El independentista López Rivera será liberado por EE.UU tras 36 años de encierro

Este miércoles será liberado el último preso político de la Guerra Fría, condenado por conspiración sediciosa tras ser vinculado con el grupo clandestino Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN).

Después de 36 años, Oscar López Rivera, de Puerto Rico, será liberado, tras cumplir una condena estadounidense. Clarisa, su hija lo ha tenido que ver en prisión la mitad de su vida. Mercedes, su hermana, lo visitó en cada una de las cárceles donde estuvo durante sus 36 años de cautiverio. Desde los tiempos en que en el barrio de Chicago algunos la señalaban como familia del “terrorista”, hasta los años más recientes cuando desde Aguada, donde ahora vive, vio cómo se forjó un fuerte consenso entre el liderato de Puerto Rico y la diáspora a favor de la excarcelación de su hermano.

Este año tuvieron su reencuentro, durante febrero en San Juan, en la casa de su sobrina, Clarisa, donde el prisionero ha pasado los últimos cuatro meses de su condena, bajo arresto domiciliario. “Poder verlo con una camiseta, mahones y abrazarlo de verdad. Eso fue especial”, contó Mercedes. Hace ocho días, a López Rivera le dieron permiso para visitar a su hermano mayor Juan Alberto, quien está en un asilo en San Juan. Mercedes lo acompañó. “Los tres juntos después de tanto tiempo”, subrayó.

Este miércoles todo será distinto, cuando a las 8 hs, el último prisionero político puertorriqueño de la Guerra Fría y el que más tiempo ha cumplido en cárceles estadounidenses, habrá extinguido su condena. Bajo el cargo de conspiración sediciosa, tras ser vinculado con el grupo clandestino Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN), López Rivera estuvo 35 años, ocho meses y nueve días en prisiones estadounidenses.

A Oscar le tocó dar la lucha desde la diáspora. Lo que hizo Oscar por sus compañeros y la lucha independentista, al demostrar que se pueden anteponer principios y resistir sin que lo puedan romper sicológicamente, es una cosa de leyenda”, indicó Eduardo Villanueva, presidente del Comité Pro Derechos Humanos.

La vida de este prisionero independentista de 74 años, que sus defensores comparan con Nelson Mandela y el FBI describió como un terrorista, comenzó en el barrio Aibonito Guerrero de San Sebastián, donde nació el 6 de enero de 1943. Es el cuarto de siete hermanos. Llegó a Chicago en diciembre de 1957, donde ya estaban su padre y su hermana mayor, Clari, a un mes de cumplir sus 15 años. Su mamá y sus demás hermanos le siguieron un par de años después.

Cuando los López Rivera llegaron a Chicago hace seis décadas, eran unas de las pocas familias puertorriqueñas en una zona residencial blanca no hispana y polaca. El padre de López Rivera, Alberto López, conocido como Millo, fue agricultor en Puerto Rico. Se fue a Chicago –donde trabajó en una fábrica de construcción de tubos de acero– como parte de la gran migración puertorriqueña de mediados del siglo pasado.

La mamá de López Rivera, Andrea Rivera, trabajó en Chicago en una empresa industrial de planchado y limpieza. Por un tiempo tuvo una pequeña fonda boricua en el barrio. “Doña Mita” nunca aprendió a leer o escribir. El abuelo materno de Oscar, quien fue líder fundador del Partido Independentista Puertorriqueño (PIP) en Isabela, le enseñó historia, poesía y le habló de los próceres de Puerto Rico. Oscar López Rivera fue el primero de su familia en ir a la universidad, en el Colegio Wright.

Luego de luchar en Vietnam comenzó su transformación ideológica. Como organizador y líder comunitario, la primera institución que ayuda a fundar en Chicago, en 1973, fue la escuela Pedro Albizu Campos, hoy más vigente que nunca en el corazón del barrio. Luego vino el Centro Cultural Puertorriqueño. Para finales de 1974, el trabajo de López Rivera tomó ribetes políticos. Y las FALN estaban en formación.

En 1976 que Oscar López Rivera da un paso a la clandestinidad. “Él limpió todo el cuarto, lo dejó limpio, sin ningún rastro de lo que tenía”, recordó su hermana Mercedes. Su familia ha indicado que el FBI les acosaba en sus casas y en sus centros de trabajo. “Los agentes del FBI se trepaban en el poste de teléfono a escuchar las llamadas. Se escondían detrás de los árboles. Me iba a trabajar y estaban todo el día conmigo”, señaló su hermana menor, Zenaida, entrevistada en Chicago, donde reside.

