De cómo me convertí en un fantasma

Paola tiene 35 años, es de Villa Lugano, Capital Federal; librera y mamá de Muriel de 5. En primera persona, su parto no respetado, opacado por la violencia obstétrica.

Por Pao Malanga

Marzo de 2012.

8 hs.

El martes 6 me interné con la orden del obstetra. Estaba en la semana 41 (40,6 para ser exacta). En la guardia de obstetricia del Sanatorio Franchín no te dejan entrar acompañada. Demián se quedó afuera, con mi familia y la suya. Tampoco podés parir con tu obstetra ni pueden ingresar médicos y parteros que no sean de la institución. Te toca el/la de turno. No hay chances. Me atendió una partera que empezó a tomarme los datos. Cuando saca cuentas, me mira y me dice: “ah, pero vos no estás en la semana 41”. Mi cara de póker. “Bueno, ya estás acá. Vamos a ver si dilataste algo”. Me toma la presión, me acuesta en una camilla y enciende el monitoreo. Yo estaba ansiosa por conocer a mi hija. Previamente, había ingresado 5 veces a la guardia por picos de presión y como entraba salía. El nivel de estrés iba en aumento de sólo pensar que algo podía pasarle.

9 hs.

En un momento entra una obstetra y me pregunta cómo estoy, si estoy nerviosa. Me calma diciéndome que pronto voy a tener a mi hija en brazos. Se va. Entran dos más, una mujer y un varón. La partera me señala y el tipo dice: “¿Hacemos la maniobra de Hamilton?”. Yo no entendía nada, pero confiaba en que ellos eran los que sabían. Se acerca y me dice que me va a hacer un tacto. Que me relajara. Mete la mano y siento como un dolor intenso que me deja sin respiración, como si me arrancara las entrañas. Atino a subirme, como escapándome. El tipo me dice que no me suba, que es peor. Me siento mal. Pienso en lo inútil que soy por no bancarme “un tacto” (eso creía yo). Nunca me explicó qué me hizo, para qué y qué consecuencias tendría. Nunca me pidió autorización para despegar las membranas (eso es la maniobra de Hamilton).

9:30 hs

Estaba sola y lo llamaba a Demi que estaba afuera para sentirme acompañada. No sé cómo hizo pero a los 5 minutos entra mi suegra a la guardia de obstetricia. Pienso que la dejaron ingresar porque es médica. Me alegré de no estar sola. Pero quería estar con Demián. Empecé con contracciones cada 3 minutos. Me volví a alegrar pensando que el nacimiento estaría cerca (ilusa).

11 hs.

Pasa el tiempo. Vuelve la partera y me dice que me levante que me tiene que pesar. ¿Para qué? Me levanto y en el trayecto de un metro y medio, un enorme charco de sangre con coágulos mancha el piso. Entro en pánico. La partera me dice que es normal. Yo desconfío, pero no soy capaz de discutir. Me ayuda a volver a la camilla. Estábamos esperando que desocuparan habitación.

12 hs.

Por fin me pasan a una habitación a dilatar. Como compañera no tengo a otra parturienta sino a una paciente oncológica que esperaba cirugía. Me alegro de ver a Demi. En el horario de visita entraron mi padres y mis suegros en tandas. Me dieron una dieta líquida en el almuerzo. Las enfermeras de piso parecían macanudas (parecían). A todo esto seguía con contracciones cada 3 minutos que iban aumentando en intensidad conforme pasaban las horas.

16 hs

Me levanto para ir al baño y en ese momento veo que había roto bolsa con un líquido verde. Es meconio. Me asusto, le aviso a Demi y llamamos a la partera. Viene y me dice que no es nada que en un rato me hace un tacto.

17 hs

Viene la partera a hacerme el dichoso tacto. “Tenés 4 de dilatación, ahora viene la obstetra”. Cuánto misterio. Por dentro estaba aterrada. Y las contracciones eran cada vez más fuertes.

