Rosario tiene 35 años, es de Rosario, Periodista y Profesora de Literatura; y feliz mamá de Almudena de 5 meses. Aquí el relato de un parto hermosísimo, super respetado y elegido.

Por Rosario Spina
Me desperté el 24 de diciembre a las 4.20 de la mañana. Literalmente la contracción me hizo saltar de la cama. Y entonces lo supe, Almudena estaba en camino.
Pasé todo el día en casa contando las contracciones, usando la técnica de la O de Frida Kaplan para distender, sentada sobre una pelota de pilates, masajeando el periné cada vez que la ola venía y arrasaba. El trabajo de parto lo hice en la habitación a medio terminar de Almu. Julieta Roldán, mi doula, encendió unas velas. Cerramos las cortinas buscando que mi neocortex suspendiera su actividad y comenzara a hacer su trabajo el cerebro primitivo, ese que inhabilita el lenguaje, el intelecto, y ayuda a parir. Mi pareja recordó una de las premisas del curso de preparto, potenciar todo lo que habilite la oxitocina natural, compró helado y pude comer en los momentos en que el dolor cedía. También pusimos música y lloré cada vez que escuché Sabemos parir, y Canto a la Vida, de Rosa Saragoza.
“Siente que el momento llega, siente, tus huesos son fuertes. Siente, el niño está en la puerta, vivirá para abrazarte. Siente, estás en buenas manos, y eres parte de la tierra. Tienes lo que necesitas”
Me puse como meta llegar al mediodía para ir a la clínica. Pero al mediodía decidimos esperar hasta las dos o tres de la tarde y así fue pasando el tiempo. Juli se comunicaba a cada rato con Marcela Abello, mi obstetra, quien estaba al tanto de la situación.
La historia de cómo llegué a mi obstetra es importante, sobre todo en esta semana del Parto y Nacimiento Respetado. Sobre todo porque el parto es nuestro, pero si nos acompañamos de profesionales respetuosos, seguramente las cosas van a marchar mejor.
Con mi obstetra fue deslumbramiento a primera vista. O más bien, deslumbramiento a primera oída. Habíamos ido a una charla sobre el tema. Ella estaba sentada en el auditorio, casi detrás de todo. Yo había escuchado su nombre de pasada. Me habían dicho que era una gran obstetra, que respetaba las decisiones que la pareja tomara, que se podía confiar en ella. Durante las primeras semanas de embarazo había intentado sacar turno, pero ya no tomaba más pacientes.
Ella no disertaba en esa charla,pero intervino desde el auditorio,con algo muy breve pero contundente. “El problema del médico es el hacer. Si no hace, no es. No puede estar como espectador, y ahí está el problema”. Me gustó tanto lo que dijo, que lo apunté en mi celular. Se refería a la gran cantidad de intervenciones innecesáreas que se realizan día a día en Argentina. De manera que por ahí es el camino, pensé. Se trata de empoderar a las mujeres. Se trata de que seamos conscientes de que sí se puede.
Un mes después volví a intentar un turno, aunque sabía que su agenda estaba completa. Un error de la telefonista hizo que a la semana siguiente yo estuviera aguardando en la sala de espera mi primera consulta con Marcela. Ahí estaba el destino, mostrándome su mejor cara.
Y luego, ese 24 de diciembre,fueron ellas, tanto Marcela como mi doula, quienes confiaron en que yo podía, aun cuando yo misma por momentos dudaba.
Tanto Marcela como Juli conocen mucho sobre la fisiología femenina y saben que “la hormona tímida”, la oxitocina, se libera mejor si estamos tranquilas, y en un entorno familiar y ameno. Ambas habían sugerido que hiciera el trabajo de parto en casa. Y ante cualquier duda o temor, nuestro plan era ir directo a la clínica sin titubear. Así hicimos a eso de las siete de la tarde. Hacía rato que sentía necesidad de saber cómo iba todo. Quería ver que las pulsaciones de mi hija estuvieran bien. Las contracciones estaban, pero no de manera regular.
