En Bajada Grande solo cambió el nombre de las calles

Vecinos del barrio costero piden ser incluidos por el Municipio de Paraná, conviven con la pobreza y la precariedad, agravadas por las crecientes y las lluvias. La presencia del Estado se reduce al cambio de la nomenclatura de arterias, en algunos casos, intransitables.

Foto: AgendaAbierta.

Por Pablo Urrutia.

Bajada Grande estuvo en los medios de comunicación y en boca de los concejales durante un tiempo a mediados de este año. Un proyecto de la concejal de Cambiemos, María Marta Zuiani, propuso cambiar los nombres de las calles del histórico barrio de la capital entrerriana, hasta ese momento letras del abecedario, por el de ilustres personajes de la historia argentina relacionados a la reivindicación de las mujeres y la defensa de sus derechos. La propuesta tuvo apoyos y rechazos. Se criticó puntualmente el carácter inconsulto de la elección de los nombres y la falta de representatividad de los mismos para los pobladores de la zona que dio inicio a la formación de la ciudad. Desde la Comisión Vecinal del barrio se propuso un listado de nombres de antiguos vecinos del lugar, con una idiosincrasia típica de las poblaciones costeras del litoral. A pesar de ello, la Ordenanza fue aprobada sin modificaciones. El Intendente Sergio Varisco, junto a funcionarios, concejales y con la presencia de magistrados de reconocimiento nacional, encabezó el acto inaugural de la cartelería con los nuevos nombres, realizado en la plaza Gregoria Pérez de Bajada Grande el pasado 16 de junio. Un grupo de vecinos hizo sentir su rechazo, desobedeciendo la actitud disuasiva de la policía que custodió el acto.

De esa manera llegó al barrio el Municipio gobernado por Cambiemos. Pero pasaron los días y lo único que hoy queda de aquél acercamiento con los vecinos son los relucientes carteles que en algunas esquinas se tocan con la paradoja de nombrar trayectos directamente intransitables, cañadones de tierra que los días de lluvia funcionan sólo como desagües naturales. Nada ha cambiado en el barrio desde aquel momento en que la política atravesó a los vecinos generando discusiones y división. Las mismas necesidades, agravadas por la crisis económica, la misma ausencia del Estado, la ineficiencia de los servicios, el aislamiento geográfico material y social del resto de la ciudad, conviven con los vecinos.

Los vecinos protestaron durante la inauguración oficial de la nueva nomenclatura.

Los nuevos nombres de las calles agregaron otras angustias: muchos de los terrenos habitados no tienen dueño, no están regularizados por el carácter de asentamiento que siempre tuvo el lugar, y no está claro cuál será el destino de los mismos.

Agenda Abierta recorrió el lugar a dos meses del acto oficial que inauguró la nueva nomenclatura y dialogó con los vecinos. Lo único que ha cambiado son los nombres de las calles. Desde el Gobierno se gestionaría una oficina móvil del Registro Civil, sin embargo eso no sucedió hasta el momento y son muy pocos los que hicieron el cambio de domicilio correspondiente. De hecho, en la vida cotidiana, las calles siguen teniendo el mismo nombre de antes.

Un barrio que se cayó del mapa

El barrio costero, como le dicen sus pobladores, es una parte de Bajada Grande sobre el camino costero abierto en 2015 que facilita el ingreso hasta el lugar. Linda directamente con el río, apenas separado por esta calle de tierra arenosa apisonada que intentó dar acceso al hermoso paisaje del río a vecinos y turistas. Como toda zona a orillas del Paraná, se inunda con cada creciente, con la particularidad de que estos vecinos no tienen a quién acudir. Para el Municipio, prácticamente no existen, no tienen siquiera un permiso de uso de los terrenos que habitan desde hace 30 años en algunos casos. Tampoco tienen donde gestionarlo. Eso impide desde el acceso a los servicios básicos, hasta la posibilidad de arriesgarse a construir una vivienda un poco más digna y sólida que los ranchitos de un solo ambiente, de lata o nylon que pueblan la zona.

Foto: AgendaAbierta.

María de los Ángeles Scetta, es presidenta de la Vecinal Bajada Grande, y trabaja en esta zona como con el resto de los vecinos que viven barranca arriba, dialogando, cuadernito en mano, relevando las necesidades. “Los terrenos eran de la cooperativa Coceramic”, explica sobre la situación del asentamiento, “nos enteramos que los habían pasado al Municipio, hicimos una nota con número de expediente 20316/17. Le solicitábamos el permiso de uso para los vecinos porque no tienen los servicios y para que puedan tener las mismas posibilidades que otros ciudadanos de recibir ladrillos y chapas, porque son todas precarias las casitas y nunca se les puede ayudar desde el Municipio. Con eso también se pueden traer los servicios de agua, luz, y limpieza. Nos contestaron que los terrenos no están en el Municipio”, dice.