17:25 hs

La obstetra de turno viene con una mala noticia. “Gorda, no dilatás y rompiste bolsa con líquido meconial. Vas a cesárea. Ni bien se desocupe el quirófano entrás vos”. Pero a Demi no lo dejaban entrar por “protocolo”. Se me derrumbó el mundo aunque sólo podía pensar en la salud y el bienestar de mi bebé. Ya no aguantaba las contracciones. Sentía la cabeza de la nena apretándome. Me costaba recuperarme de cada contracción, pero no gritaba. La enfermera de la tarde me miró y me dijo: qué sabés vos lo que son las contracciones de parto, eso no es nada”. La miré y la fulminé. Sólo podía apretar fuerte la mano de Demi, mi mamá, mis hermanas. Quien entraba a verme salía con la mano morada de la fuerza que hacía para aguantármela. Al final ya mordía la almohada.

18:10 hs

Entran los camilleros para llevarme. Me cuesta pasarme a la camilla. Ya no tengo tiempo de recuperar aire. Demián me espera en la puerta de la habitación me da un beso y me dice emocionado “TE AMO”. Ahí nos separamos. La angustia, el dolor y la adrenalina se apoderaron de mí. Iba al cuchillo y estaba cagada en las patas. Llego al quirófano, veo todo desde el ángulo de litotomía aunque con las piernas estiradas. Nada de empoderamiento. Me encandila la dichosa lámpara. No aguanto las contracciones. Estoy sola. Tengo miedo y no quiero gritar. Recuerdo que había varias mujeres y Nicolás, el anestesista. El fue el único que me trató como a UNA madre que estaba de parto. Me inyectó la peridural cuidando que no doliera. Tal era la intensidad de las contracciones (que según la enfermera no eran nada) que no sentí el pinchazo. Sólo un impulso de vomitar y vomité. Me sentía débil, vulnerable. Cesó el dolor, de golpe la anestesia hace efecto. Me colocan las vías.

18:40 hs

Empieza la cesárea. Estoy sola. El anestesista me aprieta la mano y me dice que él me acompaña y que pronto voy a conocer a mi hija. Le pregunto el nombre. Los obstetras hablan entre ellos del asado del domingo y de los problemas del seguro del auto mientras me abren. No me duele pero siento cada maniobra. Extraño a Demián.

18:51 hs

Siento el tirón como si me la arrancaran. Nace Muriel. Escucho un “que hermosa es tu hija”. Le aprieto la mano a Nicolás. Bajan el biombo y me la muestran. Lloro. No me la ponen en el pecho. No pude olerla. No pude sentirla. No pude besarla. Se la llevan a recuperación de neos. Allí la esperaba Demián. Lloro. Escucho los pasos al llevársela y su primer llanto a los 2 minutos. 2,880 kg y 42 semanas. Envejecimiento fetal. Hipotermia e hipoglucemia. Va a neo por 2 horas, dice la obstetra a la nurse. Le pregunto al anestesista qué pasa con mi hija. Me dice que la médica me va a explicar. Sacan la placenta. Cierran mi panza con “una obra de arte”. Voy a volver a usar bikini.

19:10 hs.

Estoy sola sobre una camilla en el pasillo de cirugía. La obstetra se acerca y me pregunta cómo estoy. Le pregunto por mi hija y me explica que fue a neo por “un par de horas” y que cuando me recupere de la anestesia voy a volver a la habitación. Lloro sola. No puedo compartirlo con nadie. De fondo escucho el grito desgarrador de un nene de 10 años que también estaba en ese pasillo recuperándose: “quiero a mi mamáaaa”. Por dentro yo gritaba: “quiero a mi hijaaaaa”.

20:30 hs.

Me suben a la habitación. En la puerta me espera otra vez Demi, me besa y me dice “es preciosa”. Vuelvo a llorar. Quiero preguntarle todo. Las enfermeras me dicen que no hable, que me voy a llenar de gases.

21 hs.

Ya pasaron las dos horas . No hay novedades de Muriel. Demián va a Neo a preguntar. Le dicen que hay que esperar. Van entrando a verme de a uno, mis papás y hermanas.

