Higui y Latorre

Hay un deporte que parece más un juego de mesa que un juego de campo. Hay un deporte donde la vida se expresa de una forma en que no lo hace en ningún otro deporte.

Por Iván Taylor

Hay un deporte que parece más un juego de mesa que un juego de campo. Hay un deporte donde la vida se expresa de una forma en que no lo hace en ningún otro deporte. Pero no cualquier vida, sino la vida del argentinx: porque es inútil negarlo, para bien o para mal, el fútbol, nos explica y nos interpela aunque al ver un match en el zapping, no se nos mueva un pelo. El fútbol sigue ahí, incólume, cargado de nostalgias, de anécdotas y de analogías.

Pero esta columna no viene a hablar de fútbol, precisamente. Porque no lo necesita, ya que esta columna es fútbol. Un picadito de palabras, un sombrerito y una rabona, entre los mates del que escribe y los mates del que lee. Esta columna viene a hablar de lo mejor que ha hecho el fútbol por estos días, que es mostrarnos un paralelismo. Como un regalo, inmaterial, pero tan perceptible que a muchos se les puede pasar por alto.

En este deporte del que les hablo, donde la estrategia y el lugar que se ocupa es la razón de ser de cada jugador, y donde nada se libra al azar más allá del que el azar siempre hace de las suyas, hay un puesto privilegiado por excelencia. Un puesto en que sólo resta hacer una cosa bien para dejar atrás rachas de sequía: ese puesto es el del delantero. El delantero está equipado con la mística del gol, poderosa fuerza capaz de absorber cualquier tristeza, de derrumbar la angustia más terrible. Como un regalo de los dioses, el gol del delantero es diferente del gol, por ejemplo, de un defensa que ocasionalmente lo consigue. Vale lo mismo en el tablero, pero el romance es distinto en las conciencias, puesto que el delantero tiene la responsabilidad del gol.

Asimismo, la naturaleza del gol es extraña a la “normalidad” del juego. Si todo se mantiene quieto, el resultado es empate a cero. El gol viene a romper ese esquema de armonía, porque el fútbol es un cachetazo a la comodidad del absurdo. De esta forma, podemos deducir que el fútbol tiene poca vida sin el gol. Por eso, hay enfrentamiento. Y en este momento, se presenta frente al delantero, un jugador raro, que ni siquiera aparece en los esquemas estratégicos: 4-4-2; 4-3-3; 3-5-1. En todos se suma 10. Pero el fútbol es de a 11.

Ese antihéroe al que se le permite lo prohibido, lo mal visto, lo indigno que es tomar la pelota con las manos, es el arquero. Su misión es la más ingrata de la contienda: impedir el gol. Si no lo logra, por el motivo que sea, es su culpa; en cambio si lo consigue, siempre ahoga una ilusión, posterga la euforia. Como mucho, alivia momentáneamente la agonía.

Y aquí va una confesión de parte: el arquero, siempre sujeto a sus áreas y al arco como una casa de familia que debe ser guardada sin máculas, me hace pensar en el papel de la mujer. De la mujer en el patriarcado.

Cuando el arquero sale del área, siempre es escándalo. No está bien visto. No es “seguro” para el equipo. Cuando llega al mediocampo con la pelota, es delirio. ¿Que hace? ¿Adonde va? ¡Que se quede en el arco! Cuando convierte un gol, el comentario escandaloso por años. Un arquero sólo va al corner enviado por el deté, cuando el equipo está en aprietos, tal como está bien visto que una mujer trabaje fuera de la casa a los ojos del machismo: sólo en casos de necesidad.

La mujer sujeta a cuidar el área, el arco, la casa. La mujer arquera que está en la plaza, avanzando con la pelota, envuelta en un pañuelo verde y violeta. Las imágenes hablan por sí solas.

En estos días, un delantero retirado y una arquera desconocida, se ven cara a cara en un penal virtual que los enfrenta: Latorre observa la valla que Higui se apresta a defender.

De Latorre se dice que ha gustado de tocar la pelota con la mano, o la puntita. Da igual, en el ideario macho, es indigno. Es una falta grave. Una falta de la que debe librarse cuanto antes ¡habráse visto a un jugador de fútbol disfrutando de ese vicio prohibido! Por eso ahí va, de canal en canal, arrastrándose por negar toda prueba, por limpiar su imagen de gambeteador que hoy, en la desesperación, elige el pelotazo desordenado, sin gracia.

En cambio Higui es nuestra heroína, que no sólo ataja el penal haciendo el escorpión, sino que suelta la pelota y sale riendo, como René, correteando área afuera, con la pelota entre las piernas, ante la mirada de todxs, el grito eufórico de los que gustamos de verla, a ella y a todas las arqueras, saliendo de la casa-arco, del área permitida por el patriarcado, ganando el medio campo que es donde se disputa el juego, dando la pelea que hay que dar.

Gracias Higui, por mostrarnos eso.