El cierre del Ciclo, que dio voz a varias mujeres para relatar su parto en primera persona, lo hace Soledad. Ella tiene 34 años, es de Alcorta, Santa Fe; Médica y mamá de Ema de 14 meses.
Por Soledad Cerqueira
La intimidad y la tibieza del hogar que marco cada día de búsqueda y de dulce espera, esa atmósfera fuerte, quería para el primer respirar de Ema.
Y anduvimos los dos recorriendo nuestros miedos y nuestras fortalezas, cuestionándonos, preguntando, acompañándonos en este disfrutar, buscando el equilibrio sano que permite decidir la vida siempre, cada día y dijimos sí. Yo necesitaba su certeza, quizás él vio la mía, la de parir en casa, sin anestesiarme el cuerpo ni las emociones, sin entregar mi cuerpo ni el de mi hija a protocolos que no saben de nosotras, sin distancia.
Comparto mi experiencia como poesía, lucha y resistencia, como denuncia a las violencias, para que nos devuelvan a las mujeres la autonomía sobre nuestros cuerpos y sus placeres negados; y como deseo, nunca como consejo porque lucho por una Institución médica que respete nuestras decisiones y nos acompañe. Siempre somos responsables de las decisiones que tomamos. Es decisión también poner nuestro cuerpo y el de nuestro hijo o hija en manos de otros y de sus consecuencias, la única diferencia es que nadie nos hace justificar o argumentar por qué. Parí en casa por elección, con amor y como acto político.

Las mujeres sabemos de la influencia que la luna tiene sobre nuestros cuerpos, sobre nuestros ciclos sexuales y yo sabía que mi hija nacería con la luna llena del 23 de febrero. Para ese día prepare mi corazón aunque mi razón y su ciencia dudaban de esa seguridad, de lo que logra la luna con sus movimientos, pero la naturaleza inexorable cosecha en luna llena.
Rompí bolsa con la caída del sol del 22 de febrero mientras trabajaba, con gasas y felicidad me sequé, corrí a contarle a mi compañero en el consultorio cercano y el esperó mi sonrisa antes de devolverla; fui a casa con la ansiedad de conocer una contracción, llamé al obstetra mientras barnizaba el banco de parto que pinte para nosotras. Llamé a mi madre para despistarla y decirle que quizás sea con la próxima luna, no quería preocuparla pensando en mí. Las primeras contracciones fueron un zambullir y las siguientes el mar bravo, revuelto, mar adentro que sacude y tiembla sin respiro; no pude comer, no pude descansar, solo dejarme llevar suave y fuerte hasta lograr en un par de horas la dilatación completa.
En mis fantasías me preocupaba no dilatar y esa fue la parte rápida, pero Ema no rotaba y pasaban las horas; llegaron las parteras, que pensamos verían a mi hija ya nacida. Todo se volvió más lento, más silencioso pero no menos intenso.
Recuerdo entre sueños el agua y los abrazos, tus besos, me escucho llamando a Ema y gimiendo en cuclillas; me escucho repetir que sé parir, que mi cuerpo sabe, que mis antecesoras pudieron y me cuidan. Abro la boca, siento el olor dulzón y pesado del ambiente y quiero tu piel. Estoy cansada y no puedo, me siento fuerte, te amo, estoy feliz; me entrego otra vez, recorro otra más, no soporto pero sigo, la última; llega otra, vibro; el calor tibio me abraza, no agobia, tu mirada me calma; tomo el té por tomar y me da fuerzas, subo, me pierdo y vuelvo.
Mi cabeza no puede y mi cuerpo avanza, pido el traslado, pido el fin pero no lo quiero, quiero parir a mi hija ahora, acá… y en el tiempo en que se define eso me miro hondo, me conecto, la busco y encuentro, la traigo, me toco y la siento cerca; sigo tocando su cabeza con cada pujo y ella avanza otra vez, la naturaleza inexorable abre camino en mí, mi hija me atraviesa el cuerpo y el alma, me toma entera y me dejo llevar; el amor que la hizo posible la trae hoy a mis brazos.
La sentí transitar cada milímetro de mi cuerpo con el dulce dolor de lo profundo, me sentí colmada de piel, de amor; me sentí mujer bella, desobediente, salvaje, sexual y poderosa; desafiando al “parirás con dolor” me inundó un olor espeso y el calor intenso. Me vi parir a mi hija, vi a mi hombre sostenerme con pasión, respirando juntos en cada contracción, acompañándome con admiración entre besos, miradas y silencios, respetando a cada segundo y, sin duda, mi libertad; honro a este varón y me conmueve siempre recordar su amor, su confianza.
Fue un trabajo de parto largo y trascendental. Ema nació a las 10:45 del 23 de febrero y largo fue el tiempo necesario para verme. Una va a parir con lo que trae, con lo que es, con lo vivido y recién ahí cuando me encontré primero, pude recibirla.
Luego la sostuve húmeda y caliente, tan conocidos esos ojos en esta primer mirada, me tire al piso, la deje abrazada a mí y nos quedamos piel a piel los tres en un instante inmenso, eterno de amor.
Ema llego con la calma y la intensidad que soñamos, llego tomando la vida, así como viene, para vivirla fuertemente. Tranquila, mi Ema nació libre, y se nota hoy cuando me mira, tiene claro el sendero, lo celebra y me lo muestra, se sabe acompañada y quiero que estas raíces la ayuden a volar y a volver a mi cuando necesite; que le den la seguridad y la paz para ser feliz.
No soy la misma que fue a parir, el camino que abrió mi hija me transformó. Ahora deconstruyo maternidad constante e interminablemente, la vivo como experiencia y no como deber o institución. Soy otra, que aprende todo el tiempo a ser mujer, a ser madre y bendito es cada día de este amor sin límite ni orilla.