Durante los controles le había pedido a Marcela que quería que el tacto me lo hiciera ella. Así que apenas fuimos, allí esperaba nuestra médica. La mala noticia: aunque había tenido que atravesar contracciones durante todo el día, recién estaba en cuatro de dilatación. Marce sugirió que volviéramos a casa, y que viera cómo me sentía en un par de horas.
Volvimos con todo lo que habíamos llevado: el banquito de parir, la pelota de pilates, mi bolso, el bolso de la beba…Me desmoralicé un poco al pensar que aún faltaba tanto. Las contracciones al momento eran fuertes, pero tolerables.
Fui a la ducha con la pelota a cuestas. El agua cayendo directamente sobre la parte baja de la espalda, y los movimientos circulares me ayudaban. Ahí, en la ducha, escuché el sonido de los fuegos artificiales que anunciaban la Navidad. Casi todos estarían brindando.
Hacía calor, así que imaginaba a mi familia festejando en algún patio. Decidí llamar a mi mamá. Contarle que con Papá Noel llegaría una sorpresa. Había pensado en ella durante todo el día, pero como no quería preocuparla, dejé pasar el tiempo lo más que pude.
La casa estaba en sombras. No toleraba la luz. El dolor iba y venía. Dos horas después de la medianoche quise recostarme un rato, y al levantarme pensé que me moría. Una punzada en el ciático no me dejaba respirar. Ni lo dudamos, y salimos volando a la clínica. Ahora sí, el dolor no cedía.
Llegamos junto con Marce. La vi entrar apurada desde lejos, mientras Gabriel estacionaba. Yo ya no podía sonreír. Sentía que el nacimiento era inminente, aunque –no lo sabía- aún faltaban un par de horas.
Fuimos directo a la sala de preparto. En esta clínica el preparto es también sala de parto y recuperación. Ese fue uno de los puntos a favor del lugar, ya que al no trasladar a la embarazada justo antes del expulsivo, la liberan del estrés del momento, a ella y a su bebé.
Marce esperó que me acomodara en la camilla para volver a examinarme. Recuerdo sobre todo eso, el tiempo y la paciencia con la que me acompañó. Incluso antes de subir, me masajeó la zona donde hacía un rato atrás me habían dado las puntadas. Recuerdo el alivio de esos masajes. Y el alivio de esa espera.
Recién cuando estuve menos dolorida pudo hacer el chequeo. Y la noticia no era buena: seguía en cuatro de dilatación. Fue entonces cuando sugirió lo que sería conveniente: romper bolsa manualmente, e inducir un goteo suave, para ver si de esa manera ayudábamos un poco al proceso. Estuve de acuerdo, y luego de pensarlo un rato, pedí también peridural. Tenía mucho temor de necesitar una cesárea. Además, con 22 horas de trabajo de parto, no estaba dispuesta a aguantar más dolor. Estaba agotada. Aún así, me costó aceptar la idea de necesitar anestesia. No era algo que tenía en mis planes iniciales. Había leído “Nacimiento renacido” de Michel Odent, y sentía que todo iba a fluir. Creo que fue ahí donde comenzó mi camino por la maternidad. La primera enseñanza de muchas de las que vendrían. La maternidad como una travesía que necesita más flexibilidad y paciencia de la que yo tenía.
Muchas veces lo ideal no tiene asidero en lo real. Muchas veces el parto soñado no es el parto posible y me reconfortó que mi doula acompañara la decisión. Esto también ayudaría a que Almudena naciera y no debía olvidarme que eso, su nacimiento, era al fin y al cabo lo más importante.
Marce sabía mi intención de usar el banco de parto, así que sugirió no poner demasiada anestesia, por si pasado un rato yo decidía moverme, o por si quería parir en el banquito y no en la camilla. Y para eso iba a necesitar que el efecto de la anestesia cediera.