Desde Agenda Abierta se pudo establecer que esa enorme y fértil parcela de tierra fue trocada a Coceramic por un espacio dentro del Parque Industrial de la ciudad y cierta promesa de financiamiento para equipamiento. A poco de haber asumido el actual Gobierno municipal, el Intendente Varisco realizó la venta de los terrenos, aunque no se pudo determinar al cierre de esta nota a quién fueron vendidos, porqué monto ni con qué fines.

Scetta admite que esa es la situación: “No sabemos cómo es, quiénes son los nuevos dueños, pero más allá de eso, son 200 familias las que viven acá y si están acá es porque no tienen otro lugar donde vivir, no hay planes de vivienda, la mayoría no tiene trabajo, vive de la pesca, otros juntan cartones”, advierte y agrega: “Lo que siempre tratamos desde la Vecinal es que puedan recibir los servicios y sean incluidos en la ciudad”.

El asentamiento está desde hace más de 30 años. Comenzó con una casa que era del señor Sosa y después fueron sumándose de otros barrios, empujados por la pobreza, la necesidad y la ausencia de posibilidades de acceder a una vivienda. “Algunos se hicieron una piecita de material y ahí están. Pero generalmente son ranchitos de nylon o de lata, y cada vez que hay lluvia ocurre algún accidente por las instalaciones de la luz. Todo por la precariedad en que viven”, dice la presidenta de la Vecinal.

El camino costero fue una buena noticia para los vecinos, sin embargo, señala María de los Ángeles, “se dejó. Hubiese sido una enorme beneficio para la zona, porque es donde se inunda”, lamenta.

Algunos vecinos improvisan defensas contra la inundación sobre el camino costero, a metros del río (Foto: AgendaAbierta).

El Estado distante

Bajada no está a más de 20 minutos del centro de Paraná, sin embargo por su paisaje y la ausencia de servicios públicos y urbanización, parece mucho más lejana. A veces, las distancias son relativas. Cuando llueve, el barrio queda literalmente aislado. “Las calles siguen igual, hay algunas que están terriblemente rotas. Se dijo que se iba hacer la documentación nueva, con la nueva dirección, pero no se hizo. Lo estamos haciendo desde la vecinal porque los vecinos piden, porque no pueden, son familias numerosas, no les alcanza”, indica María de los Ángeles Scetta, quién aún no ha olvidado el conflicto por el cambio de nombre de las calles. “Se hizo con una nota que presentaron cuatro listas que están esperando para competir por la vecinal, cuando a eso lo tendría que pedir la vecinal. Para mí fue un avasallamiento porque la señora Zuiani, que decía que venía al barrio, después que se pusieron los carteles en las calles no vino más”, asegura.

“Tenemos una vecina, Yanina, a la que se le incendió la casa. Quedamos que el Municipio le iba a dar los ladrillos y la Provincia el cemento y las chapas para el techo”, relata la vecinalista que enumera de memoria los problemas de la zona y este es uno de los que más le preocupa. “Mientras tanto, la Provincia le dio para hacerse una casilla que se armó con un grupo de jóvenes que trabajan en la vecinal. Con la construcción de la casita llegaron hasta la mitad, el señor Silveira (Director de Comunidades Vecinales) debía traer los ladrillos que faltaban para poder terminar, pero no aparecieron más los 200 ladrillos que faltan para poder asentar el techo. Me he cansado de llamarlo al señor Silveira pero no tenemos respuesta, y ya pensamos en comprárselos para que puedan instalarse ahí con sus chiquitos. Son muchos y es una casillita de 4 x 4”, reclama.

Yanina aún espera del Municipio los 200 ladrillos que le faltan para terminar la casa de material, al lado de la casilla (Foto: AgendaAbierta).

