El municipio de Paraná apela a su imaginación para regular ciertos ámbitos de la economía local, y modernizar otros, sin perder de vista la necesidad de mejorar la recaudación. En ese esfuerzo entrarían hasta las calesitas de las plazas.
Por Pablo Urrutia.
El objetivo manifiesto de la municipalidad, en la presente gestión, es el de regular, modernizar, mejorar el funcionamiento de determinadas áreas que podemos definir bajo el amplio arco de las actividades propias de la economía informal, aunque en algunos casos existe un marco regulatorio que se fue desvirtuando o modificando por la propia dinámica de esas actividades.
Fueron de conocimiento público los avances intempestivos sobre los vendedores ambulantes, y quedará para la anécdota el intento de incautar los panes caseros al vendedor que se instala en la peatonal frente a una conocida farmacia y la respuesta solidaria de los transeúntes que le compraron toda la mercadería para evitar el abuso de los inspectores. La cosa no quedó allí, cada tanto se registran nuevas requisas y decomisos a quienes buscan obtener un mínimo ingreso con la venta callejera aprovechando las oportunidades que brinda un espacio de intenso tránsito de potenciales clientes, como lo es la peatonal de la ciudad.
Cabe mencionar en esta lista el permanente acoso a que fueron sometidos los malabaristas que solían instalarse en las esquinas de las principales arterias en busca del mango, para decirlo mal y pronto. Allí se recurrió al accionar de la fuerza policial que, haciendo uso del resabio autoritario y añejo de la ley de contravenciones, amenazaba hasta con detener a aquellos que realizaban actuaciones de arte callejero que en otras ciudades del país son fomentadas y hasta subvencionadas por los municipios.
Ya no quedan esos arlequines, lanzallamas y malabaristas que, a ojos de este cronista, daban un aire pintoresco a los grises paisajes urbanos de Paraná. Fueron limpiados; se entiende, su regulación reportaría más gastos que beneficios.
Digamos que la gestión Cambiemos comenzó a comer por los bordes, por aquellos arrabales de la economía que no tienen palenque ande rascarse cuando el estado les hace picar el lomo.
Y fue hacia el centro.
En una muy buena nota de Mariano Schmidt en este medio, dábamos cuenta del escenario complejo y amenazante que se avizora, ante un nuevo intento de imponer el Servicio de Estacionamiento Medido en la ciudad, para quienes sobreviven gracias al aporte de los automovilistas que necesitan aparcar dentro de los boulevares.
Que es necesario ordenar y reordenar el estacionamiento en estas zonas, lo repite cada gestión que asume. Hasta el momento, el modo tiene un rostro humano, se buscó ordenar e incluir a la vez, y son personas las que controlan, dirigen y recaudan. En la nueva modalidad a caballo de las nuevas tecnologías, el dueño del vehículo ya no necesitará la intermediación del cuidacoches, esta se reducirá al mínimo, y se verá de qué modo Cambiemos resuelve la situación en que esas personas se verán más pronto que tarde.
Hay detrás de todo, siempre lo hubo, un negocio millonario, nos relata Mariano en la mencionada nota, y se permite dudar si esos números establecidos en un escritorio se condicen con los que canta la calle. Pero hay posibilidades de recaudar, ni que hablar, y eso intenta hacer la presente gestión. Habrá que ver a costa de quienes, y sobre las espalda de cuales, cargará esa necesidad que hoy tiene el municipio en el marco de una economía en franca recesión y de un modelo económico que ha decidido trocar calidad de vida de los ciudadanos por márgenes de rentabilidad de grandes empresarios.
Cabe recordar respecto al estacionamiento medido, que en una anterior intendencia de Sergio Varisco se intentó avanzar por intermedio de una empresa a la que se le dio la concesión del servicio. Pero la moderna modalidad chocó con la resistencia de los vecinos y muchos de los aparatitos tiqueadores fueron vandalizados.
Volviendo sobre el interés recargado de Varisco por regular actividades de la economía informal, se está a punto de avanzar un paso más. Sería la intención de la actual gestión volver sobre la concesión de los kioscos de la peatonal, la cartelería, las verdulerías, los puestos de maní-girasol, pochoclo y praliné. No es chiste. Se está viendo el cómo y el cuándo, pero está la decisión de avanzar. Es que a pesar de la bonanza incontenible que acarrearían las medidas del Gobierno nacional para este semestre, las arcas municipales están golpeadas, cayó la recaudación, no es una novedad. Y desde el municipio se apunta a ajustar las clavijas allí donde las mismas están a punto de reventar o barrer la rosca. Se verá qué pulso tienen los funcionarios para tensar sin que se corte, pero es difícil lograr un avance en un contexto tan sensible sin que haya daños.
Y si querés la frutillita del postre, hay. Las calesitas. Sí, las calesitas esas que hay en algunas plazas paranaenses y que no hacen daño a nadie y divierten a muchos, parece que serían una fuente inagotable de recaudación que no estaría siendo debidamente reglamentada. En estos días, funcionarios municipales y concejales han puesto sus miradas y comienzan a girar en torno a los carruseles o tiovivos –para aquellos acostumbrados a las insoportables traducciones gallegas de los clásicos de la literatura–. Hay varios proyectos en danza. Algunos proponen su protección como bienes culturales e históricos de la ciudad, y promueven la continuidad del oficio que es de carácter hereditario casi en la totalidad de los casos. Otros, en línea con el Ejecutivo, planean su regulación, ajuste a las normas de la competencia del libre mercado y el cobro de un canon.
Los calesiteros, junan el horizonte donde comienzan a insinuarse nubarrones y abren el paraguas. Ya están impulsando la recolección de firmas para pedir que el Concejo Deliberante declare Patrimonio Cultural las calesitas de Paraná.