La peridural fue gloriosa. Pude descansar dos horas. Pude acostarme y dormir (no había podido hacerlo hacía casi un día. La única posición que mi cuerpo toleraba era sentada sobre la pelota de pilates) Pero lo mejor de todo, es que pude reponerme para PUJAR cuando lo necesité. Creo que ese descanso fue fundamental para el expulsivo.
Durante ese “tiempo fuera”, apagaron casi todas las luces de la sala, y Marce iba y venía controlando las pulsaciones de Almu. Pasadas las dos horas, el dolor comenzó a hacerse sentir nuevamente. Recuerdo que sentí mucho miedo. Necesité bajarme de la cama porque las contracciones volvieron, pero cada vez más fuertes. Estar acostada era imposible. Ya no tenía la bolsa, así que ahora sí la intensidad del dolor comenzó a ser punzante. Estuve un tiempo que ya no recuerdo cuánto, moviéndome sobre la pelota. Yo de un lado de la cama, del otro lado mi pareja tomándome de los brazos y ejerciendo resistencia a la energía profunda que salía de mi cuerpo. En ese ínterin vino Marce, y como pude, tuve que subir a la camilla de nuevo: ahora sí, estaba en 8, o en 10 de dilatación.
Los recuerdos de esta parte del parto comienzan a ser inconexos. Son frases, fragmentos, sensaciones y olores que me cuesta hilar. Sí recuerdo ver a Marce de un lado, y a Juli del otro de la camilla. Recuerdo que Marce me dijo que ahora había dos caminos: volver a usar peridural, y el nacimiento se daría en una hora y media, o no usar anestesia, y en veinte minutos Almu estaría con nosotros. Ese momento sí me quedó grabado porque no sabía qué decidir. Finalmente elegí el camino más corto y sin anestesia.
Creo que tuve que esperar a terminar de dilatar. En cada contracción lo único que me aliviaba era la pelota y la emisión de la O. Cada vez la cantaba más fuerte. Me escuchaba gritar de lo fuerte que vocalizaba, pero no podía hacerlo de otra manera. Era tanta la energía acumulada en cada contracción, que necesitaba ese canal por donde hacerla fluir. La emisión de la O fue eso, un canal, un camino. La mejor forma de vehiculizar tanta intensidad. Recuerdo estar sobre la pelota y pedirle a Juli que llame a Marce porque ya no aguantaba más.
Recuerdo que volví a subirme a la camilla, y también recuerdo a Marce pidiéndome que abriera las piernas y pusiera las manos sobre las rodillas. Recuerdo haber pensado que había llegado el momento, intentar pujar acostada y sentirme incómoda. Necesitaba bajarme. Se lo pedí a Marce y me dijo que no había problemas. Entonces me senté sobre el banquito, y seguí pujando ahí, con mi pareja sosteniéndome por detrás.
Ya no sé cuánto tiempo duró. Quizás fueron 20 minutos, quizás haya sido más. Hubo un momento del parto que realmente sentí estar en otra dimensión. Hoy mismo, cuatro meses después, intento recordar el dolor, esa intensidad cruda, sorda que sentí en ese momento, y mi cuerpo no puede recuperar nada de eso. Ni una gota. Ni un quejido. Todo pasó.
Almudena nació el 25 de diciembre a las 8.20 de la mañana. No hubo bueyes que la cobijaran con su aliento al nacer, pero sí una doula y una obstetra fuera de serie, que ayudaron que mi hija naciera por parto vaginal, y le dieron cobijo con cada palabra de aliento que la alejaba de mi útero para traerla a esta vida.
Fueron más de 24hs de un trabajo de parto lento y respetuoso, dejando que Almu fuera descendiendo a su tiempo, sabiendo que cada contracción me despedía del embarazo y me acercaba más a ella.
Y aunque ni yo soy la Virgen María ni Gabriel un carpintero de Belén, el 24 de diciembre me encontró a punto de dar a luz como cuentan que también lo hizo esa mujer de piel pálida y velo celeste.
Y aunque ninguno de los dos crea en esa historia de manera mística, desde esta Navidad, nosotros también tenemos un pequeño milagro que celebrar. Y se llama Almudena.