Vivir lejos de todo

Nora Ofelia Sosa, tiene casi 60 años y hace 16 que vive en lo que ella llama “el barrio costero”, a metros del Paraná que en esa zona se ensancha exagerando su majestuosidad. Nos recibe con el mate en la mano, un mate que nos acompaña en el recorrido con historias de la inundación, de los hijos que crecen y se van, de las ganas de tener una vejez un poco más calma, y que luego de dos termos seguidos sin ensillar, todavía da gusto tomar. “Estoy pidiendo que me hagan un terraplén al frente y atrás del terreno para poder terminar mi casa” dice doña Sosa. “Necesitamos mucho más del municipio, que colabore con la vecinal y estemos todos unidos para salir adelante; porque es una zona olvidada, pero cuando necesitan un voto están presentes”, agrega. Recuerda que “el señor Varisco estuvo acá y quedó de ayudarme. Al señor Sabbioni (Director del Centro de Integración de los Servicios Públicos) me cansé de llamarlo por teléfono. Mandé un mensaje a Canal 9 diciendo de las necesidades que tenemos y me trató de loca, y esa no es respuesta de un funcionario”, dice en un lenguaje claro y simple. El reclamo es como una correntada: “no le pido de comer, lo que pido es que me rellenen el terreno, que nos ayuden a los vecinos del barrio costero porque estamos cansados de vivir así. Esta lluvia última el agua me llegó a la mitad del terreno, lindando con las casas y tuve que hacer una zanja poder salir a trabajar. Somos personas y tenemos nuestras facultades para explicar en una reunión lo que se necesita. Yo lo traté con respeto al señor Sabbioni y no es así. Tengo número de expediente del trámite y no tengo solución alguna”, descarga esgrimiendo el papelito con la constancia del trámite como su allí estuviese cifrado su derecho a ser parte de la ciudad en la que nació.

Nora Sosa, junto a su vivienda, pide que le rellenen el terreno para dejar de inundarse y así poder construir una «casita de material» (Foto: AgendaAbierta).

“No hay nadie que se preocupe por nosotros”, lamenta. En 2015 consiguió trabajo cuidando y atendiendo a una mujer adulta mayor, antes cartoneaba, y el municipio le cambió la yegua que tiraba de su carro por una motocarga en el marco del programa Recuperadores de Derechos, lo que le permitió mejorar su trabajo. “No quiero tener más caballo, porque es mucho trabajo y uno se encariña”, dice y recuerda con cierta nostalgia que “mi yegua, en cuanto me veía llegar paraba las orejas”.

La parada de colectivos más cercana esta a ocho cuadras, que es hasta donde llega el asfalto. No es una gran distancia, pero con las calles a oscuras y el barro cuando llueve, la cosa cambia. Las conexiones de agua, como las de electricidad, son precarias, hechas por los propios vecinos. “En verano estamos hasta cuatro o cinco días sin agua”, señala Nora Sosa.

La pobreza y la belleza del paisaje son una constante en el barrio costero (Foto: AgendaAbierta).

No hay comedor comunitario, sólo la copa de leche que se da en la Vecinal. “Sería lindo que hubiera un comedor los fines de semana que los chicos no van a la escuela y que tengan su comida a la tarde o al mediodía, hay mucha miseria. Los chicos con un pedazo de pan y una taza de mate cocido no van a pasar sábado y domingo”, dice.

Muchos de los que habitan el lugar viven del cirujeo y comen directamente de lo que encuentran entre los desperdicios del famoso hipermercado de calle Larramendi, que llegó en la anterior gestión de Sergio Varisco, para traer prosperidad y progreso. Pero la realidad, de aquél entonces y de ahora, dista mucho de eso.

Muchos viven de la basura que que descartan los supermercados (Foto: AgendaAbierta).

“Queremos vivir como personas, que nos digan si se va a lotear, si nos van a dar viviendas, porque si yo construyo y viene el dueño, qué hago, porque no tengo ningún papel, no tengo nada. Y ese es mi miedo, perder lo que yo construyo. Que se pongan principalmente los medidores de la luz, yo estoy dispuesta a pagar impuestos y los servicios. Todos necesitamos enchufar un nebulizador, una estufa cuando hace frío, tener una heladera para guardar las cosas frescas”, dice doña Sosa como si hiciera falta explicarlo e insiste en que el terraplén le cambiaría la vida. “Teniendo mi casita y si nos conectan la luz, ya puedo tener una heladera, amasar y hacer tortas fritas y otras cosas para vender y no tener que salir a trabajar en otro lugar, ya estoy vieja”, dice.

El sol comienza a recostarse sobre el río y la luz hace aún más bello el paisaje que contrasta con la precariedad de las viviendas; nos vamos, detrás va quedando el barrio costero y a medida que remontamos la barranca desaparece tras las sombras y la vegetación abrumadora y silenciosa y vuelve a quedar solo con su pobreza, sus casitas de nylon y chapa, sus necesidades, su ausencias y sus relucientes carteles con nombres ilustres.