23:50 hs

Se abre la puerta de la habitación. Entra una nurse con Muriel en una cunita. Me largo a llorar. La emoción me embargaba, me caían las lágrimas de amor. Quería abrazarla y besarla, decirle «hola, soy mamá, te estuve esperando ansiosa». Pero no. La nurse no me dejó, de mala manera me dijo que tenía que darle la teta (como si yo me hubiese negado a hacerlo). Me puso a la beba debajo del brazo (yo estaba anestesiada y apenas los podía mover) y de forma socarrona y levantando el tono de voz me dijo: «Mamá, tenés que darle la teta, la nena se tiene que prender, los besos para después«. Estaba mi mamá de testigo. En ese momento me sentí vulnerada, sentí que no tenía derecho a conocernos y entablar un vínculo naturalmente. Todo estaba pautado (cada dos horas «tenés que despertarla para comer») y parecía que las enfermeras tenían más derechos que yo sobre mi hija. Muriel abría la boca y lloraba, pero no quería saber nada con mi teta, le ponía el pecho en la boca lloraba. Al tener los pezones planos, pobre hija tenía que trabajar más, pero a la vez la nurse la obligaba a mamar y ella se deseperaba y yo me sentía una inútil por no lograr prenderla. La nurse otra vez: «mamá, tenés que darle el pecho como sea. Voy a volver en 2 horas y mejor que la beba se prenda». Ese fue el principio de la segunda odisea: la lactancia.

Día 2

Intentos fallidos de lactancia cada dos horas. Vienen las puericultoras y me dan tips de lactancia distintos a los de la nurse de la noche. Hago el intento. Las mamas como melones y Muriel no se prendía. Segunda noche sin dormir. Cada dos horas ingresaban las nurse a controlar si le daba la teta.

Día 3

Intentos fallidos de lactancia cada dos horas. Me mandan a neo a sacarme leche. Después de una hora con el sacaleche casi me desmayo cuando veo que no había sacado más que 5 ml. Estaba agotada.

Día 4

9 hs.

Vuelven las puericultoras y empiezan a apretarme las tetas manualmente para sacar leche. Una de cada lado. Están más de una hora y no llenan un frasquito. Me explican que la lactancia es un acto sexual y que tengo que disfrutarla (¿Disfrutar? No recuerdo esa palabra) Mi mamá se impresiona al verme la cara consumida. Una hora después viene la enfermera de piso y me dice patoteándome que me tiene que apretar las tetas porque voy a hacer una mastitis (¿Apretar qué?). Me enojo y le levanto la voz: “basta de apretarme las tetas. Todo el mundo viene y me apreta las tetas. Si voy a hacer una mastitis quiero que venga una médica y me lo diga. Vos a mí no me vas a tocar. Esa fue la única vez que tomé coraje para defenderme. Ni antes ni después supe cómo.

22 hs

La última noche, vencida, lo hablé con Demián (él apoyaría lo que yo decidiera) y juntos decidimos informarnos con una obstetra para dejar de intentar la lactancia. Pero la respuesta de la médica fue NO escucharnos, encerrarme en el baño y con un pañal empezar a apretarme las mamas como si fueran platillos. No se imaginan el dolor, la frustración, la angustia y la impotencia que sentí. Le pedía por favor que me dejara tranquila y ella me gritaba diciéndome que no era una buena madre, que me la tenía que «bancar», que ella era la médica y tenía que hacerle caso, y otras cosas más que no voy a reproducir acá. Demián estaba con Muriel en brazos  en la habitación y no escuchaba ni se imaginaba lo que pasaba en el baño. De pronto, llegó la nurse y también se metió en el baño, entre ella y la médica me apretaban las mamás como si fueran exprimidoras. Fue una situación horrible. Deseaba morirme, nada más. Lo único que me salía era pedir “por favor” y a cambio recibí maltrato. Después de un rato la médica se fue y me dejó sola con la nurse que me dijo: «Cambiá esa cara y dejá de llorar que la bebé tiene que tomar la teta». Yo le contesté llorando: «no puedo, no puedo sentirme bien y hacer como si nada, no voy a poder, no me sale» (realmente me sentía muy vulnerable, había pasado más de 72 horas sin dormir, no tenía fuerzas para nada).

Fuimos hacia la cama y cuando me puso a Muriel en los brazos, rompí en llanto y sentí que una parte de mí había muerto en ese baño.