Queremos a Santiago, vivo, vendiendo artesanías y sumándose a los reclamos sociales en los que participaba. Lo queremos en dónde él creía que estaba haciendo de la parte del mundo que le tocó, algo bueno, mejor, más bello para los demás.
Por Iván Taylor
Sabemos que llamó a su mamá horas antes de pasar a saludar a sus amigos de la comunidad mapuche en el corte que estaban realizando en el Pu Lof de Cushamen. Sabemos que era artesano, viajero, comprometido militante de las causas sociales. Sabemos que podía meter todos sus sueños en una mochila y salir a caminar por el mundo (y sabemos que muchxs lo odiarán por no animarse a lo mismo). Sabemos que se llama Santiago, que su vida está suspendida en la orilla del río Chubut, donde no logró escapar de los gendarmes que lo perseguían mientras realizaban una violenta represión contra las personas que estaban manifestándose. Sabemos que desde hace veintisiete días no sabemos dónde está Santiago Maldonado. Sabemos que en nuestro país otra vez hay presos políticos y desaparecidos por el Estado.
Y podemos seguir enumerando… porque sabemos que los móviles utilizados por la Gendarmería en el operativo fueron lavados y sus precintos de seguridad, violentados. Sabemos que Gendarmería negó haber utilizado vehículos del tipo Unimog durante la represión, aunque en las imágenes de los hechos se lo ve claramente. Sabemos que esta misma “Fuerza de Seguridad” en un primer momento aseguró que sólo 8 efectivos habían participado del desalojo y que más tarde no tuvo más remedio que entregar la nómina de los 130 que en verdad lo hicieron. Sabemos que esto último, la verdad, es lo que no abunda en esta búsqueda; que los medios de comunicación le sumaron sus tintas a la niebla y difundieron falsas versiones, como que Santiago estaba paseando por Entre Ríos, por Chile, después. Incluso dijeron que había sido apuñalado por un puestero de los Benetton, en una riña al mejor estilo Martín Fierro.
Sabemos que Gendarmería allanó la casa de Santiago, como los teros que gritan siempre lejos de donde tienen los huevos, con la intención de desviarse del foco de la investigación y poner allí a la victima como responsable del hecho. Sabemos, aunque nos cueste creerlo, que Gendarmería sigue siendo parte de la investigación, y que tiene acceso a la documentación de la causa.
Sabemos que esta misma causa ha sido caratulada como “Desaparición Forzada de Persona” a pesar de los intentos por parte de la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, de sostener la carátula de “Desaparición de Persona” ofreciendo dinero en recompensa a quienes puedan aportar datos. Sabemos que la ministra hizo público el nombre de un testigo protegido y que mintió diciendo que la familia no quería colaborar (como si vos te negaras a que encuentren a tu hermanx desaparecidx, o a uno de tus viejxs) siendo que no habían sido contactados por ningún organismo del Estado.
Sabemos que quienes se llevaron a Santiago son gendarmes. Sabemos que la Gendarmería es una fuerza dependiente del ministerio de Seguridad. Sabemos que ese ministerio depende del Estado y que quien tiene que aportar datos acerca de dónde está Santiago es precisamente el Estado Nacional.
No nos interesa si, como en el programa de las cenas y los almuerzos dijo María Laura Santillán, “la ministra tiene las mejores intenciones de encontrarlo”. No queremos buenas intenciones; queremos a Santiago, vivo, vendiendo artesanías y sumándose a los reclamos sociales en los que participaba. Lo queremos en donde él creía que estaba haciendo de la parte del mundo que le tocó, algo bueno, mejor, más bello para los demás.
En la noche del viernes, las nubes de una lluvia tímida cubrían las estrellas del cielo paranaense donde esta mañana se escribe la columna que estás leyendo. Sin embargo, en las redes sociales comenzaron a encenderse como los ojos verdes del pibe desaparecido, estados de personas diciendo quiénes son, dónde están y preguntando ¿Dónde está Santiago Maldonado? De forma espontánea, el fenómeno se expandió entre los muros virtuales, que son también de alguna forma los periódicos del Pueblo, como decía Walsh (salvando las distancias, claro está). Miles y miles de personas publicaron su indignación, y otrxs txntxs comenzaron a desparramar su odio, deseando entre otras cosas que Santiago esté muerto o comparándolo con otras causas de desaparecidos en las que en ningún caso el Estado ha sido quien llevó adelante el secuestro y la desaparición. Tal virulencia, nos da una idea de lo profundo que cala un odio que permanece, jamás dormido, en el vientre de nuestra sociedad y que cada vez que hay ocasión, hace erupción llevándonos cuatro décadas atrás en el tiempo, los momentos más horribles de nuestra historia…
Lxs treinta mil desaparecidxs, un día fueron uno, el primero. Y hoy somos todxs, porque no importa si te interesa, si te gusta, si te da bronca o si pensás que es mentira lo que pasó. Nuestra sociedad está incompleta hasta saber dónde están los que fueron borrados por la fuerza represora del Estado. Los de ayer y los de ahora.
Y mientras muchos nos preguntamos dónde está Santiago, tené por seguro que cada vez que te cruces su fotografía esos ojos verdes te están preguntando dónde estás vos, quién sos. La respuesta a esa pregunta, es tu actitud al respecto. Seguir de largo, o reclamar de alguna forma su aparición con vida.
Dicen por ahí que todo esto es una movida política, y tienen razón: somos ciudadanxs que estamos exigiendo al Estado que nos diga dónde tienen a un pibe que secuestraron en medio de un operativo. Eso es hacer política a través de la conciencia social, demostrando que el NUNCA MÁS permanece inalterable y atento a cualquier intento de volver al terror donde el único demonio fue el Estado, aunque Patricia hoy quiera relativizarlo a través de frases sueltas de sabor redondo y final de boca amargo, con notas verde oliva y taninos de plomo y gas pimienta.
Y como esta protesta con las redes no alcanza, les digo una vez más, ¡nos vemos en las calles!
Por Santiago, por vos, por lxs que todavía no han entendido la gravedad de todo esto.