Once de sus compañeros fueron arrestados primero en Evanston, un suburbio de Chicago, el 4 de abril de 1980. “Oscar estaba ahí, pero no lo vieron. O él los vio antes de que lo vieran a él”, reveló uno de ellos, el exprisionero político Carlos Alberto Torres, en una entrevista a finales de enero en Chicago. El FBI nunca lo encontró, hasta que un policía lo detuvo el 29 de mayo de 1981 en la localidad de Glenview. “Hay algo que verdaderamente las agencias federales han tenido en contra mía, y es que nunca me pudieron capturar. Por eso también su comportamiento en contra de mi familia”, afirmó López Rivera, en una de sus entrevistas desde prisión con El Nuevo Día.

Arrestado el 29 de mayo de 1981, López Rivera nunca se defendió en el juicio, que consideró viciado. Se le acusó como a sus colegas de las FALN de sedición, conspiración para derrocar el gobierno de EE.UU. También, de tener una pistola de forma ilegal y violaciones al comercio interestatal. Se lo sentenció a 55 años de cárcel, y fue enviado a la prisión de máxima seguridad de Leavenworth, en el noreste de Kansas.

En 1986, fue trasladado a la institución penal de Marion, Illinois, después de imputársele en junio un intento de fuga que López Rivera consideró un entrampamiento. A causa de ese cargo, se le sumaron otros 15 años de cárcel a su sentencia. En Marion, entonces la cárcel de mayor seguridad en el sistema carcelario de EE.UU., comenzaron los 12 años de solitaria para el prisionero político. Se le privó de poder distinguir la noche del día, encerrado en una pequeña celda de 6 x 9 durante 22 horas y 45 minutos.

Para principios de los 1990, cuando López Rivera y los prisioneros políticos de las FALN llevaban cerca de una década encarcelados, desde la diáspora, el liderato boricua comienza a organizar una campaña a favor de su liberación. La campaña “Ofensiva 92” tuvo un sonado éxito en agosto de 1999. Entonces, el presidente Bill Clinton ofreció clemencia a una docena de prisioneros políticos puertorriqueños de la FALN y Los Macheteros.

A López Rivera, Clinton le propuso cumplir 10 años más de cárcel. El líder independentista rechazó la oferta, pues no incluyó a sus compañeros Carlos Alberto Torres y Haydee Beltrán. “Nunca, ni en Vietnam ni en la calle, dejé a nadie atrás”, ha indicado López Rivera. Para agosto de 1999, López Rivera ya había cumplido 18 años en cárceles estadounidenses.

Una vez se le negó libertad condicionada, la que no hubiese podido solicitar de nuevo hasta 2023, López Rivera pidió clemencia en 2011 al presidente Obama. La orden de excarcelación la dio el presidente Obama el 17 de enero, por recomendación del Departamento de Justicia de EE.UU. dos días antes de dejar la Casa Blanca. La conmutación se dio sujeto a que el prisionero político cumpliera cuatro meses más de condena, bajo arresto domiciliario.

El 9 de febrero, el gobierno federal colocó a López Rivera bajo la custodia temporal del congresista Gutiérrez, para que fuera trasladado ese día a la casa de su hija, Clarisa, donde –bajo la supervisión de un centro adscrito al Negociado de Prisiones–, termina su condena, con un grillete electrónico en un pie que permite al gobierno monitorear todos sus movimientos.

Extinguida su condena, López Rivera podrá reencontrarse a tiempo completo con su familia, como ha podido hacer con su hija Clarisa, a quien vio por vez primera cuando ella tenía 10 años, poco después de su arresto. La comunicación con su hija se tornó muy limitada durante los 12 años y medio en aislamiento. A su nieta Karina –cuya abuela por parte de padre es la exprisionera política de las FALN, Carmen Valentín–, la vio por vez primera cuando ella tenía 40 días de nacida. Clarisa le llevó a Karina a la cárcel de Marion, donde estaba en confinamiento solitario.

Impedido de tener contacto físico, López Rivera comenzó a jugar ‘las manos en el cristal’ con su nieta. Un juego que se extendió por siete años y ayudó a formar la relación entre el abuelo y la nieta, y que dio título a las cartas que López Rivera le escribió desde la prisión.

Fuente: El Nuevo Día.