estudiantes secundarixs todxs ellxs. Gurises y gurisas. Les dieron la espalda cuando, organizadxs en el Centro de Estudiantes de la Escuela N°36 ex Comercio 1, propusieron realizar ellxs mismxs una actividad para recordar a lxs pibxs secuestradxs y desaparecidxs durante la conocida Noche de los Lápices.
Sintieron el frío en los tobillos, el halo álgido de la directiva trepando en las espaldas. Pero se resistieron al olvido, y salieron a ese lugar prohibido, donde solo anda la gente apurada y los autos, donde las personas de bien no se reúnen entre más de tres, ni por mucho tiempo. No está bien visto, no se debe.
Poco importó, lxs gurisxs estaban organizadxs. Sacaron la vida a la calle, que sin música sería un error, y con las manos llenas de colores quisieron convertir al asfalto en espejo, que reflejara lo que ellxs piensan, los que ellxs son, lo que ellxs sienten.
Las autoridades de la escuela, ante semejante acto de impudor y rebeldía, condenaron aquel aquelarre estudiantil cerrando las puertas de ingreso y habilitando una entrada alternativa “por calle Saravi”, según dicen los carteles pegados en el frente. A quienes quedaron enclaustradxs, se les amenazó con aplicarles amonestaciones si salían a acompañar la actividad calle afuera. Llegó después un integrante de la cooperadora de padres que se autodefinió “Juez de la Nación”, agitando el dedo, señalando a quienes según él “defienden subversivos”, y diciendo que los iba a denunciar.
No se sabe si era juez, pero en efecto cumplió su amenaza y la policía se hizo presente en el lugar, ordenando a lxs estudiantes insurrectxs que liberen la calle del colorido piquete. Lxs educandxs acceden, pidiendo unos minutos para terminar la pintada donde ya se leía con claridad “¿Dónde está Santiago Maldonado?”. La policía responde pasando por encima de la pintura todavía fresca, agregándole un toque de autoritarismo a la obra. Las huellas del neumático se llevaron la pintura hasta desgastarse, porque no es de ellos el color ni la frescura.
Decía un gran educador que cuando la enseñanza no es liberadora, el sueño del oprimido es convertirse en el opresor. Dicen muchos que la calle educa, a su manera; a veces cruel, pero otras muchas con amigxs, se convierte en una fuente de aprendizaje de cosas que no están en ningún libro, como la valentía de defender lo que se piensa y el calor en la sangre para llevar tus convicciones con vos a todos lados.
No se de donde habrán aprendido estxs gurisxs lo que se animaron a hacer ayer, pero esta columna los saluda y los respeta.
Nos seguimos viendo ahí, en ese lugar maldito que es de todxs…
Nos vemos en las calles.